Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela Mi ex me dejo, su hermano me reclamo

Mi ex me dejo, su hermano me reclamo

Isabella Donovan queda devastada cuando Diego la rechaza por su apariencia. Buscando consuelo, revela sus inseguridades a Gabriel Blackwood, el estricto hermano de su ex y allegado de su padre. Ambos inician un acuerdo clandestino para que ella explore su sensualidad, naciendo así un romance prohibido. La estabilidad de este lazo se verá amenazada cuando Diego intente recuperarla y una mujer del pasado de Gabriel regrese, desatando un conflicto de lealtades.
Capítulos
Compartir

Capítulo 1

El cristal de la ventana del departamento de Diego estaba empañado por la lluvia persistente de Londres, creando una barrera borrosa entre el mundo exterior y el caos que acababa de estallar en el interior. Isabella Donovan se quedó de pie en el centro de la sala, sintiendo que el aire se volvía denso, casi sólido, dificultándole la tarea de respirar. A sus pies, una maleta medio abierta revelaba lencería de encaje rojo que había comprado esa misma tarde, un intento desesperado y, ahora lo sabía, patético, de reavivar una llama que él ya había extinguido en secreto.

—No me mires así, Isabella —dijo Diego, pasándose una mano por el cabello rubio, el mismo que ella solía acariciar hasta quedarse dormida—. No es que no te quiera. Es que… simplemente ya no funciona.

—¿"Ya no funciona"? —La voz de Isabella salió como un susurro roto—. Estuvimos planeando nuestras vacaciones hace apenas dos días, Diego. Me dijiste que me amabas.

Diego soltó un suspiro de frustración, ese sonido que Isabella había aprendido a temer porque siempre precedía a una crítica disfrazada de consejo. Él se acercó a la mesa, evitando encontrarse con los ojos castaños de ella, que ahora brillaban por las lágrimas contenidas.

—Mira, seré honesto porque te mereces la verdad —soltó él, y el veneno en sus palabras fue más letal que cualquier grito—. Te has descuidado, Bella. Mucho. Intento sentir ese deseo de antes, pero cuando te veo… cuando veo cómo llenas la ropa, cómo te mueves… me cuesta. Me siento asfixiado. Necesito a alguien que se cuide, alguien que sea más… ligera.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Isabella sintió como si le hubieran propinado un golpe físico en el estómago. "Ligera". Una palabra tan pequeña para cargar con tanto odio. Ella siempre había sido una mujer de curvas generosas, de caderas anchas y busto firme, algo que Diego solía jurar que adoraba. Pero ahora, bajo la luz fría de la sala, esas mismas curvas se sentían como una condena.

—¿Me estás dejando porque estoy gorda? —preguntó ella, con una claridad que la sorprendió incluso a sí misma.

Diego no respondió de inmediato, lo cual fue la respuesta más dolorosa de todas.

—He empezado a ver a alguien, Isabella. Alguien del gimnasio. Ella es… diferente. Me hace sentir que no tengo que esforzarme tanto por encontrar la chispa.

Isabella no escuchó el resto. No necesitaba hacerlo. El zumbido en sus oídos ahogó las excusas baratas de Diego mientras ella recogía mecánicamente su bolso. No cerró la maleta; simplemente dejó atrás la lencería roja y los sueños de un futuro que nunca existió. Salió del departamento sin mirar atrás, con el eco de la palabra "ligera" rebotando en las paredes de su cráneo como un mantra de tortura.

Caminó durante lo que parecieron horas bajo la lluvia fina. Su abrigo de lana se sentía pesado, empapado, pero no tanto como el peso que cargaba en el pecho. Isabella siempre se había considerado una mujer fuerte, orgullosa de su cuerpo a pesar de los estándares impuestos, pero el rechazo de la persona que debía amarla incondicionalmente había perforado su armadura.

"Nadie te desea", susurró una voz cruel en su mente. "Si el hombre que dormía contigo no podía encontrarte atractiva, ¿quién lo hará?".

Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la fachada de madera oscura y luces tenues de "The Obsidian", un bar de estilo clásico, frecuentado por académicos y gente que buscaba discreción. Era el lugar favorito de su tío menor y de su padre, Berto, cuando querían escapar del bullicio. Pero esa noche, Isabella solo buscaba un lugar donde el alcohol pudiera anestesiar el ardor de su insuficiencia.

Entró y el calor del local la golpeó de inmediato, junto con el aroma a roble y tabaco caro. Se dirigió directamente a la barra, ignorando las miradas de algunos clientes que notaron su aspecto desaliñado y su cabello oscuro pegado a las mejillas por el agua.

—Un whisky doble. Sin hielo —le dijo al barman con voz ronca.

