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Portada de la novela Mi ex, mi nuevo jefe

Mi ex, mi nuevo jefe

La vida de una mujer da un giro drástico al ingresar a su nuevo empleo y descubrir que el dueño de la empresa es su antiguo novio. Años atrás, la falta de dinero los separó, pero ahora él es un magnate poderoso. Entre oficinas y reuniones, ambos enfrentan el rencor acumulado por su ruptura y una atracción que se niega a morir. Trabajar bajo las órdenes de su ex pondrá a prueba sus sentimientos en un juego de poder, éxito y recuerdos dolorosos.
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Capítulo 3

El primer día en la nueva empresa siempre viene acompañado de una mezcla de nervios y expectativas. Ana lo sabía bien, lo había experimentado en varias ocasiones a lo largo de su carrera, pero esta vez era diferente. El aire de la ciudad, el entorno impecable y moderno del edificio, todo parecía estar diseñado para hacerla sentirse fuera de lugar, como si estuviera observando desde la distancia el éxito y el poder de un mundo al que pensaba que nunca volvería. El sonido de sus tacones resonaba en los mármoles del lobby, como una señal de que este nuevo capítulo ya había comenzado, pero no dejaba de sentirse como un visitante en un territorio ajeno.

Ana respiró hondo al llegar al vestíbulo del edificio. Las paredes de vidrio reflejaban la luz del sol, creando un brillo casi cegador, mientras que los detalles de la arquitectura, sobrios y elegantes, le daban la bienvenida a un mundo que se sentía demasiado perfecto. La recepcionista, que llevaba un peinado impecable y un traje de cortesía, la saludó con una sonrisa de cortesía profesional.

-Buenos días, señora Rodríguez -dijo la recepcionista con una sonrisa controlada-. ¿En qué puedo ayudarla?

Ana se presentó, aunque ya sabía que su llegada era esperada. Tras verificar su identidad, la recepcionista le indicó cómo llegar a su puesto de trabajo. La oficina de Ana estaba en un piso superior, donde los equipos de trabajo se organizaban según las áreas de operaciones, estrategia y desarrollo. Se despidió cortésmente y subió al ascensor, donde un ligero escalofrío recorrió su espalda. A pesar de todo, Ana no podía evitar sentirse observada, como si la ciudad misma tuviera los ojos puestos en ella, esperando que demostrara que había tomado la decisión correcta al regresar.

El ascensor subió rápidamente, y Ana se sintió como si estuviera ascendiendo a un mundo de poder, un mundo que había cambiado tanto en los últimos años. Su mente volvió a la idea que había estado rondando desde que aceptó este trabajo: ¿Qué iba a encontrar aquí? ¿Quién había sido Lucas en este nuevo entorno? ¿Sería la misma persona que dejó atrás, o se habría transformado en algo irreconocible?

El ascensor se detuvo en el piso 25. Las puertas se abrieron con un suave susurro, y Ana salió hacia el área de trabajo. El diseño de las oficinas era minimalista, con grandes ventanales que permitían que la luz natural invadiera el espacio. Todo estaba organizado con una precisión casi militar, desde las mesas de trabajo hasta las modernas sillas ergonómicas. El aire estaba impregnado de la fragancia sutil de la madera pulida y el café recién hecho, mientras que las conversaciones en susurros entre los empleados se entremezclaban con el sonido de las teclas de los teclados.

Ana caminó hacia su escritorio, notando las miradas curiosas de algunos compañeros de trabajo. Sabía que su llegada no pasaría desapercibida. Todos en la empresa estaban al tanto de que la contratación de alguien de fuera significaba un cambio. Y su nombre, en particular, seguramente generaba aún más interés. Unos la observaban con disimulo, otros disimulaban un leve murmullo al verla pasar. El aire estaba impregnado de una energía que Ana no pudo evitar percibir. Las expectativas, los miedos, las dudas... todo eso flotaba en el ambiente, y ella no era ajena a ello.

