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Portada de la novela Mi jefa Secreta

Mi jefa Secreta

Sofía comienza una nueva etapa en la metrópoli al conseguir empleo como asistente personal. Lo que desconoce es que su superior es la influyente sucesora de un imperio tecnológico. En medio del entorno empresarial y la opulencia, nace un vínculo apasionado que pone en riesgo su estabilidad profesional. Ahora, la joven debe enfrentar una red de misterios y emociones profundas que amenazan con transformar su destino para siempre en la gran ciudad.
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Capítulo 3

Las luces del piso 44 se encendían solas al detectar movimiento, pero esa mañana, cuando Sofía entró por segunda vez en su semana de trabajo, sintió como si lo hicieran con desgano. Era temprano -incluso para los estándares de D'Alessio Technologies-, y aún no había nadie más en la oficina. El silencio era espeso, cargado con el eco de la jornada anterior. Se sentó frente a su escritorio, encendió su computadora y se obligó a respirar hondo.

El reloj marcaba las 6:12 a.m.

Había dormido apenas tres horas. No por falta de tiempo, sino por exceso de pensamientos. El encuentro del día anterior con Victoria D'Alessio había sembrado en su cabeza una maraña de preguntas sin respuesta. ¿Por qué ella? ¿Por qué involucrarla en un proyecto confidencial? ¿Era una prueba? ¿Un error? ¿Una trampa?

La verdad era que se sentía perdida.

Durante las dos horas siguientes, Sofía organizó la agenda del día, revisó los correos corporativos y actualizó el cronograma de reuniones. A las 8:00 en punto, empezaron a llegar los demás asistentes, cada uno con su paso veloz y expresión concentrada. Apenas la miraban. Ni un saludo, ni una sonrisa.

Fue entonces cuando lo entendió.

No era solo nueva. Era invisible.

A las 8:47, la señora D'Alessio llegó. Sofía ya no necesitaba verla para saberlo. Aprendió a identificar el sonido de sus pasos, el ritmo elegante y firme de sus tacones, la breve pausa que hacía frente al ascensor antes de avanzar hacia su despacho. Aquella mañana no dijo ni una palabra. Entró, cerró la puerta... y el mundo se volvió opaco de nuevo.

Sofía continuó trabajando sin pausa. Respondía llamadas que no estaban dirigidas a ella, organizaba documentos que otros olvidaban ordenar, e intentaba aprender, desde el margen, la coreografía diaria del piso ejecutivo. Pero algo era evidente: nadie le daba instrucciones directas. Nadie le pedía ayuda. Nadie le hablaba, a menos que fuera estrictamente necesario.

Una hora después, una de las asistentes de finanzas dejó caer un sobre a su lado sin mirarla.

-Llévalo a recursos humanos. Piso 15.

-Claro -respondió Sofía, con amabilidad.

Pero la mujer ya se había marchado sin escuchar.

Bajó en silencio, con el sobre en las manos, preguntándose si su contrato había venido acompañado de un manto de invisibilidad. En recepción nadie la saludó. En recursos humanos, la recepcionista la miró como si fuera una repartidora.

-Déjalo ahí -dijo señalando una bandeja-. ¿Algo más?

-No -respondió Sofía con una sonrisa forzada.

En el ascensor, mientras subía de vuelta, se observó en el espejo. Tenía buen aspecto. Estaba peinada, arreglada, formal. No era falta de presencia. Era otra cosa. Una línea invisible que aún no había cruzado. Una jerarquía muda que todos comprendían menos ella.

A las 11:06, la puerta del despacho de Victoria se abrió.

-Sofía -llamó su voz.

Ella se levantó de inmediato y entró.

Victoria estaba junto al proyector, revisando la misma carpeta del día anterior. Su expresión era inescrutable.

-¿Leíste lo que te dejé anoche?

-Sí, señora.

-¿Opinión?

-Sigue pareciéndome riesgoso. El nivel de intervención en los patrones de comportamiento del usuario podría...

-¿Podría qué?

-Podría cruzar límites éticos. No sabemos cómo reaccionaría la gente al saber que sus decisiones están siendo anticipadas y manipuladas.

