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Portada de la novela Mi Venganza, Mi Amor

Mi Venganza, Mi Amor

Elena Vega enfrenta su pasado en una gala benéfica al toparse con Ricardo, el hombre que la abandonó en el altar, y Sofía, la amiga que la traicionó. Aunque el dúo intenta humillarla una vez más saboteando su vestido y despreciando su trayectoria, el escenario ha cambiado drásticamente. Elena ya no es la mujer vulnerable de hace cinco años; ahora cuenta con el respaldo de su esposo magnate y está decidida a no permitir más atropellos.
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Capítulo 2

La música vibraba a través del piso de mármol del gran salón, una melodía elegante que se mezclaba con el murmullo de cientos de conversaciones. Era la noche más importante del año en la industria de la moda, un evento benéfico donde los nombres más grandes se reunían para ver y ser vistos. Sostenía una copa de champán, el líquido dorado burbujeando fríamente contra mis dedos. Cinco años. Habían pasado cinco años desde que mi mundo se había hecho pedazos en los escalones de una iglesia.

La memoria llegó sin ser invitada, tan clara como el cristal. Yo, con mi vestido de novia, el que había diseñado y cosido con mis propias manos durante meses. El velo de encaje que mi madre había usado, cubriendo mi rostro sonriente. La iglesia estaba llena, el aire olía a lirios y a expectación. Pero las horas pasaban y Ricardo no llegaba.

Finalmente, su auto se detuvo. Pero no venía a casarse conmigo. Salió del coche, con su traje impecable, y a su lado estaba Sofía, mi asistente, mi supuesta amiga, con una sonrisa triunfante. Ricardo ni siquiera se molestó en hablarme en privado. Se paró frente a toda la congregación, frente a mi familia y amigos, y su voz resonó en el silencio atónito.

"No puedo casarme contigo, Elena."

Sus palabras fueron secas, crueles.

"Simplemente no eres lo suficientemente buena para mí."

Me quedé helada, el ramo de rosas blancas temblando en mis manos. Él ni siquiera me miró a los ojos. Tomó la mano de Sofía y la levantó como un trofeo.

"Me caso con ella."

La humillación fue un fuego que me consumió entera, dejando solo cenizas.

Un escalofrío me recorrió la espalda, sacándome del recuerdo. Alguien había abierto las puertas dobles del salón, y una ráfaga de aire nocturno interrumpió la cálida atmósfera. Y entonces los vi.

Ricardo y Sofía entraron como si fueran los dueños del lugar. Él, con un traje que parecía un poco desgastado en los bordes, con una expresión de arrogancia forzada que no lograba ocultar la desesperación en sus ojos. Sofía, colgada de su brazo, llevaba un vestido rojo demasiado llamativo, cubierto de lentejuelas que brillaban de forma barata bajo los candelabros. Hacían una pareja perfecta, ruidosa y vulgar.

Mi corazón no dio un vuelco. No sentí dolor. Solo una fría y dura curiosidad. Me habían dicho que la empresa textil de Ricardo estaba al borde de la quiebra. Probablemente estaba aquí, como un tiburón hambriento, buscando un inversor que salvara su barco que se hundía.

Sus ojos recorrieron el salón y, por un momento, se encontraron con los míos. Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de Ricardo. Se soltó de Sofía y caminó directamente hacia mí, con esa misma arrogancia que recordaba tan bien.

"Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí."

Su voz era un murmullo burlón, lo suficientemente alto para que la gente cercana escuchara.

"Elena. No sabía que dejaban entrar a la servidumbre a este tipo de eventos."

Me miró de arriba abajo, su mirada deteniéndose en mi sencillo pero elegante vestido negro, una de mis propias creaciones.

"¿Todavía te dedicas a coser trapitos? Supongo que algunas cosas nunca cambian."

La gente a nuestro alrededor empezó a guardar silencio, sus miradas curiosas moviéndose entre nosotros. Podía sentir el inicio de un espectáculo.

Me mantuve quieta, mi expresión neutral. Ya no era la chica de veinte años que se desmoronaba con una palabra cruel. El dolor que él me causó se había convertido en la piedra sobre la que construí mi imperio.

"Hola, Ricardo." Mi voz sonó tranquila, mucho más de lo que me sentía por dentro. "Veo que tú tampoco has cambiado mucho."

Él soltó una risa seca, desagradable.

"Oh, yo he cambiado. Estoy en la cima. En cambio tú… sigues siendo la misma costurera insignificante que dejé en el altar."

Sofía se acercó, deslizándose a su lado y pasando un brazo posesivo por su cintura. Su sonrisa era puro veneno.

"Ricardo, no seas malo con ella." Dijo con una dulzura falsa. "Pobre Elena, mírala. Debe ser muy difícil para ti vernos tan felices y exitosos."

Luego, con un movimiento que pretendía ser accidental, tropezó ligeramente y derramó el contenido de su copa de vino tinto sobre la parte delantera de mi vestido.

"¡Ay, lo siento tanto!" exclamó, aunque sus ojos brillaban de malicia.

El líquido rojo oscuro manchó la tela negra, una mancha fea y pegajosa. El murmullo de la multitud creció. La humillación era pública, deliberada. Justo como hace cinco años. Pero esta vez, yo no era la misma.

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