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Portada de la novela Mi marido perdedor resultó ser inmensamente rico

Mi marido perdedor resultó ser inmensamente rico

Traicionada en su propia boda, Kiera es abandonada por su prometido, quien elige salvar a su hermana en medio de un accidente. Decidida a cambiar su destino, se casa con el humilde mecánico que la auxilió. Mientras enfrenta el desprecio de su ex y los engaños familiares, ella protege a su nuevo marido sin saber que no es quien aparenta. La verdad surge cuando el supuesto pobre hombre revela ser un magnate millonario dispuesto a darle todo su poder.
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Capítulo 2

Un repentino ataque de tos sacudió a Jasper, quien perdió la compostura, mientras retrocedía tambaleándose. "Espera, ¿qué acabas de decir?".

Kiera, avergonzada, bajó la cabeza y susurró: "Lo que intento decir es... si el matrimonio está en tu mente... quizás podrías elegirme a mí".

Se sonrojó de vergüenza, y sus ojos se negaron a levantarse para encontrarse con los de él.

En el momento en que confirmó con el oficial de policía que Jasper nunca había estado casado, tomó su decisión.

Sin embargo, ahora, estando tan cerca de él, toda esa determinación se desvanecía.

El silencio entre ellos se volvió insoportable, presionando hasta que su pecho dolía de temor.

La duda la invadió, haciéndola preguntarse si sus palabras no habían sido más que una tontería.

Buscó una salida, soltando de golpe: "Lo siento... ¿te asusté? No debí haber dicho...".

"Dame una razón," interrumpió él.

La chica levantó la vista con confusión. "¿Qué?".

Los ojos del hombre se fijaron en ella, inquebrantables. "Dime por qué quieres casarte conmigo".

La garganta de la mujer se tensó, pero respondió con sinceridad: "La cosa es... necesito casarme. Y creo que eres un buen hombre".

"¿Bueno? ¿Así me ves?". Jasper repitió con una risa baja y burlona.

La confusión torció la expresión de Kiera. ¿Qué parte de eso estaba mal? Él le salvó la vida. ¿Cómo ella podía llamarlo de otra manera?

Entonces la voz de Jasper se volvió firme y segura. "Estoy de acuerdo".

Kiera se quedó helada, incapaz de creerle.

"Me casaré contigo", dijo el hombre. Su mirada no vaciló. "¿Y qué hay del novio junto al que estabas antes?".

¿Realmente aceptó? Una explosión de alegría invadió a Kiera, y sus ojos brillaron como estrellas. "No tienes que preocuparte por eso. Nunca firmamos nada. Lo terminé con él antes de venir aquí. ¡Serás mi único esposo!".

Sacando una tarjeta bancaria de su bolso, la presionó contra la palma de él. "Tómala. Esto te pertenece. El código son cuatro ceros. Úsalo como quieras".

Jasper quedó paralizado, atónito por su inesperada acción. Estaba a punto de rechazarla, pero la tarjeta ya estaba metida en su bolsillo antes de que pudiera reaccionar.

"Te has estado agotando," dijo Kiera con firme convicción. "Con este dinero, no tendrás que quemarte las pestañas. Tómate unos días libres y busca un trabajo más fácil".

Mirando hacia abajo, a los overoles manchados de aceite que llevaba puestos, Jasper se dio cuenta de que ella lo había confundido con otro mecánico más.

Nadie había descubierto quién era realmente, así que no era sorpresa que la policía no hubiera desenterrado la verdad.

Aún así, cuando vio el brillo esperanzador en la mirada de la chica, solo arqueó una ceja y asintió levemente. "Está bien. Lo aprecio".

"Por supuesto". Kiera esbozó una sonrisa. "Debo irme. Vamos a registrar nuestro matrimonio mañana a la una de la tarde".

Se alejó con paso ligero, como si se hubiera quitado un peso de encima.

Poco después, Walter Reed, amigo de Jasper, apareció, viéndola desaparecer a lo lejos. "Jasper, ¿conoces a esa mujer?".

"Es mi futura esposa", dijo este sin dudar.

Los ojos de Walter se agrandaron. "Espera, ¿vas en serio con ella?".

"Mañana nos casamos", respondió Jasper sin pausa.

"¡Tienes que estar bromeando!". Walter lo miró incrédulo.

"A partir de ahora, soy solo uno más aquí", continuó Jasper con calma. "Y si alguien hace preguntas, no reveles nada sobre mí".

Todavía aturdido, Walter asintió con la cabeza. "Sí... claro".

Con eso, Jasper se fue con satisfacción silenciosa, mientras su amigo se quedó plantado, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

A la mañana siguiente, Kiera estaba de pie frente a lo que una vez fue su hogar soñado, comprado por Brad y decorado por ella misma. Cada electrodoméstico, cada rincón le había costado casi todos sus ahorros.

Parándose firme en la puerta, dio la orden. "Sáquenlo todo".

Los trabajadores se abalanzaron, descolgando lámparas y llevándose el televisor gigante.

La mirada de la chica se posó en la foto enorme de ella y Brad colgada sobre el sofá. Sin dudarlo, agarró un bate de béisbol y lo balanceó.

El vidrio estalló resonando por toda la casa cuando el marco se partió por la mitad.

Brad salió corriendo de la cocina, su rostro pálido de shock. "¡Detén esto ahora mismo!".

Empujó a los trabajadores, arrancándole el bate de las manos. Su furia retumbó en las paredes mientras rugía: "¿Qué demonios crees que estás haciendo?".

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