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Portada de la novela Mi Infierno Llamado Mi Esposa

Mi Infierno Llamado Mi Esposa

Entre el humo y los ecos de una tragedia familiar, presencié la traición definitiva. Elena, mi esposa, anunciaba su embarazo en televisión junto a Ricardo, su amante durante siete años. Tras vivir sumido en el engaño y la humillación, el destino me otorga una oportunidad inesperada frente a este infierno. En lugar de sucumbir, me levanto con frialdad y me uno a los aplausos del público. Esta vez, el fuego no me consumirá; yo dictaré el final de su traición.
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Capítulo 2

El olor a humo todavía me quemaba la garganta, los gritos de mi familia resonaban en mis oídos como un eco infernal. El calor de las llamas que devoraban nuestra villa, que devoraban todo lo que amaba, se sentía real, como si me estuviera carbonizando el alma. Vi el rostro de Elena, mi esposa, sonriendo en medio del infierno, una sonrisa de victoria mientras nuestro hijo, nuestro pequeño, estaba en algún lugar dentro de esa pira funeraria.

Y entonces, parpadeé.

El olor a humo desapareció, reemplazado por el aroma artificial del estudio de televisión, una mezcla de laca para el cabello y comida demasiado fría. Los gritos se convirtieron en el aplauso medido de una audiencia pagada.

Frente a mí, en una pantalla de plasma gigante, estaba Elena. Lucía radiante, hermosa, con su impecable filipina de chef. A su lado, Ricardo, su amor de la infancia y ahora un chef emergente, la abrazaba por la cintura. La cámara les hizo un primer plano.

"Y no solo estamos aquí para celebrar nuestra nueva colaboración culinaria", dijo Elena, su voz melosa goteando falsedad. "También queremos compartir con todos ustedes una noticia maravillosa".

Ricardo le acarició el vientre con una ternura actuada.

"Vamos a ser padres".

El público estalló en aplausos y vítores. El presentador del programa les sonreía con una alegría plástica.

En mi primera vida, este fue el momento en que mi mundo se rompió. Me levanté del sofá, lancé el control remoto contra la pared y grité hasta quedarme sin voz. La humillación pública, la traición de siete años de relación, todo explotó en una furia ciega.

Pero ahora... ahora conocía el final de ese camino. Conocía el fuego y las cenizas.

Así que hice algo diferente.

Me levanté lentamente, mis movimientos eran calmados, casi ceremoniales. Y mientras todos en el estudio aplaudían, yo también empecé a aplaudir. Mi aplauso fue firme y sonoro, destacando sobre el resto.

La cámara, buscando reacciones, me enfocó. Era el esposo abandonado, el tonto cornudo, y estaba aplaudiendo la noticia de que mi esposa esperaba un hijo de otro hombre. La sonrisa en el rostro del presentador vaciló, la de Elena se congeló por una fracción de segundo, y Ricardo me miró con una confusión que no pudo ocultar.

Perfecto.

No entendían nada, y eso era exactamente lo que quería. En mi vida anterior, mi venganza fue un desastre. Revelé nuestro matrimonio secreto en un arrebato de dolor, arruinando la reputación de Elena. Ricardo, incapaz de soportar la presión y el fracaso, se "suicidó". Y Elena, en lugar de odiarme, se volvió hacia mí con una devoción retorcida y espeluznante, culminando en la masacre de mi familia.

Esta vez, la venganza no sería un acto de pasión, sería una obra de arte fría y calculada. Proteger a mi familia era la única prioridad. Mi vida, mi carrera, mi amor... todo eso ya había sido quemado.

Cuando el programa terminó, mi teléfono sonó. Era Elena. No contesté. Dejé que sonara hasta que se fue al buzón de voz. Sabía que vendría a casa. Nuestra casa. La casa que yo había pagado con el sudor de mi frente, trabajando en las sombras para que ella pudiera brillar.

La recordé, en mi vida pasada, diciéndome con lágrimas en los ojos después del "suicidio" de Ricardo: "Ahora solo nos tenemos a nosotros, Miguel. Siempre debió ser así". Su locura era un pozo sin fondo, y yo había caído en él.

No más.

La puerta principal se abrió una hora después. Elena entró, todavía con el maquillaje de televisión. Me miró, de pie en medio de la sala, y su expresión era una mezcla de cautela y molestia.

"¿Por qué no contestabas el teléfono?".

