
Mi Venganza Silenciosa
Capítulo 2
Renací en el momento exacto en que la poderosa familia de Isabela la encontró, justo en la puerta de nuestro pequeño piso en Lavapiés.
Su madre, una mujer vestida con ropa cara que olía a dinero y desprecio, me miró de arriba abajo. Su mirada se detuvo en mi uniforme de Glovo, arrugado sobre una silla.
"Así que tú eres Mateo", dijo, su voz sin ninguna emoción.
Isabela se escondió detrás de ella, fingiendo no conocerme. La misma mirada vacía que usó durante seis años. La amnesia. Una mentira que me creí una vez.
No esta vez.
"Isabela ha recuperado la memoria", continuó la madre. "Volverá a casa, donde pertenece. Esto fue... un error lamentable".
Me ofreció un cheque.
"Un millón de euros", dijo fríamente. "Para que desaparezcas. Olvida que la conociste. Olvida a Leo".
En mi vida pasada, rechacé el dinero. Luché. Grité. Terminé en un manicomio, torturado por su nuevo marido, Ricardo, y asesinado por mi propio hijo, Leo.
Esta vez, tomé el cheque.
"Acepto", dije, mi voz tranquila. "Pero tengo una condición".
La mujer arqueó una ceja, sorprendida por mi calma.
"Quiero que me faciliten los medios para terminar mis estudios. En el extranjero. En una buena universidad en Suiza".
Ella sonrió, una sonrisa delgada y cruel. "Un boliviano ambicioso. Bien. Hecho".
Me dio el cheque y una tarjeta con un número. "Llama a este hombre. Se encargará de todo. Tienes tres días para irte".
Asentí.
En mi cabeza, no era ambición. Era el precio de seis años de mi vida. Seis años en los que abandoné la Universidad Politécnica, mis sueños de ser arquitecto, para cuidarla. Seis años de entregar comida bajo la lluvia y el sol para pagar sus tratamientos falsos.
No era ambición. Era una compensación.
La madre de Isabela me juzgó mal, pensó que era solo codicia.
"Veo que el dinero puede comprar cualquier cosa", dijo con desdén. "Incluso el amor de un pobre diablo".
No respondí. Dejé que pensara lo que quisiera.
En mi mente, recordé sus verdaderas palabras de mi vida pasada, las que le dijo a Ricardo mientras yo estaba atado en el sanatorio: "Ese inmigrante nunca fue más que un peón. Sirvió para su propósito. Ahora es basura que hay que sacar".
Acepté sus términos porque sabía que era la única salida.
Recordé cada noche que pasé estudiando sus radiografías, cada euro que ahorré para sus médicos, cada vez que le leí para que "recordara". Todo por una mujer que me despreciaba.
Nunca más.
Mi vida ya no les pertenecía.
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