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Portada de la novela Mi hermoso tesoro

Mi hermoso tesoro

La felicidad de Asley se apaga cuando, al intentar revelar su embarazo gemelar, su marido le pide el divorcio de forma inesperada. Sola y herida, inicia una difícil gestación contando únicamente con el respaldo de su amiga Amaia. No obstante, graves crisis de salud la obligan a ver su realidad con otros ojos. Entre desafíos médicos, Asley destapa secretos turbios y comprende que la traición acecha tras la fachada de quienes más confianza le inspiraban.
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Capítulo 3

-Me alegro de volver a verte hoy por aquí, Asley-dijo Dalton, tomando asiento frente a ella. Le envió una sonrisa y esperó a que ella levantara la vista y lo viera.

No se sorprendió cuando entró y la vio sentada en la misma mesa que el día anterior. Cada vez que entraba en la pequeña cafetería, allí estaba ella, sentada, bebiendo café, mientras leía el mismo libro una y otra vez.

Sus ojos se apartaron lentamente del libro. Dalton vio una pequeña sonrisa en sus labios cuando se fijó en él.

-¿No estoy siempre aquí?-, le preguntó tímidamente antes de volver al maldito libro.

Frunció el ceño durante un segundo por el hecho de que Asley no le prestara atención durante más de diez segundos antes de volver al libro. Luego soltó una risita al darse cuenta de lo singular que era ella y de cómo el hecho de que se sintiera más atraída por el libro le atraía aún más.

Durante los últimos cuatro días, había estado viniendo a la cafetería sólo para ver su cara. Había algo en ella que le atraía.

Tal vez era la sensación que transmitía.

Inocente y pura.

O tal vez era la forma en que ignoraba las normas sociales de hoy en día y en su lugar hace sus propias pequeñas cosas.

Muchas chicas no lograron atraerlo como lo había hecho Asley. Esos escotes de los que alardeaban a su manera no le hacían nada ahora que había conocido a Asley.

Ella acaparaba toda su atención y a él no le importaba en absoluto. No era como la mayoría de las chicas y eso era lo que más le gustaba de ella.

Ella era su propia persona.

-¿Siempre estás leyendo?- le preguntó, tomando un sorbo de su café que había conseguido en Starbucks antes.

-Me encantan los libros. ¿Qué más puedo decir?- Contestó ella, encogiéndose de hombros. Dejó el libro sobre la mesa y le sonrió. -¿Qué tal el día?

Dalton se quedó de piedra.

-Es la primera vez que me haces esa pregunta. Mia bella, ¿me estoy colando en tu corazón?-. Bromeó, riéndose al ver el famoso ceño fruncido en su bonita cara.

Cómo le gustaba ver ese lindo ceño fruncido.

-Si este es el resultado de haber sido una buena persona contigo, entonces no lo volveré a hacer-. A pesar de que su frase podía tener algo de enfado, había una pizca de alegría en su voz, haciéndole saber que solo estaba bromeando.

Dalton se rió y se recostó en su asiento, levantando una ceja hacia ella.

-¿Y desde cuándo eres amable con la gente? Si no recuerdo mal, ayer te enfadaste con una chica cualquiera por nada. Francamente, me sorprende un poco que aún no me hayas hecho ningún comentario sarcástico.

Otra risita salió de sus labios cuando la vio hacer pucheros, cruzando los brazos sobre el pecho. Hacía que su pecho pareciera aún más grande de lo que ya era y Dalton contuvo un gemido.

-¡Soy simpática! Y no fue por nada. Me hizo derramar el café sobre mi libro nuevo-. Se defendió.

-¿Todo eso sólo por un libro?-. Él negó con la cabeza. -No tienes huesos bonitos en el cuerpo, ¿eh?-, enarcando una ceja y sonriendo.

-Puedo ser amable-se burló ella y descruzó el brazo. Le señaló con el dedo índice. -Pero no contigo.

-Si eres tan buena persona, hazme un cumplido-. Él se inclinó hacia delante y le apartó el dedo suavemente.

Las chispas surgieron donde sus dedos tocaron los de ella y él hizo todo lo posible por ignorarlo.

-No hay nada bueno que decir de ti.-Asley miró divertida a Asley y le sonrió con satisfacción.

Dalton soltó un dramático grito ahogado y se puso la mano sobre el corazón.