"Estaba ocupado", respondí con voz neutra.

Se acercó, cruzando los brazos. "¿Viste el programa?".

"Sí. Felicidades".

Mi calma la descolocó por completo. Esperaba gritos, acusaciones, un hombre roto. No esperaba esta serenidad de cementerio.

"Miguel, tenemos que hablar", dijo, recuperando la compostura. "Esto... no es fácil para mí tampoco".

"Claro", dije.

"Ricardo y yo... es algo que viene de hace mucho tiempo. Es... es el destino".

Asentí lentamente. "Entiendo".

"Quiero el divorcio", soltó, como si me estuviera arrancando una curita.

"De acuerdo", respondí de inmediato.

Elena se quedó boquiabierta. "¿De acuerdo? ¿Así nada más?".

"Sí. ¿Para qué alargar lo inevitable? Quieres el divorcio, lo tendrás".

Su rostro se transformó. La sorpresa dio paso a la sospecha, y luego a una pizca de decepción. Creo que una parte de ella quería disfrutar de mi sufrimiento, verme rogar. Le negué esa satisfacción.

"No, espera", dijo, acercándose más. Su voz se suavizó, adoptando ese tono manipulador que conocía tan bien. "Miguel, no quiero que pienses que no me importas. Estos siete años significaron mucho para mí. Eres un hombre bueno...".

"Elena, ahórratelo. Quieres a Ricardo, quieres al bebé. Sé feliz. Solo quiero que esto sea rápido y limpio".

Justo en ese momento, la puerta volvió a abrirse. Era Ricardo. Entró como si fuera el dueño del lugar, con una sonrisa arrogante pegada en la cara.

"¿Todo bien, amor?", le preguntó a Elena, ignorándome deliberadamente.

Luego, sus ojos se posaron en mí. Su sonrisa se ensanchó.

"Vaya, vaya. Miguel Ángel. Supongo que ya te enteraste de las buenas nuevas".

No respondí. Solo lo miré fijamente.

"Elena me ha contado lo mucho que la has 'apoyado' todos estos años", continuó, haciendo comillas en el aire. "Debe ser duro ser el segundón, ¿verdad? Siempre en la cocina de atrás mientras ella recibía los aplausos".

Cada palabra estaba diseñada para herir, para humillarme. En mi vida anterior, habría saltado sobre él. Ahora, solo sentía un frío desprecio. Era una herramienta, un peón en el juego de Elena. Un peón ambicioso y estúpido.

Elena intervino, pero no para defenderme.

"Ricardo, por favor", dijo en un tono suave, casi de regaño. "No seas así. Miguel lo está tomando muy bien. Es muy comprensivo".

Se giró hacia mí. "Miguel, Ricardo se quedará aquí unos días, hasta que encontremos un lugar para nosotros. Espero que no te importe. La casa es lo suficientemente grande".

La audacia de la petición me dejó sin aliento por un segundo. No solo me traicionaban, sino que querían que compartiera mi propio techo con mi reemplazo.

Ricardo soltó una risita. "Sí, hombre. Sé comprensivo. Además, Elena está embarazada. No puede estar estresándose con mudanzas ahora mismo".

Me miraron los dos, esperando mi respuesta. Esperando que me tragara esta última humillación en nombre de la "comprensión".

Recordé el fuego. Recordé los gritos.

"Por supuesto", dije, mi voz sonaba extrañamente hueca. "Quédense. Yo me iré".

Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la escalera, hacia mi habitación, para empacar una maleta. Necesitaba salir de allí. Necesitaba aire.

"¿Ves?", escuché a Elena decirle a Ricardo en un susurro triunfante. "Te dije que entendería. Siempre lo hace".

Escuché a Ricardo añadir algo más, algo sobre el bebé.

"Por cierto, Miguel", gritó Ricardo a mi espalda, su voz llena de malicia. "Espero que no te importe si usamos tu habitación. La cama es más grande y, ya sabes, con el bebé en camino, necesitamos más espacio".

Me detuve en el primer escalón, mi espalda hacia ellos.

No dije nada. Simplemente seguí subiendo, un paso a la vez, mientras el plan de mi nueva venganza comenzaba a formarse en mi mente, pieza por pieza, tan frío y preciso como el corte de un cuchillo de chef.

No habría fuego esta vez. Al menos, no uno que yo iniciara.

Yo los ahogaría en la verdad.

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