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Portada de la novela Mi hermana me robó a mi compañero y se lo permití

Mi hermana me robó a mi compañero y se lo permití

"Mi hermana amenaza con quitarme a mi compañero. Y yo dejo que se lo quede." Nacida sin lobo, Seraphina es la vergüenza de su manada, hasta que una noche de borrachera la deja embarazada y casada con Kieran, el despiadado Alfa que nunca la quiso. Pero su matrimonio de una década no fue un cuento de hadas. Durante diez años, soportó la humillación: Sin título de Luna. Sin marca de apareamiento. Solo sábanas frías y miradas más frías aún. Cuando su perfecta hermana regresó, Kieran pidió el divorcio la misma noche. Y su familia estaba feliz de ver su matrimonio roto. Seraphina no luchó, sino que se fue en silencio. Sin embargo, cuando el peligro acechó, verdades asombrosas salieron a la luz: ☽ Esa noche no fue un accidente ☽ Su "defecto" es en realidad un don raro ☽ Y ahora todos los Alfas -incluido su exmarido- pelearán por reclamarla Lástima que ya está cansada de ser poseída. *** El gruñido de Kieran vibró en mis huesos mientras me sujetaba contra la pared. El calor de su cuerpo atravesaba capas de tela. "¿Crees que irte es tan fácil, Seraphina?" Sus dientes rozaron la piel inmaculada de mi garganta. "Tú. Eres. Mía." Una mano ardiente subió por mi muslo. "Nadie más te tocará jamás." "Tuviste diez años para reclamarme, Alfa." Mostré los dientes en una sonrisa. "Es curioso cómo solo recuerdas que soy tuya... cuando me estoy yendo."
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Capítulo 2

Punto de vista de Seraphina

El frágil silencio se vio interrumpido por completo con un grito desgarrador que resonó por el pasillo estéril.

-¡Papá! ¿Dónde estás?

Todas las cabezas voltearon al mismo tiempo. Mi estómago se hundió cuando Celeste apareció. Su cabello dorado ondeaba detrás de ella y sus mejillas estaban rojas por haber corrido. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas, pero su belleza seguía siendo impresionante.

Después de diez años, la repentina aparición de mi hermana me impactó con un golpe de verdad.

Casi por instinto, me giré hacia Kieran, quien estaba mirando a Celeste boquiabierto, como si fuera un sueño del que temía despertar. El anhelo puro en sus ojos era más que suficiente para responder la pregunta que me había atormentado durante todos estos años: su corazón nunca había sido mío.

-Díganme que no llegué tarde -rogó Celeste, con la voz rota. Al no responder nadie, sus rodillas cedieron.

Kieran se movió a una velocidad de la que ningún licántropo era capaz. La atrapó justo antes de que tocara el suelo, acunándola contra su pecho mientras mi madre y mi hermano se unían a ellos en un abrazo colectivo. Sus cuerpos entrelazados y sus sollozos compartidos pintaban un retrato familiar perfecto, uno del que yo jamás había sido parte.

Este pensamiento me desgarró la garganta. Después de todo, yo también había perdido a mi padre. ¿No merecía yo llorar su pérdida?

No obstante, este era el mundo de Celeste y siempre lo había sido. Desde que dio sus primeros pasos, todos los ojos habían estado sobre ella, admirándola y amándola. Mientras ella brillaba, yo me convertí en solo una sombra.

Ahora, mientras sus gemidos de dolor resonaban en toda la sala, yo bien podía haber sido invisible.

La puerta de salida me tentaba. Era mejor irme con la poca dignidad que me quedaba a esperar su inevitable rechazo.

Ni una sola cabeza volteó cuando me escabullí.

Para cuando llegué a casa, mis lágrimas ya se habían secado, dejando unos rastros salados en mis mejillas. Sin embargo, ¿qué pasaría con el dolor vacío en mi pecho? Sentía que se quedaría conmigo para siempre.

Lo primero que hice fue ir al cuarto de Daniel para ver cómo estaba.

Me sorprendió ver la luz encendida bajo su puerta. Cuando la abrí, encontré a mi hijo de nueve años acurrucado con las rodillas contra su pecho, haciendo como una pequeña fortaleza contra el mundo exterior.

-¿Mami? -Su voz sonaba demasiado infantil, pero como si supiera lo que pasaba.

Me senté al borde de su cama en forma de auto de carreras. -Mi amor, ¿qué haces despierto?

Se mordió el labio inferior. -Algo le pasó al abuelo Edward, ¿verdad?