El escritorio que se le asignó era grande, elegante, con una silla de respaldo alto y un ordenador que ya estaba encendido, esperando por su uso. Ana dejó su bolso sobre la mesa, observando los documentos que había sobre ella. Eran informes de proyectos anteriores, esquemas de la empresa, y una serie de correos electrónicos que la esperaban. Sabía que tenía que comenzar inmediatamente a trabajar, pero su mente seguía atrapada en el mismo lugar: Lucas. ¿Cómo sería él ahora? ¿Cómo le habría ido durante estos años? ¿Cómo se comportaría al verla de nuevo?

Una llamada interrumpió sus pensamientos. El teléfono de la oficina sonó con un tono firme, y Ana lo levantó con la sensación de que no podía escapar del peso de su regreso. La voz al otro lado era la de Carlos Rodríguez, el director con quien había tenido su primera reunión.

-Hola, Ana -dijo Carlos con tono amigable, pero con una pizca de formalidad-. ¿Cómo te encuentras? Espero que tu primer día esté yendo bien.

-Sí, todo está perfecto. Estoy empezando a adaptarme al entorno -respondió Ana, intentando sonar lo más relajada posible. Aunque, por dentro, sentía que la tensión la invadía con cada palabra que decía.

-Me alegra escuchar eso. Solo quería informarte que Lucas tiene una reunión a las 12 del mediodía. Como forma parte de tu área, será importante que te unas. Estaré en la sala de juntas para coordinar algunos puntos. ¿Te parece bien?

Ana se quedó en silencio por un momento, el nombre de Lucas resonando en su cabeza con fuerza. Lucas Ortega, el dueño de la empresa, el hombre con quien había compartido sus mejores y peores momentos. En ese instante, todas las dudas sobre si estaría lista o no para enfrentar la situación comenzaron a inundarla. ¿Estaba preparada para verlo nuevamente?

-Claro, estaré allí -respondió finalmente Ana, forzando una sonrisa que nadie podría ver, pero que sí podía sentir en su voz. Colgó el teléfono y se quedó mirando el escritorio unos segundos más, como si estuviera esperando que el teléfono sonara de nuevo y le diera alguna excusa para no ir a la reunión.

Pero no lo hizo. En cambio, Ana respiró hondo, se acomodó en su silla y comenzó a revisar los informes que tenía frente a ella. Cada línea, cada número, le daba una sensación de control. Sabía que tenía que mantenerse concentrada en lo que había venido a hacer. Si había algo que había aprendido durante su tiempo fuera, era que el trabajo duro, la disciplina y la perseverancia siempre daban frutos. Y si bien el pasado la perseguía, su futuro estaba en sus manos. Tenía que ser fuerte, mantenerse enfocada, porque ya no había vuelta atrás.

Al llegar la hora, Ana se levantó de su escritorio y comenzó a caminar hacia la sala de juntas. Sus pasos resonaban de forma firme y decidida, pero por dentro sentía que su cuerpo se tensaba con cada centímetro que se acercaba. Sabía que en unos momentos estaría frente a Lucas nuevamente, y nada en su vida, ni el éxito ni el dinero, podía prepararla para ese momento. No había forma de anticipar cómo sería ver a ese hombre otra vez, después de todo lo que habían vivido juntos.

Finalmente, llegó a la puerta de la sala de juntas. Tomó una respiración profunda antes de entrar, y con la mano temblorosa, tocó ligeramente el pomo de la puerta. Al abrirla, la sala de juntas se presentó ante ella, con grandes ventanales y una mesa de conferencias de madera pulida. Lucas Ortega estaba sentado en la cabecera, rodeado de varios miembros de su equipo. Todos se callaron cuando Ana entró, y fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los de él.

El tiempo pareció detenerse por un instante. Aunque se veía más maduro, más seguro, con el mismo aire imponente de siempre, Lucas no cambió. Y aunque parecía como si nunca se hubiera ido, Ana sabía que nada sería igual entre ellos.

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