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Portada de la novela Mi mejor amigo, mi obsesión.

Mi mejor amigo, mi obsesión.

Tras un duro golpe emocional, Denise decide emigrar para reiniciar su vida junto a Liam, su apoyo incondicional. Sin embargo, la convivencia en este nuevo destino despierta un amor oculto que ella ha guardado por siete años. Aunque Liam la considera su mayor debilidad y oculta lo que siente para protegerla, una atracción arrolladora surge entre ambos. Ahora, Denise deberá enfrentar sus propios temores para intentar conquistar el corazón de su mejor amigo.
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Capítulo 2

Denise no comprendía el porqué de la insistencia de Liam por ir en su búsqueda, sin embargo, se lo agradecía. No sabía cuánto le hubiese costado un taxi. Había deducido que la casa de su amigo no se encontraba demasiado lejos de la terminal, pero le alegraba no tener que gastar más. Sus ahorros habían prácticamente desaparecido al realizar aquel viaje.

Suspiró y miró por la ventanilla, mientras el bus comenzaba a adentrarse en la ciudad. Y sus ojos se abrieron de par en par al observar la arquitectura de aquel lugar.

Siempre le había llamado la atención todo lo que fuera antiguo y, a pesar de que había visto Waterford a través de fotos en Internet, no podía evitar sorprenderse ante la majestuosidad de todo lo que la rodeaba, aun cuando la noche había caído ya y no podía apreciar todos los detalles.

Al bajarse del autobús, sintió como el frío aire de enero, en Irlanda del Sur, golpeaba su rostro mientras esperaba que el hombre encargado del equipaje abriera el maletero del vehículo.

Al ver los cuatro enormes bultos de color fucsia, se acercó al hombre para reclamarle sus valijas. Quizás se había excedido un poco, sin embargo, todo lo que había llevado consigo era aquello que consideraba que no podía dejar atrás. Sí, había tenido que abonar una buena suma extra por el exceso de peso, pero no le había importado demasiado. No podía estar sin sus libros, su computadora portátil, ni mucho menos sin su guardarropa completo y su maquillaje. Había procurado organizar todo de tal forma que sus cosas cupieran en el menor espacio posible, y eso era todo lo que había logrado.

Le sonrió al hombre que le tendía las maletas y, haciendo un esfuerzo abismal por transportarlas, se dirigió hacia un pequeño banco y tomó asiento.

Sin perder de vista sus pertenencias —no sabía cuál era el índice de criminalidad de aquella zona—, tomó su móvil y marcó el número de Liam.

Liam miraba como llegaban, uno a uno, los buses provenientes de Dublín, sin ver a Denise por ninguna parte.

Frunció el ceño, dudoso, en el momento en que su móvil comenzó a sonar estridentemente. Sosteniendo la muleta derecha bajo su brazo izquierdo, sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta, miró la pantalla y sonrió antes de responder.

—Hola —saludó—. ¿Dónde estás? —preguntó, escuchando atentamente a su amiga—. Bien —asintió—, dame un par de minutos —agregó, dando por finalizada la llamada.

Guardó el móvil, sin prestarle mucha atención, y, tras acomodar sus muletas, puso rumbo hacia donde se encontraba Denise.

En cuanto vio que Liam se encaminaba hacia ella, Denise se puso de pie, admirando al hombre que se encontraba cada vez más cerca. No pudo evitar notar las grandes ojeras que adornaban y, en cierta medida, resaltaban sus ojos de incierto color. Sus iris jamás dejarían de ser un enigma para ella. Nunca había sido capaz de prever qué color encontraría cuando lo mirase a los ojos. Sonrió, al apartar la mirada del rostro de su amigo y al enfocarse en su rubio y cobrizo cabello, que había sido salpicado por unos cuantos mechones de color plata.

En el momento en el que Liam estuvo junto a ella, olvidó por completo sus pertenencias y se lanzó hacia él, envolviéndolo en un fuerte abrazo.

Sonriendo e intentando no perder el equilibrio, Liam le devolvió el abrazo con un suave apretón. Ya casi había olvidado la efusividad con la que Denise siempre se dirigía a él. Aquel abrazo logró que sus ojos, que en ese momento eran de un azul intenso, se anegaran en lágrimas. Había perdido la cuenta de cuánto tiempo hacía que no recibía una muestra de afecto como aquella; ni siquiera se había percatado de cuánto lo necesitaba, hasta ese momento.

Denise se separó con lentitud.

—No te recordaba tan delgado ni tan viejo —dijo con una sonrisa cansada, mirándolo de arriba abajo.

—Muy graciosa —respondió Liam, observándola del mismo modo—. Yo no te recordaba tan bajita y extravagante —agregó, valorando el atuendo de la muchacha.

Denise había escogido para aquel largo viaje un ajustado y para nada cómodo jean, roto en partes estratégicas, y una escotada e igual de ajustada blusa color rojo que dejaba muy poco a la imaginación. Sobre esta última llevaba una chaqueta de cuero color negro, lo único de aquel atuendo que Liam podía considerar apropiado para un viaje tan largo como el que había realizado. Alzó las cejas, pensativo, mientras continuaba observando a su amiga, percatándose de como las prendas se amoldaban a sus prominentes curvas, favoreciéndolas y resaltándolas. ¿Cuántas miradas habría recibido de camino a allí?

