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Portada de la novela Mi Muerte Fue Su Peor Castigo

Mi Muerte Fue Su Peor Castigo

Tras casarse con el poderoso heredero Alberto Aguirre, Sandra es forzada a divorciarse para complacer a Beatriz, la hermana adoptiva de este. Mientras el entorno se burla de ella, sus propios hermanos, Jorge, Miguel y Ángel Nogueda, la contienen y desprecian para proteger la felicidad de Beatriz. Sin embargo, tras ser obligada a retirarse, el sistema de Sandra se reactiva anunciando el fin de su misión. Cansada de la amargura y las humillaciones, decide abandonar esa farsa y regresar a su verdadero mundo.
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Capítulo 3

Las palabras del sistema estuvieron a punto de hacerme saltar las lágrimas.

Me limpié con torpeza la humedad de las comisuras de los ojos.

Miguel acababa de acercarse a mí, como si quisiera decirme algo, cuando Beatriz lanzó un grito y se abalanzó sobre él.

—¡Miguel! ¿Cómo te hiciste una herida tan grave? Tú…

No alcanzó a terminar la frase cuando me adelanté y le di una bofetada.

Beatriz se cubrió la mejilla, ya hinchada y enrojecida, y me miró como si no pudiera creerlo.

Casi al mismo tiempo, un empujón brutal me lanzó al suelo.

Jorge me señaló, con la cara encendida de furia.

—¡Sí que te malcriamos demasiado! ¡Discúlpate con Beatriz!

Tirada en el suelo, escupí un hilo de sangre y solté una risa amarga.

—¿Que me disculpe yo? ¿Qué fue exactamente lo que hice mal? ¿Ahora ni siquiera puedo golpear a la otra?

Jorge se puso todavía más furioso y alzó la voz de golpe:

—¿Qué tonterías estás diciendo? ¡Beatriz y Alberto siempre fueron tal para cual! ¡Fuiste tú la que se metió entre ellos!

—¿Cómo pude tener una hermana tan descarada como tú?

Solté una carcajada.

—¿Descarada? Alberto era mi prometido, y ahora resulta que la que se metió fui yo.

Alberto me clavó una mirada helada.

—¡Nuestro compromiso se canceló hace mucho! ¡Mi familia jamás aceptará a una mujer con tan mala fama como tú!

Ángel me agarró del brazo y me levantó bruscamente del suelo.

—¡Discúlpate!

No dije nada. Recorrí con la mirada, una por una, a las personas que tenía delante.

Jorge me observaba con frialdad.

Ángel no se molestaba ni en disimular la cara de asco.

Y Alberto parecía desear con todas sus fuerzas que yo desapareciera.

Miguel fruncía el ceño. Sus labios se movieron apenas, pero al final no dijo ni una sola palabra.

Igual que un año atrás.

Por aquel entonces, como Beatriz pasaba cada vez más tiempo con Miguel, los fans la confundieron con una acosadora.

Miguel no lo soportó y publicó que Beatriz era la hija de los Nogueda.

Y yo, la verdadera hija de la familia, fui la que terminó cargando con todo el odio y la mala fama por ella.

—Tú siempre sales acompañada por guardaespaldas. Beatriz está sola.

Me quedé helada, protesté, lloré, armé un escándalo.

Pero la forma en que todos me miraban entonces era exactamente la misma que ahora.

Ya no me quedaba más que un cansancio imposible de explicar.

Estaba tan agotada que ni siquiera tenía fuerzas para discutir.

Me solté de un tirón de la mano con la que Ángel me sujetaba, corrí hacia el salón y agarré el cuchillo para la fruta que había sobre la mesa.

Miguel quiso lanzarse hacia mí, aterrorizado, pero Beatriz se le colgó del brazo.

—¿Qué vas a hacer?

La miré y esbocé una sonrisa tirante.

—Voy a disculparme.

Sin volver a mirar a Jorge, a Ángel ni a Alberto, que me observaban como si yo fuera su peor enemiga, levanté la mano y, de un solo movimiento, me hundí el cuchillo en el pecho.

A mi alrededor estallaron los gritos. Yo reía y lloraba al mismo tiempo.

—Les pago con mi vida. ¿Con eso basta? ¿Ahora sí se sienten satisfechos?

La sangre, tibia y espesa, brotó sin parar. El mareo de la pérdida de sangre me hizo tambalearme.

Entre gritos que ya no pude distinguir de quiénes venían, vi en sus rostros una expresión de puro terror.

Miguel se lanzó hacia mí y me sostuvo entre sus brazos, gritando como si hubiera perdido la razón.

—¡Llamen a una ambulancia!

Abrí los ojos envuelta en un fuerte olor a desinfectante.

Todo a mi alrededor era blanco.

La emoción me estalló de golpe en el pecho. ¿Lo había logrado? ¿De verdad había vuelto?

Giré un poco la cabeza y me encontré con los ojos inyectados en sangre de Jorge.

Cerré los ojos otra vez, irritada. Por primera vez, su voz ronca me resultó insoportablemente molesta.

—¡Sandra! ¿Quién te enseñó a andar por la vida buscando la muerte solo para llamar la atención?

Mi fastidio aumentó todavía más. Sentía algo bajo la cabeza que me molestaba.

Alargué la mano, lo agarré y lo saqué de un tirón.

Era un escapulario ya gastado.

Cuando tenía doce años, pasé una semana entera con la fiebre sin que me bajara. En el hospital llegaron a declararme en estado crítico tres veces.

Entonces Ángel le hizo una promesa a la Virgen por mí: subió de rodillas las escalinatas de una basílica para pedirle a la Virgen que me salvara, y de allí trajo aquel escapulario bendecido.

Después, cuando Beatriz salió herida, me lo quitó para ponérselo a ella.

Y ahora había vuelto a mis manos.

Pero para mí ya no era más que un estorbo.

Levanté la mano y lo lancé lejos.

Justo en ese momento, Ángel entró en la habitación y vio cómo el escapulario caía al suelo.

Alzó la vista y me clavó una mirada feroz.

—Sandra, ¿de verdad acabas de tirar ese escapulario?

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