Victoria entrecerró los ojos. Caminó hacia ella.

-¿Y qué crees que hacen las grandes redes sociales desde hace diez años, Sofía? ¿Crees que el libre albedrío es real cuando cada clic que das ha sido predicho por algoritmos?

Sofía no respondió. Pero su mirada hablaba.

Victoria bajó el tono.

-Te haré una pregunta. Responde con sinceridad: ¿tú preferirías trabajar en algo que incomode a la gente, pero que transforme el mundo... o en algo que la haga sentir cómoda, pero que no sirva para nada?

Sofía tragó saliva.

-Creo que... preferiría transformar el mundo. Pero no a cualquier precio.

Victoria asintió con lentitud. Luego, como si ese intercambio no hubiera sucedido nunca, cambió de tema.

-Tendrás acceso a ciertos archivos protegidos. Firma esta cláusula de confidencialidad.

Le entregó un documento de tres páginas. Sofía lo leyó en silencio. El lenguaje era claro: todo lo que leyera, escuchara o descubriera en relación al Proyecto Arcadia debía mantenerse en secreto. Violaciones a esta cláusula implicaban acciones legales, multas millonarias y terminación inmediata del contrato.

Firmó.

Victoria tomó la hoja, la guardó en una carpeta, y volvió a mirar por la ventana. Silencio.

-Eso es todo por ahora.

Sofía salió del despacho. Y entonces, por primera vez en toda la mañana, una de las otras asistentes la miró.

No fue una sonrisa. Ni una expresión de camaradería. Fue algo más sutil: reconocimiento.

Tal vez la invisibilidad comenzaba a disiparse.

Por la tarde, una de las vicepresidentas del área legal pasó junto a ella. Se detuvo apenas un segundo.

-¿Eres la nueva?

-Sí. Sofía Castañeda.

-¿Ya hablaste con la señora D'Alessio?

-Varias veces.

La mujer asintió, interesada.

-Vaya... No muchas sobreviven a eso el primer mes.

Y siguió su camino.

Sofía se quedó inmóvil. Aquella frase flotó en su mente como un presagio. ¿Qué significaba exactamente "sobrevivir"? ¿Qué les ocurría a las otras asistentes?

A las 6:10 p.m., el piso comenzó a vaciarse. Una a una, las luces se apagaban a medida que los escritorios quedaban abandonados. Sofía aún estaba allí, actualizando los reportes de logística cuando notó que era la única en su sección. Solo ella... y la puerta cerrada del despacho de Victoria.

Guardó sus cosas y estaba por marcharse cuando, al pasar junto al despacho, escuchó un leve murmullo. Dudó. ¿Sería una llamada? ¿Música? ¿Una reunión privada?

Tocó suavemente.

Nada.

Volvió a tocar.

-Adelante -respondió Victoria desde dentro, con la voz baja, casi ronca.

Sofía entró. Victoria estaba sentada en el sofá, descalza, con la chaqueta sobre el respaldo, y una copa de vino tinto en la mano. La imagen era tan humana, tan distinta de su impenetrable fachada ejecutiva, que por un instante Sofía se quedó sin habla.

-¿Ocurre algo? -preguntó, recuperándose.

-No. Solo necesitaba ver si alguien me seguía viendo.

Sofía frunció el ceño, confundida.

-¿Perdón?

Victoria tomó un sorbo y la observó.

-A veces, cuando estás demasiado arriba... te preguntas si realmente sigues siendo visible. O si te has convertido en un símbolo. En una máscara.

Sofía no supo qué responder.

-Tú todavía ves -añadió Victoria-. Eso me gusta. Pero ten cuidado con eso. Ver puede volverse peligroso.

La invitó a sentarse con un gesto.

-¿Una copa?

Sofía vaciló.

-Estoy aún en horario laboral...

Victoria sonrió. Por primera vez.

-Estás en el margen del horario. Y aquí, los márgenes son donde ocurren las cosas interesantes.

Sofía se sentó, aún con dudas, y aceptó la copa.

No sabía que esa noche marcaría el verdadero comienzo de todo. Que dejaría de ser la asistente invisible para convertirse... en el mayor secreto de D'Alessio Technologies.

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