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Portada de la novela Mi Venganza:No Más Ingenua

Mi Venganza:No Más Ingenua

Sofía sentía una devoción ciega por Ricardo De la Vega, su tutor, hasta que este le exigió un riñón para salvar a su amante. Ante su negativa, él la arruinó, robó su fortuna y provocó un ataque que casi la mata. No obstante, ella despierta milagrosamente el mismo día en que todo comenzó. Con los recuerdos de su tragedia intactos, Sofía decide fingir sumisión mientras urde un plan implacable para destruir al hombre que alguna vez amó.
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Capítulo 3

"Sí, Sofía, el programa sigue en pie", confirmó el profesor Ramírez al otro lado de la línea.

Su voz era cálida, como siempre.

"Pero es en una comunidad rural muy aislada en la Sierra. Las condiciones son básicas. ¿Estás segura? Además, ¿qué dirá Ricardo? Siempre ha sido tan… protector contigo."

Una risa amarga casi se me escapa. Protector.

"Estoy segura, profesor. Y mis decisiones son mías. Ricardo no tiene nada que decir al respecto."

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Colgué y respiré hondo. Un paso más hacia mi libertad.

Estaba a punto de salir del hospital cuando Ricardo apareció en el pasillo.

"¿A dónde vas, Sofía?" preguntó, su ceño ligeramente fruncido.

"A tomar un poco de aire," mentí. "Necesito pensar."

Él asintió, pareciendo satisfecho con la respuesta.

"Isabela se mudará a la hacienda para su recuperación pre-trasplante. Estará más cómoda allí. Y Sofía," añadió, su tono volviéndose un poco más duro, "espero que esas cartas y poemas que solías escribir… espero que los hayas destruido. No quiero que Isabela se encuentre con nada desagradable."

La humillación de nuevo.

Asentí sin decir nada.

¿Qué más podía hacer?

Recordé las horas que pasé escribiendo esos versos, vaciando mi corazón adolescente en el papel.

Todo para él. Todo en vano.

"Bien," dijo él, y se dio la vuelta para reunirse con Isabela, que lo esperaba apoyada en el marco de una puerta cercana, con una sonrisa triunfante.

Los vi alejarse juntos, Ricardo sosteniendo a Isabela con delicadeza.

Una vez más, yo era la sombra ignorada.

Me quedé sola en el pasillo.

Esperaba que Ricardo me llevara de vuelta a la hacienda.

Pero mi teléfono vibró. Un mensaje.

De Ricardo.

"Lo siento, Sofía. Isabela no se siente bien. Tuve que llevarla directamente a la hacienda. Toma un taxi."

Ni siquiera una pregunta sobre cómo me sentía yo, la futura donante de riñón.

La ironía. Un extraño, el taxista, probablemente me mostraría más consideración que el hombre que se suponía era mi familia.

Sacudí la cabeza y salí a la calle a buscar un taxi.

Cuando llegué a la hacienda, el sol de la tarde bañaba los campos de agave en una luz dorada.

Alguna vez amé este lugar. Ahora solo sentía una opresión en el pecho.

Entré en la casa. El silencio era pesado.

Escuché un pequeño ruido proveniente de mi habitación.

Me acerqué con cautela.

La puerta estaba entreabierta.

Isabela estaba dentro.

Estaba de espaldas a mí, hurgando en mi joyero.

En sus manos sostenía el relicario de plata con filigrana oaxaqueña.

Era la única herencia de mi madre.

Dentro había miniaturas de mis padres. Mi tesoro más preciado.

"¿Qué estás haciendo?" pregunté, mi voz más aguda de lo que pretendía.

Isabela se sobresaltó y se giró, el relicario aún en su mano.

Una sonrisa maliciosa curvó sus labios.

"Solo admiraba tus… baratijas, querida. Esta es bastante bonita, aunque un poco anticuada."

"Devuélvemelo," exigí, extendiendo la mano. "No tienes derecho a tocar mis cosas."

Ricardo entró en la habitación en ese momento.

"¿Qué pasa aquí?" preguntó, mirando de Isabela a mí.

"Nada, mi amor," dijo Isabela, su voz volviéndose melosa. "Solo le decía a Sofía que, como futura señora de la casa, debo familiarizarme con todo."

Se encogió de hombros con fingida inocencia.

Y entonces, "accidentalmente", el relicario se deslizó de sus dedos.

Cayó al suelo de baldosas con un ruido seco y metálico.

Se abrió. Las pequeñas miniaturas de mis padres saltaron.

Una de las delicadas bisagras de filigrana se partió.

Me lancé al suelo, recogiendo los pedazos con manos temblorosas.

"¡No! ¡Mamá, papá!" susurré, sintiendo cómo las lágrimas nublaban mi vista.

Era lo único que me quedaba de ellos.

"Oh, qué torpe soy," dijo Isabela, sin una pizca de arrepentimiento en su voz.

Ricardo se acercó y puso una mano en el hombro de Isabela.

"No es para tanto, Sofía," dijo él, su tono minimizando mi dolor. "Te compraré otro mejor. Uno más moderno, más valioso."

¿Otro mejor? ¿Más valioso?

No entendía nada.

Este relicario era irremplazable.

Era mi conexión con ellos, con el amor que me dieron.

Miré a Ricardo, luego a Isabela.

Vi la crueldad en sus ojos, el desprecio.

Para ellos, mis sentimientos no valían nada. Mis recuerdos no valían nada.

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