Bebió el primero de un trago, sintiendo cómo el líquido quemaba su garganta y encendía un fuego artificial en su estómago. Pidió el segundo. Y el tercero. Con cada vaso, la imagen de Diego y su nueva "amiga ligera" se volvía más borrosa, pero el dolor subyacente seguía ahí, transformándose en una mezcla peligrosa de autocompasión y furia.

—No deberías beber tan rápido, Isabella. El whisky es para paladearlo, no para usarlo como combustible de incendio.

Esa voz. Era profunda, aterciopelada y poseía una autoridad natural que hizo que los vellos de la nuca de Isabella se erizaran. No necesitaba girarse para saber quién era. Solo había un hombre en su círculo cercano que hablaba con esa cadencia pausada, como si cada palabra fuera una lección de vida.

Gabriel Blackwood.

El hermano mayor de Diego. El hombre que su padre consideraba un hermano. El profesor de filosofía que siempre parecía observar el mundo desde un pedestal de conocimiento y autocontrol.

Isabella giró lentamente en el taburete, sintiendo que el mundo daba un pequeño vuelco debido al alcohol. Allí estaba él, impecable en un traje gris marengo, con la corbata ligeramente aflojada y esos ojos azules gélidos que parecían ver a través de todas sus capas. Gabriel no se veía sorprendido de verla allí, pero había una tensión en su mandíbula que sugería que no estaba precisamente encantado con el estado en el que se encontraba la hija de su mejor amigo.

—Gabriel —arrastró ella las palabras, esbozando una sonrisa amarga—. Qué sorpresa. ¿Vienes a darme una clase de ética sobre el consumo de alcohol en solitario?

Gabriel se sentó en el taburete contiguo, manteniendo una distancia respetuosa pero cargada de una presencia abrumadora. Hizo una seña al barman para que no le sirviera más a ella y pidió un agua mineral para él.

—Vengo de ver a mi hermano —dijo Gabriel en voz baja, y sus ojos se suavizaron apenas un milímetro al notar el rastro de rímel corrido en las mejillas de Isabella—. Me encontré con él saliendo del edificio. Me contó… su versión.

Isabella soltó una carcajada seca que sonó más como un sollozo.

—¿Su versión? ¿Te dijo que soy demasiado grande para su cama? ¿Que prefiere a alguien que no tenga que esforzarse por mirar? Porque eso fue lo que dijo. Me dejó por gorda, Gabriel. Por no ser "ligera".

Gabriel apretó el vaso de agua con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. La rabia que sintió hacia su hermano menor fue repentina y visceral, algo que no encajaba con su naturaleza analítica. Había observado a Isabella crecer desde que era una adolescente, siempre admirando en secreto la calidez que desprendía y la confianza con la que llevaba su cuerpo. Escuchar que Diego había destrozado esa confianza de una manera tan vil le provocó un rechazo profundo.

—Diego es un idiota, Isabella. Siempre lo ha sido —sentenció Gabriel—. Pero tú no deberías estar aquí destruyéndote por las palabras de un hombre que no tiene la capacidad intelectual ni emocional de apreciar lo que tiene enfrente.

Isabella se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal. El aroma de Gabriel, una mezcla de sándalo y lluvia, la envolvió, nublando aún más su juicio.

—No es solo eso, Gabriel —confesó ella, y su voz se quebró, revelando la herida más profunda—. Él tiene razón en algo. No sé cómo ser deseada. Me dijo que nadie querría estar con alguien como yo. Y lo peor… lo peor es que tiene razón. Ni siquiera sé cómo funciona mi propio cuerpo. Nunca he tenido un orgasmo, Gabriel. Ni uno solo. He fingido cada vez para que él no se sintiera mal, y al final, el problema soy yo. Soy un desierto donde nada crece.

Gabriel se quedó petrificado. La confesión era demasiado íntima, demasiado cruda para el entorno en el que se encontraban. Pero mientras miraba los labios temblorosos de Isabella y la desesperación en sus ojos, algo cambió en la estructura de su pensamiento. El profesor, el amigo, el hombre… todos esos roles chocaron entre sí.

—No eres un desierto, Isabella —dijo él, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente íntima—. Eres un libro que nadie se ha tomado el tiempo de leer correctamente.

Isabella lo miró fijamente, desafiándolo con la mirada empañada por el alcohol.

—Entonces enséñame, profesor. Si eres tan sabio y tan buen amigo de mi padre, enséñame lo que Diego no pudo. Enséñame a no odiar mi cuerpo. Enséñame a sentir algo que no sea este vacío.

Gabriel sabía que debía levantarse, llevarla a casa de su padre y olvidarse de esa conversación. Pero la imagen de Isabella, con sus curvas bajo la ropa húmeda y esa mirada de súplica herida, encendió algo en él que la filosofía no podía explicar.

—¿Eres consciente de lo que estás pidiendo? —preguntó Gabriel, su voz era ahora un susurro cargado de una advertencia que ella, en su estado, decidió ignorar.