Me quedé sin aire en los pulmones. ¿Cómo podría decirle a este niño de ojos brillantes que el hombre que le había enseñado a rastrear venados el verano pasado se había ido para siempre? Acaricié su rodilla sobre su pijama. -Cariño, pasó... Pasó algo en la noche y el abuelo se lastimó...

-Se murió. -El susurro de Daniel tenía una certeza que daba miedo-. Nuestro vínculo... se rompió.

Mi mano se detuvo en seco. A los nueve, no debería haber sido capaz de sentir cómo se cortaban los vínculos de la manada. No obstante, aquí estaba él, demostrando la misma sensibilidad de lobo que yo había pasado su vida entera rezando que heredara.

Mi alivio luchó contra mi asombro. De esta manera, él no sería como yo. No tendría que cargar con la vergüenza de ser el hijo defectuoso del Alfa, un licántropo cuyo lobo nunca se manifestó.

-Ven aquí, mi pequeño niño valiente- Lo abracé fuerte, inhalando su olor a jarabe de arce y sudor infantil. A pesar de que lamentaba esa desastrosa Cacería de Luna de Sangre, nunca me arrepentiría del milagro que me dio esa noche.

Daniel era la única cosa pura en mi vida, el único corazón que me amaba de manera incondicional.

Mientras arropaba sus hombros con su manta con dibujos de naves espaciales, él me miró con sus ojos llenos de alma, los mismos ojos de Kieran pero en miniatura.

-Tú y papi siempre estarán conmigo, ¿verdad?

Su pregunta me atravesó como una lanza. Acaricié su cabello con mis dedos, justo como hacía cuando era un bebé que no podía dormir. -Ay, mi amor...

¿Cómo podía explicarle que su padre nunca había sido mío? ¿Que la manera en que Kieran había mirado a Celeste hace poco, como si el sol hubiera salido después de una década de oscuridad, era una mirada que nunca me había dado a mí? ¿Que el abrazo de ellos en el pasillo del hospital había sido más íntimo que cualquiera que él y yo hubiéramos compartido en diez años de matrimonio?

-No me iré a ninguna parte -le prometí, dándole un beso en su ceño fruncido-. Tu papi y yo te amamos por encima de todo -susurré-. Nada cambiará eso, nunca.

Su sonrisa dormilona me destrozó el alma. -Buenas noches, mami.

-Dulces sueños, mi vida. -Besé su frente, demorándome más de lo debido antes de salir.

Las luces fluorescentes de la cocina zumbaban mientras revisaba dentro del refrigerador. Las botellas de vidrio tintineaban, pero mi mano se congeló a mitad del camino al escuchar la puerta principal.

Kieran ya había llegado a casa.

Pensé que se quedaría toda la noche en el hospital, consolándola y reconectando.

Se movió a través de la casa oscura como una sombra hasta que sus hombros anchos ocuparon el marco entero de la puerta de la cocina. La luz de la luna resaltó las facciones definidas de su rostro mientras me recorría con su mirada vacía, como siempre.

El refrigerador zumbaba entre nosotros mientras pasaba su mano por encima de mi hombro. Su aroma a cedro y lluvia me envolvió por un traicionero momento antes de que se retirara, abriendo una botella de agua.

-¿Querías... algo de comer? -Mi voz sonó demasiado baja en el silencio-. No pudiste cenar.

No hubo respuesta. Solo podía escuchar su garganta mientras bebía. Sus músculos tensos se flexionaban bajo una barba corta que nunca me había permitido tocar. El sonido del plástico aplastado golpeando el contenedor de reciclaje me hizo temblar.

Se apoyó contra la mesa, con la cabeza inclinada como Atlas soportando el peso del mundo. Yo ya conocía esta rutina de memoria, habían sido diez años hablando con un fantasma.

-Solo voy a... -Me dirigí con lentitud hacia la puerta.

-Seraphina.

Escuchar mi nombre salir de su boca siempre me dejaba atónita, como si me bañaran con agua helada.

Me giré poco a poco. La luz de la luna proyectaba sombras duras debajo de sus pómulos y su expresión era tan difícil de leer como siempre.

-Tenemos que hablar.

Sus palabras tranquilas me generaron escalofríos. El modo en que se sujetaba a la mesa hacía que sus nudillos se pusieran blancos como hueso.

No hubo preámbulos, ni suavizó nada. Solo habló con su eficiencia brutal de siempre.

-Quiero el divorcio.

Diez años. Había esperado diez años para que acertara este golpe.

Aun así, era curioso cómo todavía la sorpresa me dolía.

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