Portada de la novela ¡Mi marido pobre resultó ser un magnate!

¡Mi marido pobre resultó ser un magnate!

9.1 / 10.0
Tras ser traicionada por su familia y su novio, Janet se ve forzada por su hermana a casarse con el supuesto hijo ilegítimo de los Lester. Desesperada por pagar la cirugía de su niñera, acepta este destino incierto. No obstante, su esposo Ethan esconde un secreto impactante tras su belleza: es el hombre más adinerado de la ciudad. Lo que inició como un sacrificio desesperado se transforma en un complejo romance lleno de engaños y sorpresas inesperadas.

¡Mi marido pobre resultó ser un magnate! Capítulo 1

—Ya me entregué a ti, ¿por qué no cortas a Janet de una vez? —preguntó la mujer con una voz seductora y entrecortada, medio desnuda sobre el cuerpo de un hombre.

—No menciones su nombre cuando estamos juntos —el hombre estaba tan excitado que le apretó los senos y gimió de placer.

La mujer no parecía satisfecha, pues no obtuvo la respuesta que quería. —¡Ni madres! Es una simple adoptada, hasta mi perro es más importante en la familia que ella. ¿Qué tiene de bueno?

El hombre no dijo nada, solo la agarró de la cintura y embistió con más fuerza, haciéndola gritar y gemir su nombre.

Janet Lind estaba de pie frente a la puerta, escuchando cada palabra que salía del cuarto. Al comprender lo que ocurría, sus ojos, marcados por el cansancio, se volvieron fríos.

Acababa de regresar del hospital.

Hannah, la mujer que la había criado como a una hija, fue diagnosticada con cirrosis hepática avanzada tres meses atrás. Necesitaba con urgencia un trasplante de hígado, y Janet no tenía más opción que reunir el dinero para cubrir los gastos médicos cuanto antes.

Como si no fuera suficiente, descubrió que su propia hermana menor se acostaba con su novio. Janet apenas podía sostenerse: su mundo entero se venía abajo.

—¿Me oíste? Tienes que darme una respuesta esta noche, o ella o yo, tú decides —Jocelyn Lind golpeaba el pecho de Steve Carter, ansiosa por una respuesta.

Janet abrió la puerta de una patada y los miró fijamente. —Déjame facilitarte el problema, es solo un hombre, si lo quieres, quédatelo.

Aunque la voz de la chica sonaba indiferente, su corazón se rompía al ver a su novio engañándola con su propia hermana.

Steve era compañero de Janet de la universidad, un tipo guapo de familia rica que la había estado pretendiendo por tres años.

Justo antes de la graduación, le había confesado su amor otra vez.

Fue en el patio de la universidad, rodeados de estudiantes. Casi todos fueron testigos de la escena romántica: la multitud los animó con aplausos y gritos, y Janet, algo abrumada, terminó aceptando ser su novia.

El dolor de la traición la aplastaba, y al mirar a las dos personas frente a ella, la chica apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en su piel.

Steve empujó a Jocelyn a toda prisa, se puso los pantalones y se bajó de la cama.

Esta última casi se cae, y las palabras de Janet la hicieron enojar.

Le había costado mucho esfuerzo ligarse a un hombre rico y guapo como Steve.

Pero su hermana se había ganado su corazón sin hacer nada, y eso enfurecía a Jocelyn.

Después de todo, Janet era solo una adoptada.

—¿Pero qué diablos dices? ¡Suenas como si tú lo estuvieras botando a él, cuando fue Steve quien te botó a ti, perra! —se burló Jocelyn mientras se cubría mejor con la sábana, luego miró al hombre y le dijo: —Steve, ¿qué me dijiste hace un rato? ¡Díselo a ella!

El aludido se había acostado con Jocelyn por puro impulso, la mujer lo había seducido y él simplemente perdió el control.

Se arrodilló y tomó a Janet de la muñeca. —Cariño, por favor, perdóname, no es mi intención hacerlo.

Aunque las lágrimas nublaban su vista, Janet lo miró con desprecio. Cuando ella tomaba una decisión, nadie podía hacerla cambiar de parecer.

Soltó su mano del agarre del joven. —Lo siento, Steve. No quiero nada que haya sido tocado por Jocelyn. Ustedes dos se merecen. Se acabó.

Jocelyn se quedó paralizada, sin saber qué decir; Steve estaba al borde del colapso. Pero en el rostro de Janet no había ni rastro de tristeza: la rabia le hervía por dentro, no por perderlo, sino por no haber logrado lo que quería.

No tenía tiempo que perder con ellos. Su hermana siempre había competido con ella, desde niñas. Le quitaba los juguetes, le robaba la atención, y ahora, de adultas, le había quitado al novio. Lo peor era que lo disfrutaba.

Janet ya estaba acostumbrada, ahora solo le preocupaban los gastos médicos de Hannah.

Justo cuando estaba a punto de irse, escuchó el sonido de pasos en el pasillo.

—Es muy noche, ¿qué es todo este ruido?

