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Portada de la novela Mi jefe, mi Alfa

Mi jefe, mi Alfa

Clara Rojas llega a Wolf y Asociados anhelando un nuevo comienzo tras sufrir una tragedia. Sin embargo, su encuentro con el imponente Hernán Selton desata una conexión inexplicable. Mientras ella intenta adaptarse a su entorno laboral, ignora que su jefe es un hombre lobo que la reconoce como su pareja predestinada. Entre conspiraciones y secretos corporativos, Clara enfrentará un mundo sobrenatural donde deberá decidir si acepta este vínculo o escapa de su destino.
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Capítulo 2

POV CLARA

—“Ricirsis himinis li istiri llimindi piri ivisirli si quidi in il pisti” —digo con tono burlón, cerrando la puerta del refrigerador con fuerza—. Todo el mundo sabe que eso significa que no te van a contratar.

Marina suelta una carcajada y toma la cerveza que acaba de abrir, y me siento a su lado en el sillón.

—Brindemos por tu no trabajo —expresa, chocando nuestras pequeñas botellas de vidrio. Esbozo una sonrisa.

Marina es mi prima y mi mejor amiga. Literalmente, la única vida social que tengo, ya que mi familia falleció en el accidente de auto que tuvimos y por el cual casi no sobrevivo. A causa de eso, me quedó una enorme cicatriz en mi baja espalda, la cual tapé con un tatuaje de un gran ramo de flores, para recordarme que los momentos difíciles son los que más nos hacen florecer.

—Me hubiera gustado trabajar ahí, de todos modos —respondo con tono derrotado.

—Eso es solo porque el jefe es un bombonazo —comenta guiñándome un ojo.

Suelto una risa por lo bajo y asiento con la cabeza, sonrojándome al recordar al señor Selton.

Es alto, musculoso y su figura denota una fuerza que resulta imponente. Su cabello oscuro, corto y cuidadosamente peinado, enmarca un rostro anguloso y masculino, adornado por unos ojos verdes profundos e intensos, capaces de cautivar con solo una mirada. Cada gesto, cada movimiento, destila una confianza innata en sí mismo y una determinación que resulta irresistible.

Su voz profunda y segura transmite un magnetismo que no pasa desapercibido.

—Igual, creo que es un rarito —manifiesto, comiendo un puñado de papas fritas.

—¿Por qué? ¿Te parece pervertido? —cuestiona mi prima con interés. Hago un gesto negativo mientras tomo un trago de cerveza y luego me aclaro la voz.

—La verdad, en un momento se quedó paralizado —cuento—. Se presentó, me estrechó la mano, y de repente quedó viendo un punto fijo en la nada, después se levantó y tomó mucha agua.

Marina suelta una carcajada.

—Te parece raro solo porque toma agua, Clarita —manifiesta entre risas—. Tú porque no conoces otra cosa que la cerveza.

Pongo los ojos en blanco y le tiro una papa por la cabeza antes de reír.

Estoy a punto de responder, pero el tono de llamada de mi celular me interrumpe. Abro los ojos con sorpresa al ver que es el número de la empresa y atiendo sin pensarlo.

—Aquí Clara Rojas —digo. Me muerdo la lengua de la vergüenza, jamás contesté así. Marina oculta una risa y me alejo de ella para concentrarme.

—Buenas tardes, soy Lisa, de recursos humanos de Wolf y asociados —expresa—. Es para avisarle que fue elegida para el puesto, y si puede comenzar mañana mismo.

—¡Sí, por supuesto! —exclamo con demasiada emoción—. ¡Gracias!

—Bien, la esperamos a las ocho. Pase primero por mi oficina así arreglamos el contrato —agrega antes de cortar.

Después de colgar el teléfono, Marina y yo nos abrazamos emocionadas, saltando de alegría en el pequeño apartamento que compartimos. Es difícil contener la emoción ante la noticia de que finalmente tengo un trabajo. Después de tantos meses buscando, por fin parece que la suerte está de mi lado.

—¡No puedo creerlo! ¡Al fin tienes un trabajo, Clara! —exclama Marina, con los ojos brillantes de emoción.

—Sí, es increíble. ¡Mañana comienzo! —respondo, tratando de contener las lágrimas de felicidad que amenazan con escaparse.

Nos abrazamos de nuevo, compartiendo el momento de alegría juntas. Es reconfortante tener a alguien como Marina a mi lado, apoyándome en cada paso del camino.

Después de unos minutos de celebración, nos sentamos en el sillón, todavía emocionadas por la noticia. Sin embargo, el recuerdo de Hernán Selton y la extraña experiencia en la entrevista todavía está fresco en mi mente.

