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Portada de la novela Mi Secreto, Tu Desprecio, Nuestro Fin

Mi Secreto, Tu Desprecio, Nuestro Fin

Armando, un poderoso magnate, ocultó su fortuna bajo la fachada de un humilde programador para conquistar a Sofía. Sin embargo, el engaño termina cuando la descubre en un club con Ricardo, su arrogante rival. Tras soportar humillaciones por su supuesta escasez de recursos y enfrentar un altercado físico donde demuestra su destreza, Armando exige el divorcio. Ella duda de su verdadera riqueza, pero él le impone un duro ultimátum entre el lujo y la realidad.
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Capítulo 2

El teléfono sonó, rompiendo el silencio de la oficina. Era el Sr. Montemayor, mi socio principal, un hombre cuyo nombre pesaba como oro en el mundo de los negocios inmobiliarios.

"Armando, mi amigo, ¿listo para esta noche? El club 'El Firmamento' nos espera. Todo está arreglado para cerrar el trato".

Su voz era grave y segura, la de un hombre acostumbrado a mover millones con una sola llamada.

"Claro, señor Montemayor, estaré allí".

Hubo una pausa, y luego añadió con un tono cómplice, casi pícaro.

"Y no te preocupes por venir solo. Me tomé la libertad de arreglarte una compañía especial, de primera clase. Una de esas bellezas que te gustaban antes, ¿recuerdas? Para que la noche sea más... amena".

Colgué el teléfono y una sensación extraña me recorrió el cuerpo. Sonreí con amargura. Sí, lo recordaba. Recordaba al Armando de hace años, el que buscaba la validación en fiestas ruidosas y en la compañía de mujeres hermosas pero vacías. Ese Armando murió el día que conocí a Sofía.

Mi esposa. Sofía del Valle.

Por ella, me convertí en un simple "coder", un programador con un sueldo decente que vivía en un departamento modesto. Oculté mi imperio, TecnoFuturo S.A. de C.V., la empresa de tecnología que estaba cambiando la faz del país. Lo hice porque quería que me amara por ser Armando, no por los ceros en mi cuenta bancaria. Y lo hizo. O eso creía yo.

Pero últimamente, las cosas se habían vuelto extrañas. Sofía estaba distante, siempre con el teléfono, hablando en susurros. Mencionaba a menudo a Ricardo, su amigo de la infancia, un tipo engreído y superficial que nunca me había tragado. "Es por mi negocio", decía ella. Su taller de diseño de modas no iba bien, y yo, en mi papel de esposo de clase media, solo podía ofrecerle palabras de aliento, no los millones que realmente necesitaba.

Rechacé la "compañía" de Montemayor con un mensaje de texto educado. "Agradezco el gesto, pero soy un hombre casado". La lealtad era mi principio.

Me puse una chaqueta sencilla y conduje mi auto normal, no uno de los de lujo que acumulaban polvo en mi garaje secreto, hacia "El Firmamento". El lugar era un monumento al exceso, un santuario para los ricos y poderosos de México. Las luces de neón bañaban la entrada, y el sonido de la música electrónica se filtraba hasta la calle. Entregué mis llaves al valet y entré.

El interior era un torbellino de lujo. Candelabros de cristal, alfombras persas y gente vestida con más dinero del que yo aparentaba ganar en un año. Busqué con la mirada al Sr. Montemayor, pero mis ojos se detuvieron en una escena que me heló la sangre.

Allí estaba ella. Sofía. Mi Sofía.

Estaba sentada en un reservado VIP, rodeada de sus amigos de la alta sociedad. Llevaba un vestido rojo que se ceñía a su cuerpo, un vestido que yo no le había visto nunca. Reía, pero su risa sonaba forzada. Y a su lado, con un brazo posesivo sobre sus hombros, estaba Ricardo Guzmán.

Me quedé paralizado, oculto entre la multitud. Mi corazón empezó a latir con una fuerza dolorosa.

"Ay, Sofía, neta que no sé qué le ves a ese godínez tuyo", dijo una de sus amigas, con una voz chillona y cargada de desdén. "Tú mereces a alguien como Ricardito, un hombre de mundo, influyente".

Ricardo sonrió, una sonrisa de tiburón. Acercó su boca al oído de Sofía y le susurró algo. Ella no se apartó. Solo cerró los ojos por un instante. Luego, Ricardo tomó su mano y depositó un beso en el dorso.

"Pronto, Sofi, pronto todo esto será solo un mal recuerdo", dijo Ricardo en voz alta, para que todos lo oyeran. "Yo me haré cargo de ti. Ese programador de quinta no sabe cómo tratar a una reina como tú".

La humillación me quemó por dentro. La ira me cegó. No era el insulto a mi falsa identidad lo que dolía, era la traición en los ojos de mi esposa. Era verla allí, permitiendo que ese imbécil la manoseara y me denigrara.

En ese momento, nuestros ojos se encontraron a través de la sala abarrotada.

El pánico se apoderó de su rostro por una fracción de segundo. Pura, inconfundible sorpresa. Pero luego, su expresión cambió. El pánico se transformó en una máscara de frialdad y desafío. Se levantó, apartando bruscamente la mano de Ricardo, y caminó hacia mí con pasos decididos.

"¿Armando?"

Su voz era un témpano de hielo.

"¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Acaso me estás siguiendo?".

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