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Portada de la novela Mi Historia Atada A Un Sueño

Mi Historia Atada A Un Sueño

El destino de Natasha da un giro irreversible tras descubrir a Joseph Harper en un comercial de televisión. Impulsada por una determinación inquebrantable, la joven se lanza a una travesía para alcanzar sus metas, alterando su existencia para siempre. Lo que inició como una búsqueda personal pronto se transforma en un vínculo amoroso tan intenso como adictivo. Atrapada en esta relación, Natasha verá cómo sus emociones y su futuro se redefinen por completo.
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Capítulo 2

Lunes 06:00 a.m.

Estoy profundamente dormida en mi habitación cuando mi tía Dyanah me levanta para comenzar mi última semana como universitaria, me arreglé, y subí en mi "Mercedes", el cual compré gracias a la manutención a distancia de mi padre.

 Quizás les cause curiosidad como terminé mi etapa estudiantil, pero me salté esta parte, pues estoy muy anciosa por contarles la parte en la que Joseph Harper entra a mi vida.

 Cinco días después.

Salimos Paula, Raquel y yo de aquel comemorativo acto en el que mi vida de universitaria culmina, y comienzo a adentrarme en mi carrera, por cierto, el hecho de que quiera ser actriz no significa que me haya especializado en esto, para nada, me especialicé en literatura y lenguas, pero directamente como especialidad se podría decir que soy periodista, aunque no me voy a desarrollar en esa profesión.

Raquel y Paula llevaban sus maletas y los voletos de avión, dormirían en mi casa, ya que mañana saldríamos rumbo al aeropuerto...

 Iríamos a Nueva York a una casa donde mi familia y yo solíamos visitar en las vacaciones, sólo que esta estará vacía, se encuentra en un medio arbolado, cerca de un lago donde me gusta ir a tomar sol para darle un tono más bronceado a mi piel morena.

En cuanto llegamos a la habitación recogí mi equipaje, tres inmensas maletas, nos acostamos a dormir esperando las 09:00 a.m. del día siguiente.

 Al amanecer mis amigas y yo nos quedamos profundamente dormidas, y sólo faltaban diez minutos para las nueve, me quería morir cuando sentí a mi tía despertarme a gritos diciendo que eran las nueve, levanté a Paula y a Raquel por los pelos, y entré al baño y salí en un abrir y cerrar de ojos. Me vestí, y a diferencia de otras circunstancias, no me maquille y dejé mi cabello sin peinar, aunque para ser sincera esto no era novedad. Mientras mi espejo se burlaba de mi vergonzoso aspecto en mi propia cara.

Mi tía tuvo que decirme mil veces que estaba estupenda, aunque era inútil.

Treinta minutos más tarde llegamos al aeropuerto, ya el avión se había ido, es curioso, nunca tienden a ser tan puntuales los vuelos , pero claro, quien quería viajar era yo, así que era necesario complicarme la vida.

Yo desesperada sin saber qué hacer comencé a llorar desesperanzada, Raquel se acercó a mí.

— No te preocupes, todo va a estar bien — me dijo con voz alentadora.

— No, nada va a estar bien, el avión se acaba de ir delante de nuestras narices, ¿ahora qué hacemos? — me llevo las manos a la cabeza agachando la misma.

 — ¡Ya lo sé! — exclama Paula.— Vamos a conducir hasta Nueva York en tu coche — propone.

 — ¡Ay no!, por Dios, será un viaje muy exhaustivo. Son cuatro horas — digo pesimista.

 — ¡Uy, que viaje tan largo! — expresa Raquel sarcásticamente.— Natasha, tiene razón, es la única forma, claro, también puedes esperar una semana más para hacer el vuelo — me dice.

 — Eso ni muerta — respondí haciendo caso a ambas.

Subimos al coche y bajamos en la primera gasolinera que encontramos, allí llenamos el depósito de gasolina del coche para cerciorarnos de que no nos quedaríamos tiradas. Así que listas para la aventura, salimos camino a Nueva York, yo estaba de los nervios cada parte de mi cuerpo temblaba, tan sólo con pensar que por fin iba a hacer realidad mis sueños, era una sensación tan loca, que no me podía creer que me estuviera pasando a mí.

De pronto el coche se desvió de la carretera, después del sonido ruidoso de un neumático poncharse, fuimos a parar en medio de un campo solitario, donde parecía no haber un alma ni una miserable gota de cobertura, ¿y ahora qué, qué haríamos en esta situación? No había nadie cerca a quien pedirle ayuda, y para poder seguir tendríamos que cambiar el neumático por el de repuesto, cosa que ni mis amigas ni yo sabíamos hacer. En ese momento estaba nerviosa y desesperada, como si me faltara el aire, no podía entender porqué me sentía así. Era horrible la sensación de frustración, y es que no era de vida o muerte como para estar tan fuera de control como yo lo estaba.

