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Portada de la novela Mi Primer Amor Me Duele

Mi Primer Amor Me Duele

Sofía, una humilde vendedora de tacos, adquiere el don de leer mentes tras un evento insólito. Su ilusión se quiebra al percibir la crueldad en los pensamientos de Diego, su amor secreto, quien permite que la culpen de un robo que no cometió. Tras huir de la humillación, ella resurge años después como una chef prestigiosa. Cuando el destino la reúne con un Diego ahora acabado, él descubre que la joven vulnerable que lo amaba se ha ido para siempre.
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Capítulo 2

El dolor en mi estómago empezó como una punzada sorda, justo después del almuerzo. Para probar la nueva salsa de habanero, me comí dos tacos de suadero que sobraron. Quizás el calor del mediodía en el mercado de la Ciudad de México lo empeoró, o quizás la carne ya no estaba tan fresca. El aire olía a cilantro picado, a cebolla, a la grasa que chisporroteaba en el comal de nuestro puesto. Un olor que era mi vida, pero que hoy me revolvía las tripas.

Mientras limpiaba la barra de metal, un zumbido extraño empezó en mi cabeza, no era el ruido habitual del mercado, era algo más, una voz clara y distinta, como si alguien me susurrara directamente al oído.

Levanté la vista. Diego estaba ahí, parado frente al puesto con sus amigos. Era la estrella del equipo de fútbol de la prepa, un influencer con miles de seguidores, y el chico que ocupaba todos mis pensamientos. Me sonrió, esa sonrisa perfecta que siempre ensayaba en sus selfies.

"Hola, Sofía. Dame tres de suadero, por favor, con todo".

Su voz sonó amable, como siempre. Pero la otra voz, la que estaba dentro de mi cabeza, dijo algo completamente diferente.

Uf, la chica de los tacos. Siempre se me queda viendo. Sus manos seguro huelen a grasa y a cebolla. Qué asco.

El aire se me fue de los pulmones. Las pinzas de metal que sostenía se me resbalaron de los dedos y cayeron al suelo con un ruido seco. El dolor en mi estómago se convirtió en una garra afilada que me retorcía por dentro.

"¿Estás bien?", preguntó Diego, su expresión de preocupación perfectamente actuada.

No pude responder. Su pensamiento seguía rebotando en mi cráneo, crudo y lleno de desprecio. Qué asco. La palabra se repetía una y otra vez.

Me agaché a recoger las pinzas, sintiendo la sangre subir a mi cara. Mis manos. Me las miré. Estaban encallecidas por el trabajo, con pequeñas cicatrices de quemaduras del comal. Olían a trabajo, a ayudar a mi familia. Nunca me habían dado asco. Hasta ahora.

Recordé la primera vez que lo vi jugar. El sol de la tarde pegaba en la cancha, su uniforme blanco parecía brillar. Corría con una seguridad que yo nunca había sentido en mi vida. Cada gol, cada jugada, era una obra de arte. Desde ese día, me enamoré de la imagen que había creado de él. Una imagen que acababa de romperse en mil pedazos.

"Sí, estoy bien", logré decir, con la voz temblorosa. "Solo... se me resbalaron".

Me di la vuelta para preparar sus tacos, dándoles la espalda para que no vieran mi cara. Mis manos se movían por instinto, agarrando las tortillas, poniendo la carne, la cebolla, el cilantro. Cada movimiento era una tortura. Sentía sus ojos en mi nuca.

Y de nuevo, la voz en mi cabeza. Esta vez era de Valeria, la hija de un magnate del tequila, su amiga de toda la vida, que estaba colgada de su brazo.

Mira qué lenta es. Apuesto a que ni se lavó las manos después de tocar el suelo. Dile que nos vamos, Diego. Este lugar me da mala vibra.

Quería gritar. Quería tirarles los tacos en la cara. Pero me quedé quieta. Era Sofía, la chica del puesto de tacos. Mi trabajo era servir, sonreír y callar.

Les entregué los tacos envueltos en papel de estraza. Mis manos no temblaron. Diego me dio el dinero. Nuestros dedos no se tocaron.

"Gracias", dije. Mi voz sonó hueca, lejana.

"De nada", respondió él, ya dándose la vuelta para irse con su grupo.

Mientras se alejaban, escuché su último pensamiento, dirigido a Valeria.

Tranquila, Val. Ya nos vamos. Solo vine porque aposté con los chicos que podía conseguir comida gratis de la taquerita. Pero parece que hoy sí me va a tocar pagar.

Me quedé paralizada, con el billete en la mano. El dolor, la humillación y la náusea se mezclaron en mi garganta. Corrí a la parte trasera del puesto, justo a tiempo para vomitar en una cubeta. El sabor amargo de la bilis y de la desilusión me quemó por dentro. Mi primer amor era una farsa. Y yo era el chiste.

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