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Portada de la novela Mi Venganza, Mi Destino

Mi Venganza, Mi Destino

Después de tres años de aguardar por su prometido, Sofía Romero halla al chef Leonardo en el aeropuerto, revelando una traición atroz. Él busca su fortuna para financiar una vida oculta con su amante, Fernanda, y el hijo de ambos. Al ver su propio relicario en poder del niño, Sofía decide no ser una víctima. Movida por el deseo de justicia, contacta al poderoso magnate Ricardo Alcántara para aceptar la oferta de matrimonio que antes rechazó.
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Capítulo 3

La sonrisa de Leo vaciló por una fracción de segundo. Una sombra de pánico cruzó sus ojos antes de que su máscara de carisma volviera a su lugar. Soltó una risa forzada, un sonido que no llegó a sus ojos.

"¿Decirte algo? Mi amor, claro que sí", dijo, tratando de sonar juguetón. "Que te amo, que te extrañé más que a nada en el mundo y que no puedo esperar para que seas mi esposa".

Intentó besarme, pero giré la cabeza justo a tiempo. Su beso aterrizó en mi mejilla. El contacto me provocó un escalofrío de repulsión. Su negativa a ser honesto, incluso cuando le di la oportunidad, fue el último clavo en el ataúd de lo que sentía por él. La desesperación en mi pecho se solidificó, convirtiéndose en un hielo frío y duro. Ya no había amor, solo un vacío inmenso.

"Estoy cansado del viaje, Sofía. Ha sido un vuelo larguísimo", continuó, frotándose la nuca. "Vámonos a casa, quiero descansar y estar contigo".

"Claro", respondí con una voz monótona que no reconocí como mía. "Vámonos a casa".

Mientras nos dirigíamos hacia la salida, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Mateo: "Estoy en la zona de llegadas. Coche gris. ¿Dónde estás?". Justo en ese momento, mientras Leo recuperaba su equipaje, una voz femenina lo llamó desde la entrada.

"¡Leo!".

Ambos nos giramos. Parada allí, con una expresión de determinación y un toque de desafío, estaba una mujer delgada y de aspecto astuto. Sostenía de la mano a un niño pequeño, un niño de unos dos años con el cabello rizado de Leo y sus mismos ojos oscuros y expresivos.

El mundo pareció detenerse. El tiempo se estiró, cada segundo una agonía. Leo se quedó paralizado, su rostro palideció visiblemente bajo el bronceado. El pánico en sus ojos ya no era una sombra, era un incendio descontrolado.

"Fernanda...", susurró, el nombre saliendo de sus labios como una maldición.

La mujer, Fernanda, sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Leo, qué bueno que te encuentro. Leíto te extrañaba mucho, no dejaba de preguntar por su papá".

Papá. La palabra resonó en el aire, atrayendo las miradas curiosas de la gente que pasaba.

Leo se apresuró a intentar controlar la situación, su voz era un siseo desesperado. "Sofía, mi amor, ella es... Fernanda Díaz. Una colega de la fundación. Su... su situación es complicada y le ofrecí ayuda".

La mentira era tan torpe, tan patética, que casi me habría reído si no sintiera que mi corazón se estaba partiendo en mil pedazos. Miré a Fernanda, quien levantó una ceja, disfrutando claramente del pánico de Leo.

"¿Colega?", dijo ella con un tono burlón. "Leo, cariño, no creo que esa sea la palabra adecuada".

Pero yo ya no la escuchaba. Mi atención estaba fija en el niño. Leíto. Se escondía tímidamente detrás de la pierna de su madre, pero me miraba con una curiosidad infantil. Y en su rostro, vi a Leo. Vi la forma de su barbilla, la curva de sus labios cuando fruncía el ceño. Era innegable. Era una copia en miniatura del hombre que estaba a mi lado.

Esa visión, esa prueba viviente de su traición, fue más dolorosa que cualquier palabra. La conversación que había escuchado por teléfono era real. El hijo era real. La otra vida de Leo era real. Y yo había sido la tonta que financiaba sus mentiras con mi amor y mi espera.

Sentí que los sirvientes, que habían venido con el chofer para ayudar con el equipaje, nos observaban. La humillación pública era inminente. No podía permitirlo. No allí. No así. Con una fuerza que no sabía que poseía, reprimí el torbellino de emociones que me consumía.

"Déjalos pasar", dije con voz hueca, dirigiéndome a uno de los empleados que bloqueaba el paso a Fernanda. Mi tono era tan carente de emoción que incluso yo me sorprendí. "Deben estar cansados del viaje".

Leo me miró con una mezcla de alivio y confusión. "Sofía, yo...".

"Sube al coche, Leo", lo interrumpí. "Hablaremos en casa".

El viaje a nuestra mansión fue el más silencioso y tenso de mi vida. Yo miraba por la ventana, viendo pasar la ciudad sin registrar nada. Leo no dejaba de lanzarme miradas suplicantes. En el otro coche, detrás de nosotros, iban Fernanda y su hijo. Una familia. Su familia.

Una vez dentro de la casa, la farsa continuó. Leo me llevó a la sala de estar, desesperado por explicarse. "Sofía, tienes que escucharme. No es lo que parece. Fernanda está obsesionada conmigo, me ha estado siguiendo...".

Pero sus palabras fueron interrumpidas. Fernanda entró en la sala, con Leíto en brazos. El niño estaba inquieto y comenzaba a lloriquear.

"Leo, lo siento, pero Leíto no se duerme si no es con su papá", dijo Fernanda, su voz era un almíbar venenoso. Ignoró mi presencia por completo, como si yo fuera un mueble más en la habitación. "Solo necesita que lo acuestes".

Leo se quedó atrapado entre las dos, su rostro una máscara de angustia. Miró de ella a mí, buscando una salida, una absolución.

Fue entonces cuando la rabia fría y cortante finalmente me dio la fuerza para hablar. Miré a Leo, a esa pobre imitación de hombre atrapado en su propia red de mentiras. Luego miré a Fernanda y al niño en sus brazos. La imagen de ellos tres juntos, la familia que él había construido a mis espaldas, fue la bofetada final.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

"Ve", le dije a Leo, mi voz sonaba extrañamente calmada. "Tu... hijo te necesita".

Pronuncié la palabra "hijo" con un énfasis deliberado, viéndolo estremecerse como si lo hubiera golpeado.

Él vaciló por un segundo más, luego asintió y, sin mirarme, caminó hacia Fernanda. Tomó al niño en sus brazos. Leíto inmediatamente se acurrucó contra su pecho, sus pequeños sollozos se calmaron. Leo le susurró algo al oído y el niño sonrió.

Me quedé allí, de pie, observando la escena. La imagen perfecta de un padre con su hijo. Una imagen que destruía siete años de mi vida. Me di la vuelta y subí las escaleras, cada paso resonando en el silencio de la casa como un martillo golpeando mi corazón. La guerra acababa de empezar, pero yo ya había perdido todo lo que creía tener. Ahora, solo me quedaba luchar por mí misma.

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