—¿Qué tal si el jefe es tan extraño como parece? —pregunto, tratando de sacudirme esos pensamientos.

—¡No le des importancia! Tú solo has tu trabajo, pero si se propasa contigo, dímelo y yo misma le doy su merecido —responde ella, con una sonrisa traviesa.

Nos quedamos hablando y riendo hasta altas horas de la noche, compartiendo la emoción del nuevo trabajo y las expectativas para el futuro.

****

Me despierto de golpe al escuchar el sonido insistente de mi despertador. Parpadeo, confundida, aún aturdida por el sueño, y me apresuro a revisar el reloj digital en la mesita de noche. Mi corazón se acelera al darme cuenta de que son las 7:30 de la mañana.

—¡Maldición! ¡Me quedé dormida! —exclamo en voz alta mientras me lanzo fuera de la cama con torpeza.

Sin detenerme a pensar, corro hacia el baño, saltando sobre la pila de ropa que yace en el suelo. Me lavo la cara rápidamente, tratando de despertarme lo más posible, y me cepillo los dientes con una rapidez casi frenética. No tengo tiempo que perder.

Con manos temblorosas, me visto con la primera ropa que encuentro en mi armario, un conjunto simple pero adecuado para la ocasión. Luego, corro hacia la cocina, donde encuentro a Marina preparando el desayuno con una sonrisa burlona en el rostro.

—¿Qué tal tu primer día de trabajo? —me pregunta, arqueando una ceja.

—¡Me quedé dormida! ¡Tengo que irme ahora mismo! —respondo con urgencia, mientras agarro una manzana de la mesa y la muerdo rápidamente.

Marina suelta una risa divertida y me da un rápido abrazo de despedida antes de volver a sus quehaceres. Con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho, agarro mi bolso y salgo corriendo del apartamento.

El trayecto hacia la empresa es un torbellino de emociones y nerviosismo. Maldigo mi mala suerte por quedarme dormida y me prometo a mí misma que nunca más volverá a suceder. Cuando finalmente llego a Wolf y Asociados, mi respiración está entrecortada y mi corazón late tan fuerte que siento que va a salírseme del pecho.

Entro a la recepción con cuidado, tratando de no llamar demasiado la atención. Lisa, la mujer de recursos humanos que me llamó ayer, está allí, mirando su reloj con impaciencia.

—¡Lo siento! ¡Me quedé dormida! —exclamo, tratando de recuperar el aliento.

Lisa me mira con una mezcla de sorpresa y exasperación, pero luego su rostro se suaviza en una sonrisa comprensiva.

—No te preocupes, Clara. Está bien, pero espero que no se vuelva a repetir. El señor Selton es muy quisquilloso con el horario, tuviste suerte de que aún no llega. ¿Lista para firmar tu contrato? —dice, extendiéndome una carpeta.

Respiro aliviada y asiento con la cabeza, tomando la carpeta y siguiéndola hacia su oficina. El proceso de firma es rápido y sin complicaciones, y pronto me encuentro firmando mi nombre en la línea punteada con una mezcla de emoción y alivio.

—¡Felicidades, Clara! ¡Bienvenida al equipo! —me dice Lisa, extendiéndome la mano con una sonrisa.

—¡Gracias, Lisa! ¡Estoy emocionada de comenzar! —respondo, devolviéndole la sonrisa con entusiasmo.

Después de despedirme de Lisa con una sonrisa aún pegada en el rostro, salgo de su oficina con paso decidido. Sin embargo, al girar la esquina, me encuentro cara a cara con Hernán Selton, el enigmático y atractivo dueño de la empresa.

—Buenos días, señorita Rojas. Me alegra verla aquí y lista para comenzar —dice Hernán con una sonrisa, su voz profunda resonando en el pasillo.

Me sorprende verlo allí, de pie frente a mí, radiante y seguro de sí mismo como siempre. Trago saliva con nerviosismo, sintiéndome repentinamente consciente de mi apariencia desaliñada y mi frenético inicio de día.

—Buenos días, señor Selton. Gracias por la oportunidad. Estoy emocionada de formar parte del equipo —respondo, tratando de mantener la compostura a pesar de mis nervios.

Hernán asiente con aprobación, sus ojos verdes brillando con interés mientras me observa. Una corriente eléctrica parece pasar entre nosotros en ese momento, aunque me digo a mí misma que debe ser solo mi imaginación.

—Espero que su primer día sea productivo, señorita Rojas. Estoy seguro de que será una adición valiosa a nuestra empresa —dice Hernán, antes de darme una leve inclinación de cabeza y continuar su camino.

Quedo paralizada por un momento, observando cómo se aleja con elegancia por el pasillo. ¿Por qué este hombre me parece tan extraño y magnético al mismo tiempo?

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