—Me alegro de que ya estés aquí —dijo, mientras Denise se alejaba unos pasos de él y tomaba sus maletas, luego de colgarse al hombro su bolso de mano—. Me encantaría poder ayudarte, pero… —agregó con una sonrisa de disculpas, mirando significativamente hacia donde debería encontrarse su pierna izquierda.

—No te preocupes, no creas que lo había olvidado —respondió, con una sonrisa—. No quiero que por mi culpa te quedes sin tu pierna derecha también. —Liam rio, poniendo los ojos en blanco—. Creo que podré sola, mientras no hayas dejado el coche demasiado lejos.

—No, está en casa, a unas diez cuadras de aquí. Denise lo fulminó con la mirada.

—Ay, no seas así, es solo una broma. ¿Acaso no eres tú la que siempre dice que soy amargado? Solo intenté dejar de serlo y mira quien es la amargada ahora —dijo, mientras Denise bajaba la cabeza y lo observaba a través de sus largas pestañas—. Vamos —agregó—. El auto está en el estacionamiento. Es obvio que no he venido andando, si de casualidad puedo permanecer parado.

Denise rio, mientras blanqueaba sus ojos y lo seguía hacia el aparcamiento de la terminal de buses. No sabía cómo, pero Liam siempre, absolutamente siempre, lograba mejorar su humor. Mientras la pregunta de lo que había sucedido en Buenos Aires no se hiciera presente, sentía que aquella podía ser una buena noche.

Creía que la decisión de llamar a Liam, tras la fuerte discusión con su madre y de descubrir cosas que hubiese preferido que se mantuvieran ocultas, había sido una excelente idea. Sí, sabía que había actuado de manera impulsiva, pero, después de ver a su único y mejor amigo, estaba convencida de que aquella decisión había sido la correcta, aunque una parte de ella aún tuviese miedo de lo que viniese después.

Una vez junto al Nissan de Liam, este quitó la alarma y el seguro y abrió el maletero, permitiéndole a Denise guardar allí sus tres pesadas maletas.

—¿Por qué has traído tanto? —preguntó, mirándola con el ceño fruncido.

—Ropa, maquillaje, libros… —enumeró, mientras rodeaban el coche y cada uno ocupaba su asiento.

—¿Sabes que eso también lo puedes conseguir aquí? —preguntó, mientras colocaba la llave en el contacto.

—Sí, pero ya sabes que no se me da muy bien el inglés y...

—En los libros, entiendo, pero ¿la ropa, el maquillaje?

—Ya, sé que tienes razón, pero yo no soy el joyero Liam Carter y mis ahorros ya están en las últimas —dijo, mirándolo de reojo en tanto se colocaba el cinturón de seguridad—. Necesitaré conseguir trabajo cuanto antes.

—Tranquila, yo puedo ayudarte. No tienes que preocuparte por eso ahora

—le aseguró, saliendo del aparcamiento.

—No quiero que tengas que ocuparte de mí —murmuró, con la vista clavada en sus rodillas.

—Te conozco y sé que te molesta, pero escúchame —dijo, mirándola de reojo, para luego volver a posar la vista en la carretera—, puedo hacerlo mientras buscas trabajo, e incluso puedo ver cómo puedo ayudarte con eso último.

—¿Seguro? —preguntó—. Lo último que quiero es ser una carga para ti. —«Demasiada carga he sido ya para todos», agregó para sus adentros.

—Seguro —afirmó, con una media sonrisa.

Un nudo se instaló en la garganta de Denise. No sabía cómo diablos había hecho, pero había sido merecedora del mejor amigo del planeta, aunque ya le gustaría que… Frunció el ceño y apartó aquel pensamiento de su cabeza. Sabía que no sería fácil, pero debía procurar mantenerlo lo más alejado de su conciencia.

—¿Qué quieres comer? —preguntó Liam, al cabo de un momento.

—Lo que tú quieras, pero nada de bistec y papas, por favor —respondió, con un gesto de súplica.

—Pero hay un restaurante en el que sirven unos bistecs deliciosos…

—Perdón, si no te molesta, preferiría pedir algo para llevar. Estoy demasiado cansada.

—Bien, pero ¿qué quieres comer? —repitió, mientras doblaba en una esquina.

—Pasta —contestó, sin dudarlo.

—Pasta, ¿eh? Bien, conozco el lugar perfecto —dijo, sonriendo—. Espero que cumpla con tus expectativas.

—No he comido desde que me subí al avión. Cualquier cosa estará bien.

Liam la observó de reojo y asintió, dibujando una media sonrisa. Sabía muy bien por qué le había sugerido aquel viaje y no se arrepentía en lo más mínimo. No estaba seguro de por qué, pero tenía la sensación de que Denise le ayudaría más de lo que podía imaginar y él también la apoyaría en todo lo que fuese posible. Nunca había conocido una mujer como ella y, a pesar de sus mil y una locuras, la quería demasiado.

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