— No te preocupes, vamos a salir de esta — me dice Paula con voz alentadora al ver mi estado de ansiedad.— A ver trae el gato Raquel, ya verás cómo vamos a solucionar esto — incluye Paula.

 Para mí estaba hablando en un lenguaje totalmente desconocido.

 — ¿Qué es el gato? ¿De qué hablas? — le pregunté desconcertada.

 — Creo que es con lo que se cambia la rueda — responde Raquel.

 — Ok. ¿Y ustedes saben hacerlo? — vuelvo a preguntar.

— Bueno, mi padre tiene un taller de mecánica, alguna noción debo tener — comenta Raquel.— ¡Así que vamos! Manos a la obra — nos incitó mientras se recogía el pelo en un moño en lo alto de la cabeza.

 Intentamos de todas las maneras. Es cierto que no estábamos muy diestras en el asunto, pero a pesar de tanto esfuerzo no había forma de colocar el neumático. Cansadas, sudadas, llenas de aceite de coche y vencidas por una maldita rueda nos sentamos en la carretera suspirando exhaustas y frustradas.

Por suerte yo no me di por vencida, sabía que si quería conseguir lo que tanto me proponía, debía esforzarme aún más y así fue.

 Después de casi una hora intentándolo nuevamente, logramos poner el neumático de repuesto en su sitio. Fue tanta la alegría que sentimos al terminar, que casi no nos importaba estar bañadas en sudor y oler a camionero. En fin, este fue el peor día de mi vida, y cuidado con pensar que exagero, esta terrible faena no fue todo, ya verán porqué.

 Cuando sólo estábamos a una hora de Nueva York, paramos en un motel de carretera para reponer fuerzas, me daba mucha vergüenza ver como todos nos miraban, y como los hombres babeaban pensando Dios sabe qué cosas al vernos sudorosas con las camisetas ceñidas. Realmente me parece una imagen muy poco excitante pero en fin.

En la comida se nos fue casi todo el dinero, pero eso no era lo peor, sino que dimos con la sorpresa de que al parecer un grupo de delincuentes que vivían por la zona nos habían robado el coche.

 Sí, yo también pensé “malditos pueblerinos desconsiderados”. La suerte es que las maletas estaban con nosotras, ya que las tuvimos que sacar para poder cambiar la ropa asquerosa que tiramos a la basura. Si les soy sincera estaba harta, a punto de mandar al diablo el viaje, al malito Joseph Harper y todo, pero si hay algo por lo que me caracterizo, eso es la perseverancia así que eso no me iba a parar, a pesar de que Paula y Raquel querían arrancarme la cabeza cuando les dije que siguiéramos a pie, logré persuadirlas y me salí con la mía. Así que seguimos a pie hasta Nueva York.

Luego de tres largas y eternas horas caminando, llegamos, por fin alcanzábamos ver la maravillosa Estatua de la Libertad, nunca antes había estado en la ciudad, siempre que venía en las vacaciones, todo lo que hacía era quedarme en casa, en la zona arbolada, donde la naturaleza me reconfortaba. Así que al ver esta ciudad tan inmensa, con aquellas impactantes luces que adornaban la noche y unas playas encantadoras me quedé maravillada, no paraba de sonreír.

Raquel y Paula me abrazaron.

 — ¡Bienvenida a tu sueño! — me dijeron con una gran sonrisa.

 Las tres caminábamos abrazadas rumbo a la casa.

Al llegar tuvimos un gran trabajo, limpiamos hasta el último rincón, la organizamos y pusimos nuestra ropa en los armarios. Después de esto caímos en la cama destrozadas.

 Nos levantamos a las doce, después de un largo sueño, y una vez lista comenzamos a localizar a Joseph, después de dos horas buscando en las páginas más actuales, por todas las redes sociales, por fin dimos con su dirección actual, así que íbamos para allá. Este iba a ser el mejor de mi vida, tenía que serlo.

 Me di una ducha, me maquillé y me puse un vestido a medio muslo, color blanco, el que acompañaba con mi cazadora negra de cuero favorita, botines negros al tobillo, con cremalleras en los costados y por fin, estaba lista, brillante y pulida como un diamante.

Una vez preparada, Paula me tomó del brazo. — Ya es hora — me anunció.

Raquel no venía con nosotras porque estaba cansada, eso nos dijo. Me resultó bastante desagradable, pues quería que ambas estuvieran conmigo en ese momento, pero por más que insistí se me hizo imposible. Por lo que Paula y yo salimos después de llamar a un taxi que nos recogió en diez minutos y veinte después, ya estábamos justo delante de la hermosa mansión del mismísimo Joseph Harper.

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