Los padres adoptivos de Janet, Bernie Lind y Fiona Duncan, llegaron corriendo al escuchar el alboroto.

Bernie entró primero al cuarto y sus ojos se abrieron con horror al ver a su hija sentada en la cama sin nada más que una sábana envuelta su cuerpo. —¿¡Pero qué diablos estás haciendo!? Te vas a casar pronto, ¿qué haces con otro hombre? —gritó.

Jocelyn se abrazó a sí misma y miró a Bernie con los ojos rojos, apretando los dientes para contener su furia.

Las familias Lester y Lind habían acordado casar a sus hijos desde que eran pequeños. Sin embargo, el prometido de Jocelyn resultó ser un hijo ilegítimo que los Lester habían expulsado de casa hacía años. No tenía dinero, ni un trabajo digno, ni aspiraciones: era un vago que solo sabía perder el tiempo. Jocelyn no quería casarse con alguien así.

Sentía que merecía a alguien mejor.

—¡Estoy embarazada! —dijo Jocelyn, señalando a Steve. —Estoy esperando un hijo suyo, así que no puedo casarme con otra persona, más vale que cancelen la boda.

Steve se quedó pasmado, solo se había acostado con ella unas pocas veces, ¿cómo podía tener un hijo?

—¡Qué tonterías estás diciendo! ¡Tienes que casarte con el de los Lester! —Bernie estaba fuera de sí, tan furioso que por poco no abofetea a Jocelyn por lo que consideraba una completa estupidez.

Después de todo, esa boda no era solo un asunto familiar, era una cuestión de prestigio. ¿Qué demonios iba a decirle a la familia Lester si preguntaban por qué se cancelaba?

Fiona se interpuso entre su esposo y su hija, como siempre lo hacía. Desde que Jocelyn era pequeña, había sido su escudo. Pero ahora Bernie estaba fuera de sí, y ella no podía quedarse de brazos cruzados mientras él le gritaba así.

—Bernie, ¿por qué te enojas con Jocelyn? —sollozó Fiona, con voz temblorosa—. Janet también es hija de la familia Lind. Ella también puede casarse con alguien de los Lester.

Durante los primeros años de matrimonio, Fiona y Bernie no pudieron tener hijos. Fue por presión de los mayores de la familia Lind que decidieron adoptar a Janet. Años más tarde, casi como un milagro, Fiona quedó embarazada y dio a luz a Jocelyn, su única hija biológica.

Todo aquello no hizo más que aumentar el odio de Fiona hacia Janet. La existencia misma de su hija adoptiva era un recordatorio viviente de su propia infertilidad. Solo verla le resultaba molesto, una espina constante en el corazón.

Después de dar a luz a Jocelyn, Fiona se volvió completamente parcial. Mimaba a su hija biológica y despreciaba a Janet con creciente amargura.

Con los años, sin embargo, fue Janet quien brilló. Inteligente, fuerte y decidida, superaba a Jocelyn en todos los aspectos. Y cuanto más crecía, más se agudizaba el resentimiento de Fiona.

Las palabras de su “madre” fueron la gota que colmó el vaso.

—¡Ustedes fueron los que acordaron casar a Jocelyn con ese Lester, no yo! —rugió Janet, los ojos encendidos de rabia—. ¿Y ahora me quieren empujar a ese matrimonio solo porque su “dulce hijita” se fue a revolcar con otro?

Fiona se mantuvo firme, con una expresión tan fría como calculadora.

—Te hemos criado todos estos años —respondió en voz baja, con un destello astuto en los ojos—. Es hora de que nos devuelvas el favor, Janet. ¿No quieres que esa sirvienta tuya reciba su cirugía? Podemos pagar los gastos médicos… pero solo si aceptas casarte con el hijo de la familia Lester en lugar de Jocelyn.

En ese instante, una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de esta última. Le parecía perfecto: Janet con ese bastardo sin futuro. Un final justo para quien siempre intentó eclipsarla.

Janet apretó los dientes mientras la rabia crecía en su interior. Las palabras de Fiona le quemaban por dentro. Sin embargo, las palabras del doctor aparecieron en su mente: a Hannah no le quedaba mucho tiempo.

Recién graduada, Janet no tenía cómo pagar el tratamiento.

Aunque Bernie y Fiona la habían adoptado, jamás se preocuparon realmente por ella. No fueron ellos quienes la cuidaron, la abrazaron o la consolaron en las noches. Fue Hannah, la sirvienta de la familia Lind, quien la crió con paciencia y ternura.

Fiona notó su vacilación y dio un paso hacia ella, con voz casi dulce, como si no acabara de manipularla. —De todos modos tendrás que casarte algún día —le susurró—. ¿Por qué no nos haces este favor ahora? Cásate con el hijo de la familia Lester y te daré el dinero para la operación… en cuanto firmes.

A Janet le temblaban las piernas mientras todas las miradas en la habitación se clavaban en ella.

Necesitaba ese dinero. Era la única forma de salvar a Hannah.

Finalmente, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Bajó la cabeza, derrotada, y susurró con voz quebrada: —Está bien… me casaré con él.

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