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Portada de la novela Mi Segunda Oportunidad

Mi Segunda Oportunidad

Durante una gala exclusiva, escucho a Isabella repetir el discurso que detonó mi desgracia anterior. En aquel pasado, sus mentiras me llevaron a la cárcel tras ser acusado falsamente de agredir a mi hijo, perdiendo el apoyo de mis padres. Traicionado por mi esposa, he vuelto al pasado para cambiar el destino. Al rechazar ese champán envenenado, inicio una estrategia fría y calculada para cobrarme cada agravio mediante una venganza absoluta.
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Capítulo 2

La música de la gala llenaba el lujoso salón del hotel, pero para mí era solo un ruido sordo. Mi nombre es Santiago, y en mi vida pasada, este ruido fue la banda sonora de mi destrucción.

Hace solo unas horas, yo era un cadáver en una celda de prisión, apuñalado por una deuda que nunca contraje. Ahora, he renacido. He vuelto al punto exacto donde todo se fue al infierno.

Mi esposa, Isabella, se acercó a mí, su sonrisa era una obra de arte, perfecta y falsa. Sostenía una copa de champán.

"Cariño, el Señor Morales quiere cerrar el trato por nuestro nuevo jugador. Solo pide un brindis contigo. Bebe por mí, ¿quieres?"

Sus palabras. Las mismas palabras.

En mi vida pasada, obedecí. Bebí una copa, luego otra, y otra más. Me emborraché como un idiota. Al día siguiente, me desperté con la policía en mi puerta. Un vídeo me mostraba golpeando a mi hijo, Mateo, y luego tirándolo por el balcón.

Isabella lloró frente a las cámaras, diciendo que yo era un monstruo. La opinión pública me condenó. Mi padre, Javier, murió de un infarto al ver la noticia. Mi madre, Sofía, me repudió en el juicio. Y yo, fui a la cárcel y morí.

Pero ahora estoy aquí. Con una segunda oportunidad.

Miré a Isabella, luego al Señor Morales, que me observaba desde su mesa con una sonrisa lasciva. El plan era perfecto: el agente borracho y violento, la esposa trofeo como víctima, y él, el depredador, como un simple espectador.

No esta vez.

Tomé la botella de champán de la cubitera. El frío del cristal se sintió real en mi mano.

"¿Quieres que beba?" le pregunté a Isabella, mi voz era un susurro helado.

Ella asintió, su sonrisa no vaciló.

"Claro, cariño. Por los negocios."

En lugar de servir la copa, levanté la botella y la estrellé contra la mesa. El sonido del cristal rompiéndose silenció la música. Todos se giraron para mirar.

"¡Este cerdo intentó tocar a mi esposa!" grité, señalando a un atónito Señor Morales.

Agarré a Isabella por el brazo, ignorando su fingido shock. La arrastré fuera del salón, a través del vestíbulo, hacia el aparcamiento subterráneo.

"¡Santiago, qué haces! ¡Me haces daño!" gritaba ella, actuando su papel a la perfección.

Justo debajo de una cámara de seguridad, la empujé contra un coche. Levanté la mano y la abofeteé. Fuerte. Una vez. Dos veces.

Su rostro mostró verdadero pánico por un segundo, antes de convertirse en una máscara de dolor y miedo para la cámara.

"¡Estás loco!"

"Sí", respondí, asegurándome de que la cámara captara cada palabra. "Estoy loco".

Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Saqué mi teléfono y marqué el número de emergencias.

"Quiero entregarme. Acabo de agredir a mi esposa en el aparcamiento del Hotel Palace".

Colgué. La venganza no se sirve fría. Se cocina a fuego lento, y yo acababa de encender el primer fogón.

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