—Pido una lección —respondió ella—. Y tú siempre dices que el conocimiento es poder.

Gabriel cerró los ojos por un segundo, sabiendo que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno. El mejor amigo de Berto, el hermano de su ex… todas esas etiquetas se desvanecieron ante la posibilidad de ser él quien reclamara el territorio que su hermano había despreciado.

—Está bien, Isabella —dijo él, volviéndose hacia ella con una determinación gélida—. Te enseñaré. Pero bajo mis reglas. Nadie puede saberlo. Ni Diego, ni mucho menos tu padre. Serás mi alumna en el sentido más estricto y carnal de la palabra. Paso a paso. Centímetro a centímetro.

Isabella sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío exterior. El trato estaba sellado en la penumbra del bar, y con él, el inicio de una caída hacia un placer prohibido que ninguno de los dos estaba preparado para gestionar.

También te puede gustar

Portada de la novela Cada Vez Más Enamorado
8.9
Bella conoció a Charles siendo una joven inocente que, sin poseer nada, le entregó su corazón. Sin embargo, su valiente declaración de amor terminó en una amarga separación debido a un grave malentendido. Aunque ella soportó el dolor por mantenerse cerca, la decepción acabó agotando sus fuerzas. Ahora, mientras Bella intenta recuperar su libertad y alejarse de ese pasado, Charles se resiste con firmeza y se niega a permitir que ella se marche de su vida.
Portada de la novela CITA
9.5
CITA
Con veintiún años y un título de ingeniera, Luisa Jones siente que la madurez aún le queda grande. Su habitual falta de destreza se manifiesta cuando debe correr frenéticamente por el aeropuerto de Río de Janeiro para no extraviar el vuelo hacia el hogar de su padre. Entre el caos y el recuerdo de un salto en paracaídas que la marcó, la joven lucha contra el reloj. Tras una tensa carrera, logra embarcar, marcando así el accidentado inicio de su vida adulta.
Portada de la novela El Precio de La Muerte Fingida
8.9
La tragedia golpea a una joven el día de su boda tras la supuesta muerte de Javier, su prometido. Mientras espera un hijo y busca consuelo en Marcos, el gemelo del difunto, una verdad cruel sale a la luz: Javier simuló su deceso para huir con su amante y el apoyo de su madre. Destrozada por la traición, ella decide endurecerse. Con el respaldo de su hermano Mateo, orquestará su propia desaparición para ejecutar una fría venganza contra quienes la engañaron.
Portada de la novela Kill or Die
8.3
La famosa escritora Alessia decide dar un giro drástico a su carrera tras romper con León, su pareja de una década. Al revelar su identidad y escribir una oscura novela de fantasía donde su exnovio es el villano, la ficción se vuelve realidad de forma inexplicable. Atrapada dentro de su propio libro, ahora ocupa el rol de una simple extra. En un entorno hostil donde el destino de cada personaje es perecer, ella debe luchar por sobrevivir a su propia creación.
Portada de la novela La huida de la chica de la jaula dorada
9.5
Ayla, tratada como un capricho por el poderoso Andrés Montero, anhela libertad tras descubrir su amor por Esperanza. Aunque sus metas eran ser científica y casarse con el noble Carlos, Andrés arruina su futuro. Tras sabotear a su pareja y usar a su madre para degradarla, el magnate la obliga a un matrimonio bajo coacción. Entre humillaciones públicas y el sufrimiento de Carlos, Ayla vive una posesión agobiante. Ya no solo busca huir; ahora planea un final definitivo.
Portada de la novela Las Coldwell (Entrenando amantes, cazando infieles)
8.0
Vanessa es la más pequeña de las Coldwell, se verá obligada a seguir el camino para el que fue educada, su familia no es una familia cualquiera, en su mayoría son mujeres, solo pertenece a ella un hombre, el hermano de Vanessa, Darius. Las mujeres de la familia Coldwell son entrenadas para ser excelentes amantes, y poder así enloquecer a los hombres, hombres que son elegidos cuidadosamente debido a diferentes razones, a las chicas les son entregadas diferentes misiones, pronto será el debut de Vane, su primer objetivo es alguien muy importante, un poderoso empresario, Dante Damasco, un atractivo hombre que pertenece a una familia de mafiosos italianos, radicados en Estados Unidos, ella tendrá que conquistarlo, enloquecerlo de amor y luego botarlo, así él pagará por todo lo que ha hecho en el pasado, ¿Podrá Vane lograrlo? Su prueba más fuerte será no enamorarse, y menos debe hacerlo en su primer trabajo, en está historia se tejerán una serie de intrigas en torno a ellos, nuestros protagonistas se verán inmersos en romanticismo, amor, odio, y mucha pasión, que no solo los involucraran a ellos, también a los otros integrantes de las familias Coldwell, y Damasco.