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Portada de la novela Mi secreto es amarte.

Mi secreto es amarte.

La vida de Fabiola, una maquillista profesional, parece perfecta junto a Danilo, el exitoso CEO de una empresa de repuestos. No obstante, su calma se quiebra cuando reaparece Diego, el hermano de su novio. Este reconocido piloto fue el primer amor que la dejó tras una noche de pasión en el pasado. Ahora, Fabiola se encuentra atrapada en una encrucijada emocional, debatiéndose entre la lealtad a su actual pareja y la llama de un viejo deseo.
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Capítulo 2

—¿Fabiola?, ¿te encuentras bien? —cuestiona mi cuñada Giselle abriendo la puerta de la habitación en la que me encuentro, es la de Danilo.

Después de montar los globos y ayudar en la cocina le dije a todos que tengo malestar estomacal, cosa que es mentira. Más bien, tengo malestar del corazón, un malestar profundo.

Entonces limpio con disimulo mis lágrimas para darme vuelta hacia ella. Esta me sonríe, aunque preocupada, y toma asiento a mi lado en la cama.

—¿Conoces a Diego de alguna parte? —me cuestiona interesada—. Te veías muy mal, y al chocolate le echaste sal, no azúcar...

La veo a la cara con toda la pena del mundo, pero no nos tardamos en estallar a carcajadas.

—¿Buenas? —habla la voz de este hombre.

Rápido se me acelera hasta lo que no se me debería acelerar, y aprieto mi mano con fuerza en medio de mis piernas mientras la otra luce completamente relajaba sobre la de Giselle.

Diego busca mi mirada y yo la desvío hacia el closet de Danilo.

—Debes tocar antes de entrar —le reclama Giselle, pero este sin permiso alguno  entra y explora el lugar.

La tensión se me sube cada vez más, teniendo que pretender que no causa lo que causa en mí. Que no lo conozco, como él dice no conocerme a mí.

—Veo que Danilo no ha cambiado en estos años... —susurra el castaño dándole una patada a un payaso de peluche que se encuentra en una de las esquinas del cuarto.

—Sí, bueno, tu tampoco —habla mi cuñada cruzándose de brazos—. No has dejado de ser un mal educado... ¡Has sido así toda la vida!

—Yo creo que no... —las palabras salen de mi boca sin poder recogerlas, y pronto me encuentro con la mirada de Diego clavada en mi rostro, pero también la mirada de la castaña—. Bueno, creo que exageras, cuñi... —Trago hondo—. Además, aquí la nueva de la familia soy yo, así que creo que debería irme...

—No te preocupes, cuñada... —expresa el guapo, imbécil e idiota dándome una sonrisa despreocupada—. Eres la novia de mi hermano, ¿no? Tienes todo el derecho, ja, ni más faltaba.

Lo veo salir de la habitación y todo el aire que estaba conteniendo lo dejo salir.

La castaña cierra la puerta con seguro y se para delante de esta mirándome fijamente.

—¿Lo conoces o no? —cuestiona, y la verdad, es que ha pasado tanto tiempo de la última vez que lo vi, que ya no lo sé.

Es una gran pregunta que me hago ahora. ¿Qué pude haber hecho yo de malo para que tenga que fingir que no me conoce?

—La verdad, Giselle... Es que creerás que el mundo es un vaso de agua pero... Tuve un ex llamado Diego, y ese Diego tiene mucho parecido con tu hermano.

La chica parece no creerme pero cuando dejo de tener mi cara tensa, ella sonríe ampliamente y se tumba en la cama.

—¡Qué locura! A ver, ¡cuéntame más sobre tu ex!

Ruedo un poco los ojos, y al ver el reloj en la pared de la habitación no sé si agradecer o maldecir el hecho de que ya está por llegar la hora en que mi novio llegue. Sé que la situación se pondrá bastante pesada, al menos para mí.

Definitivamente, este día no lo tenia planeado en mi vida.

...

El suéter que con tanto encanto y motivación me puse esta tarde comienza a picar mi cuerpo, a asarme como pollo en brasa, pero no es por el calor, es por el hecho de estar manteniendo la mirada fija sin pestañear con Diego Monsalve.

¿Es que acaso soy estúpida o algo así? ¡Tienen el mismo apellido! Debí juntar piezas, investigar, ¡meterme en mi papel de detective Benson! O bueno, ella realmente no estaría envuelta en algo como esto.

Es costumbre que la familia Monsalve haga esto cuando la noche se acerca. He participado poco porque, como mencioné, no suelo venir, pero la última vez les gané a todos, manteniendo mi vista sin pestañear por casi dos minutos.

Pero Diego y yo llevamos 2 minutos con 10seg, y ya siento que voy a llorar. No puedo rendirme. No sucumbiré ante su mirada color avellana que en solo dos minutos me ha hecho recordar el cómo nos conocimos, el cómo nos enamoramos, y el cómo destruyó mi corazón.

Una lágrima se me desliza por la mejilla, el ojo me pica, y el rostro firme, serio y frío de Diego se arruga, haciéndolo pestañear rápidamente.

—¡He ganado! —exclamo con alegría, aunque mi lágrima evidentemente significa otra cosa.

—¡Eso es trampa! —me dice, y me da una mirada tan llena de odio que me desconcierta.

¿Qué sucede con este? Estaba tratándome considerado hace unas horas en la habitación y ahora me da esta mirada por un estúpido juego, ¿acaso sigue siendo el Diego inmaduro incapaz de aceptar una derrota? Si mis cálculos no me fallan, ¡ya tiene 34 años!

En cuanto lo veo voltear las cartas sobre la mesa con fuerza sé que sigue siendo el mismo. No tolera perder. Sigue siendo un malcriado. Suspiro.

—¡Oigan! ¡Es el carro de Danilo! ¡Ha llegado! —exclama mi cuñada.

Pronto apagamos las luces, nos posicionamos detrás de la mesa, estamos todos apretados y moviéndonos de un lado a otro por lo angosto que es. Y es aquí cuando siento unas manos grandes tomarme de la cintura, con fuerza, para acercarse a mi oído gravemente debilitado por su cercanía.

—Creo recordarte... —susurra su voz profunda, desarmándome por completo.

Las luces se encienden, Danilo abre la boca en sorpresa, y todos gritan "sorpresa", menos yo, quien voy directo a mi novio para robarle el aliento y besar sus labios con bastante entrega.

Danilo me toma de la cintura y masajea la piel por debajo de mi suéter, erizándome, pero solo al recordar que las manos del que algún día fue el amor de mi vida acaban de tener contacto allí, en mi cintura.

Mi novio y yo jadeamos tras separarnos de ese beso tan urgente, y siento mis mejillas arden al encontrarme con la cara desconcertada de todos.

Siento la mirada de Diego sobre mi espalda cuando me doy vuelta pero rápido lo escucho gritar.

—¡Llegó el empresario! ¡No puede ser! ¡La celebración era para su hermano el piloto pero el idiota llegó temprano!

Escucharlo hablar de forma casi infantil mientras Danilo ríe y lo recibe con un abrazo, me hace acelerar de nuevo el corazón.

Estoy comenzando a odiar que el tarado de Diego exista justo ahora por hacerme pasar por esto.

¿Ahora "cree" que me conoce? ¡Patrañas! Debió quedarse en el pasado. Cuando yo apenas tenía quince años y él solo diecisiete.

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