-¡Mia bella, me has herido!

Asley puso los ojos en blanco.

-Pero es verdad. No se me ocurre nada bueno que decirte-. Bromeó.

Dalton se rió.

-Mia bella, hay un montón de cosas bonitas que puedes decir de mí. Apuesto a que ahora mismo hay una flotando en esa cabecita tan bonita.

Asley levantó una de sus cejas.

-¿Ah, sí? ¿Y cuál podría ser ese bonito pensamiento? Diviérteme, Dalton. Hace días que no me divierto.

-Bueno, podrías estar pensando en lo bueno o sexy que soy-. Él le sonrió con suficiencia.

Ella se encogió de hombros.

-Estás bien.

Dalton la fulminó con la mirada.

-¿Qué quieres decir con bien?

Asley volvió a sonreír.

-Las he visto mejores.

Dalton no sabía por qué, pero el comentario que Asley acababa de hacer le hizo enrojecer por todas partes.

¿Lo ha visto mejor? ¿Son los celos lo que le está recorriendo ahora mismo?

-¿Ah, sí?-, dijo apretando los dientes.

Asley intensificó su sonrisa.

-De verdad.

-Bueno, supongo que voy a tener que cambiar eso-. Sonrió satisfecho.

-Buena suerte con eso.

*

Dalton miró el collar en sus manos. El collar que Asley le había devuelto. Lo sintió frío al tacto y lo puso sobre la mesa.

Sintió que la habitación temblaba bajo sus pies y se sentó en la silla. Todo daba vueltas y cambiaba. No sabía cómo detenerlo.

Se aflojó la corbata y suspiró.

Volvió a mirar el collar y lo cogió. Salió de la habitación y bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Cuando llegó al mostrador de la recepcionista, rápidamente le lanzó la pregunta.

-¿Ya se fueron Asley y Amaia?

-Sí, señor. Giraron a la derecha hace unos veinte segundos-. Dijo mordiéndose el labio inferior. -Puede que quieras darte prisa si quieres alcanzarlas.

-Gracias...- se interrumpió.

-Señora Jasmine.- Dijo ella con una suave sonrisa.

Él asintió con la cabeza y le dio las gracias de nuevo. Salió corriendo por la puerta y giró a la derecha. Vio a Asley sola y se acercó a ella. Le cogió la mano bruscamente, le puso el collar en la palma y la miró fijamente.

-Te lo di antes de casarnos. No lo quiero. Quédatelo-. Dijo con frialdad, esforzándose por mantener su voz fría y distante.

Sus ojos miraron el collar y él vio una lágrima escaparse de sus ojos.

-No llores-resopló. -Nada de lo que hagas puede hacerme cambiar de opinión-. Giró la cabeza hacia el otro lado de la calle, sin querer mirarla a la cara.

Oyó una burla saliendo de ella. Curioso por saber por qué había hecho ese sonido, se volvió hacia ella y le dirigió una mirada calculadora.

-¿Qué?

Una risa seca salió de sus labios.

-¿Crees que lloro para que vuelvas a ser mía?- ella negó con la cabeza y él vio que las lágrimas seguían cayendo por su rostro.

Sin embargo, su voz seguía siendo fuerte.

-Lloro porque ya no quiero ningún recuerdo tuyo. Estos bebés son suficientes para mí, Dalton. Te devolví este collar por una razón.

-No son míos. No deberían recordarte a mí-. Siseó, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. -Deja de hacer que parezca que lo son.

-¿Sabes qué? Vete al infierno-. Gritó ella. Tiró el collar al suelo y giró el cuerpo. -Nunca jamás quiero volver a verte.

-Eso es algo en lo que podríamos estar de acuerdo. Ni siquiera sé por qué estaba interesado en ti en primer lugar. Eras una zorra entonces y lo eres ahora. Probablemente por eso tu padre no dudó en enviarte-soltó, arrepintiéndose al instante de lo que había dicho.

Vio que todo su cuerpo se ponía rígido. Los suaves sollozos que salieron de ella hicieron que su corazón se rompiera en mil pedazos. No importa lo que ella hiciera. No importa cuántas veces ella le hizo daño, él todavía la ama.

No había nadie más a quien pudiera amar tanto como a ella.

-Te odio.- Ella susurró.

