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Portada de la novela Mi Venganza, Mi Destino Reescrito

Mi Venganza, Mi Destino Reescrito

La protagonista creía tener una vida plena hasta que la presunta muerte de su marido, Ricardo, reveló una oscura traición familiar. Engañada por su esposo, su suegra y Mariana, perdió su honor y a su pequeña hija Valentina. Tras recibir una inesperada segunda oportunidad, despierta en el pasado antes de que todo colapse. Conociendo los secretos que la destruyeron, iniciará una implacable búsqueda de justicia para cambiar su destino y proteger lo que ama.
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Capítulo 2

Recibí la llamada a medianoche.

La voz del otro lado era la de mi cuñada, Mariana, y estaba rota por el llanto.

«Sofía, tienes que venir al hospital… Ricardo… Ricardo tuvo un accidente de coche… no sobrevivió».

Me quedé en silencio, sosteniendo el teléfono contra mi oreja.

Escuchaba sus sollozos fingidos, el drama que había montado para que todo pareciera real.

Mi esposo, Ricardo, un chef de fama mundial, ¿muerto?

Qué mentira tan elaborada.

Yo sabía la verdad, porque él mismo me la había contado en una vida pasada que solo yo recordaba.

En esa otra vida, le creí.

Lloré hasta que mis ojos se secaron, vi cómo mi mundo se derrumbaba mientras él simplemente se cambiaba de nombre y de vida.

Pero esta vez era diferente.

Esta vez, yo había renacido.

«Voy para allá», respondí con una voz que logré que sonara temblorosa, y colgué.

Mi hija de tres años, Valentina, dormía plácidamente en su cuna.

La miré, su carita tranquila, ajena a la tormenta que estaba a punto de desatarse.

Todo lo que haría a partir de ahora, sería por ella.

Los recuerdos de esa vida anterior me golpearon con fuerza.

Recordé la noche en que Ricardo me lo confesó todo, antes de que su hermano gemelo Jorge, el famoso diseñador, muriera de verdad por una enfermedad terminal.

«Mi hermano se va a morir, Sofía», me dijo con una frialdad que me heló los huesos.

«Mariana está esperando un hijo mío, no puedo dejarla desamparada, ella y ese bebé son el futuro del apellido de la familia».

Yo no podía creer lo que escuchaba.

«¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué hay de Valentina? ¿Acaso ella no lleva tu apellido?».

Ricardo ni siquiera me miró.

«Tú eres fuerte, Sofía, siempre lo has sido, sabrás cómo salir adelante, pero Mariana es frágil, me necesita».

«La gente pensará que yo, Ricardo, morí en un accidente, y yo tomaré el lugar de Jorge, así el negocio de la moda seguirá, y Mariana y mi hijo estarán protegidos bajo el nombre de su "difunto" esposo».

«Es una locura», le supliqué, «No puedes abandonarnos así».

Él se encogió de hombros.

«Ya está decidido».

Esa fue la última conversación real que tuvimos.

En esa otra vida, acepté mi destino con el corazón roto.

Y pagué el precio.

Mi suegra, Doña Elena, y mi cuñada, Mariana, me hicieron la vida un infierno.

Me acusaron de traer mala suerte a la familia.

«Desde que te casaste con mi hijo, todo ha sido desgracia», me gritaba Doña Elena.

Me quitaron la casa, las joyas, hasta el último centavo que Ricardo había dejado a mi nombre.

Me echaron a la calle con Valentina en brazos.

Recuerdo el frío, el hambre, la humillación de pedir ayuda.

Recuerdo ver a mi hija tiritar en mis brazos, con sus ojitos preguntándome por qué no teníamos un hogar.

La prensa, comprada por mi suegra, publicó artículos que me pintaban como una esposa derrochadora y adúltera, manchando mi nombre para siempre.

Terminé fregando pisos, con las manos agrietadas y el alma rota.

Y lo peor fue ver a Ricardo, viviendo la vida de su hermano Jorge, paseando con Mariana y su hijo, sonriendo a las cámaras, mientras su verdadera hija, Valentina, sufría en la miseria.

Un día, Valentina enfermó gravemente, no tuve dinero para los medicamentos y murió en mis brazos.

El dolor me consumió y yo la seguí poco después, saltando desde un puente.

Pero entonces, desperté.

Estaba en mi cama, el sol entraba por la ventana, y el calendario marcaba el día antes del "accidente" de Ricardo.

Había vuelto.

Me habían dado una segunda oportunidad.

Y esta vez, no sería la víctima.

Sería la que moviera los hilos.

Llegué al hospital y el caos era perfecto.

Mariana corrió hacia mí, llorando desconsoladamente en mi hombro.

«Lo siento tanto, Sofía, lo siento tanto».

La abracé, sintiendo su cuerpo temblar de falsa pena.

«¿Dónde está?», pregunté, mi voz un susurro ahogado.

Me llevó a una habitación.

Sobre la cama, cubierto con una sábana blanca, había un cuerpo.

Doña Elena estaba a un lado, con el rostro contraído por el "dolor".

Y junto a ella, de pie, estaba "Jorge".

Mi esposo.

Llevaba el traje elegante de su hermano, el peinado impecable, las gafas de diseñador.

Pero yo lo conocía mejor que nadie.

Vi el diminuto lunar detrás de su oreja derecha, una pequeña marca que Jorge no tenía.

Vi la forma en que sus manos se crispaban, un tic nervioso que tenía desde niño.

Era Ricardo.

Me acerqué a la cama, mis piernas temblaban, pero no de dolor, sino de una ira fría y calculadora.

Levanté la sábana.

El rostro del hombre estaba desfigurado por el supuesto accidente, irreconocible.

Un cuerpo anónimo para un plan perfecto.

Me derrumbé sobre el cuerpo, mi llanto era un espectáculo digno de un Oscar.

Grité su nombre, sentí cómo los brazos de "Jorge" me rodeaban, tratando de consolarme.

«Tranquila, Sofía, estoy aquí para ti», susurró en mi oído.

Su aliento sobre mi piel me dio asco.

Me aferré a él, llorando en su pecho, y por un segundo, mi mente se llenó de los recuerdos de mi hija muerta, de mi propia humillación.

La furia me recorrió entera.

Ellos me quitaron todo.

Me humillaron.

Destruyeron a mi hija.

Esta vez, no tendrían mi compasión.

No tendrían mi silencio.

Pero tampoco tendrían mi escándalo.

La venganza no se sirve gritando, se sirve con una sonrisa helada, mientras les quitas todo lo que aman, pieza por pieza.

Y yo acababa de empezar a jugar.

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