Luego se dio la vuelta y le lanzó su mirada más odiada.

-Cuando te des cuenta de tu error, será demasiado tarde Dalton. Que tengas una buena vida-. Gritó antes de huir de él.

-Quiero odiarte, pero no puedo-, susurró. -Has sido la única mujer que he amado y la única que amaré. Eres mi primera y mi última-. Susurró.

Se arrodilló y recogió el collar.

-Te quiero, Asley-. Susurró, guardando el collar en sus pantalones. Comenzó a caminar de regreso a la oficina.

Cada paso que daba hacía que su corazón se rompiera aún más. Sintió que los ojos se le ponían brillantes y contuvo las lágrimas lo mejor que pudo.

Cuando estuvo de nuevo en el edificio, se dirigió hacia el ascensor y pulsó el botón del despacho de Thommy.

Aunque el trayecto sólo duró diez segundos, a él le parecieron más bien diez años. Cuando se abrió, entró en el despacho de Thommy y se sentó en el sofá.

-¿Estás bien, tío?- Oyó susurrar a Thommy.

Al levantar la vista, vio que Thommy le lanzaba una mirada preocupada. En sus manos tenía la carpeta que iba a enviar a la oficina municipal mañana por la mañana. La carpeta que pronto cortaría todos los lazos con él y Asley. La miró y cerró los ojos.

-No, nunca podré estar bien ahora, Thommy. Mi vida no es nada sin Asley-. Dijo abatido. Se pasó el brazo por la cabeza y suspiró profundamente. -No sé cómo se supone que voy a continuar mi vida sin ella. No puedo ser el mismo sin ella.

-¿Por qué te divorciaste de ella entonces? ¿Por qué hacer que no sólo se rompiera un corazón, sino dos?-. La voz de Thommy contenía decepción y un poco de desprecio.

Dalton sabía que Thommy no apoyaba totalmente el divorcio. Había intentado en innumerables ocasiones convencer a Dalton de que lo reconsiderara, pero nunca funcionó. Thommy creía firmemente que Dalton estaba equivocado, pero eso era sólo porque no conocía del todo la razón.

Dalton estaba a punto de responderle cuando sonó su teléfono. Retiró el brazo y sacó el teléfono del bolsillo. Miró hacia abajo y su cara se frunció de confusión cuando vio que era un número desconocido.

-¿Quién es?- preguntó Thommy. Dalton sintió que estaba de pie detrás de él, mirando hacia abajo en el teléfono también. -Dalton ¿quién es?

Dalton puso los ojos en blanco.

-¿Cómo voy a saberlo? Dice desconocido.

-Pues cógelo y mira quién es-. Replicó Thommy.

Dalton deslizó el dedo por el teléfono y lo puso en altavoz.

-¿Diga? ¿Quién es?

Nada.

No había nada al otro lado.

-¿Diga? ¿Quién es?- repitió Dalton con más fuerza.

Hubo una risa rápida antes de que la llamada terminara. Dalton miró el teléfono y miró a Thommy.

Un pitido llamó su atención y volvió a bajar la vista. Su cara palideció cuando vio lo que era y sintió que el corazón le latía más rápido en el pecho.

-Dalton ¿qué pasa?

Dalton negó con la cabeza y tragó saliva.

-¿Quieres saber la razón por la que me divorcié de Asley? ¿Por qué creo que esos bebés no son míos?-. Se volvió para mirar a Thommy.

Thommy enarcó una ceja.

-¿Por qué?

Dalton le mostró a Thommy su teléfono y observó cómo la cara de Thommy se contorsionaba en una de confusión.

-¿Es esa?

-Asley-. Dalton escupió el nombre como si fuera veneno.

-No me lo puedo creer.

Era una foto de Asley, con ropa de hoy, de pie fuera de un café. Una mano sostenía la misma carpeta que tenía hoy, mientras que la otra rodeaba el cuello de otro hombre. Estaba de puntillas y sus labios tocaban los del hombre.

Un hombre que no era Dalton.

El hombre llevaba un abrigo rojo y gafas de sol, protegiendo su rostro y marco de reconocimiento.

-Espera, hay un mensaje-murmuró Thommy.

Dalton recuperó su teléfono y miró hacia abajo. Sus latidos se detuvieron cuando vio lo que decía el mensaje.

He ganado.

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