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Portada de la novela Mi ex esposa multimillonaria

Mi ex esposa multimillonaria

Después de un lustro atrapada en un matrimonio sin afecto con el magnate Lucien Albrecht, Ariadne elige recuperar su libertad. Tras solicitar el divorcio en pleno aniversario, deja atrás su rol de esposa sumisa para revelar su origen secreto: ella es Alexandra Grey, la influyente heredera de Grey Enterprise. Mientras lucha por el dominio de su corporación, Lucien intenta reconquistarla, pero Alexandra solo busca consolidar su poder y autonomía.
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Capítulo 2

"Los documentos serán traídos a la residencia, así que, divorciémonos", finalizó.

"¿Eh?".

Ariadne lo miró, atónita. Sentía que el tiempo se había detenido mientras su cerebro luchaba por procesar las palabras de su esposo.

«¿Divorciarnos? ¿Cuánto ha bebido como para decir semejante tontería?», pensó la mujer, intentando ignorar las palabras de Lucien.

"Estás ebrio y agotado ahora. ¿Por qué no te llevo a descansar? Podemos hablar de esto en la mañana", negoció mientras forzaba una sonrisa.

Estaba a punto de continuar con su idea de llevarlo a recostarse cuando él le agarró el brazo con firmeza. Casi jadeó de sorpresa, pero logró ahogar el sonido. Se impresionó cuando levantó la mirada y lo vio tan cerca de ella.

Sus ojos eran azules como el mar, y reflejaban una inequívoca mirada de desconfianza y desprecio. Esto la desanimó aún más.

"Te lo diré una vez más: Te enviaré los papeles del divorcio. No hagas un alboroto y limítate a firmarlos", advirtió Lucien.

Ella sintió cómo su corazón se rompía. Sus ojos grises se posaron en los del hombre.

No cabía duda que su esposo estaba muy seguro de sus palabras.

¡Y pensó que lo hacía por estar alcoholizado! Ja, esa sólo sería una historia que se contaría a sí misma para consolarse. No obstante, sabía que esa historia ya no sería suficiente en el momento en que se percató de su mirada desdeñosa y el tono en que la hablaba. Parecía lanzarle puñales con los ojos

En todos sus años de matrimonio, nunca la había tratado bien.

En sus ojos, no era más que una esposa contratada. Y no era de su interés.

Sin embargo, ¿por qué se aferraba a ese matrimonio que sólo le había causado tristeza y dolor?

Pues la respuesta solamente era clara para ella.

"No", rechazó alto y claro. Endureció su mirada al enfrentarse a Lucien, lo que hizo que éste frunciera el ceño. Pero la confusión no tardó ser reemplazada por una expresión furiosa.

"¿Crees que te lo estoy preguntando? No seas t*nta, Ariadne. Siempre quedó claro que nuestro matrimonio era meramente contractual", se burló.

Al escuchar la hostil verdad, ella sintió una puntada en el pecho.

Claro, para él no era nada más que un negocio que no involucraba sentimientos.

Pero para ella, su matrimonio era su vida entera. Su pasado, su presente, y su futuro. Era su todo.

O todo eso era lo que intentaba convencerse.

Ejerciendo fuerza sobre su agarre, Lucien se acercó, clavándole su gélida mirada como nunca antes.

"Despierta Ariadne, percátate de la realidad", pronunció en tono condescendiente. "Nunca te amé, y este matrimonio no es más que una molestia. Estoy cansado de todo y ya es hora de ponerle fin a las cosas".

Eso fue como otra daga en su corazón. Sus palabras parecían afiladas agujas golpeándola una y otra vez.

Incluso para ella, que había soportado tanto resentimiento y humillación durante esos cinco años, era doloroso. Escucharlo decir eso la dejó devastada.

Y en el fondo, en su corazón, sabían la razón de la repentina decisión de Lucien. Tomando valor, preguntó con un suspiro:

"Es por ella, ¿verdad?". Cuándo dijo eso, la tristeza se reveló en su rostro hermoso, eliminando cualquier rastro de felicidad.

Ignorándola, él se zafó de su agarre y  volvió por donde entró. Sin siquiera molestarse en echarle un vistazo a la cena de aniversario que había preparado, cerró la puerta con fuerza, evidenciando su descontento.

Encendió el vehículo y el sonido del motor se desvaneció en la distancia. Mientras, Ariadne seguía parada en el mismo lugar, destrozada por el giro de los acontecimientos.

Pero parpadeó con rapidez y respiró hondo, negándose a dejar que sus lágrimas se escaparan de sus ojos.

«¿Cómo puedo tener tanta mala suerte?», pensó mientras miraba la mesa con la cena preparada. Una dolorosa risa apareció en sus labios y se dio cuenta de que todo lo que se había esforzado durante el día resultó ser una tontería, como lo mismo de siempre.

En ese momento, estaba empezando a arrepentirse de haber decidido abandonar su vida por su amor a Lucien.

"Ah.", suspiró. Se levantó el dedo índice para limpiar la única lágrima que se le había escapado. "Dem*nios", susurró.

Esa noche, Ariadne durmió más tarde que de costumbre, esperando que tal vez, él regresara. Siguió así durante un par de horas hasta que se quedó dormida en el sofá.

A la mañana siguiente, cuando despertó, tenía un terrible dolor de cabeza. Claro, era porque había estado llorando durante toda la noche y luego se quedó dormida en el sillón sin ninguna manta que la abrigara.

Se paró y fue al baño, lista para empezar su rutina, hasta que se miró en el espejo e hizo una mueca ante su reflejo.

Se veía horrible.

Ariadne era preciosa. Su exuberante pelo castaño siempre iba recogido en una cola de caballo. Sus ojos grises, sus perfectos labios rosados, y su piel bronceada, la hacían asemejarse a una muñeca. Incluso hasta ese momento, siempre recibía atención masculina.

Sin embargo, era sorprendente que su belleza pareciera no tener efecto sobre su propio esposo. El hombre siempre había sido frío con ella, sin importar la situación.

¡E incluso le estaba pidiendo el divorcio!

¿Cómo podía acabar así? Su sonoro suspiro se vio ahogado por el timbre. 

Se apresuró a bajar las escaleras e ir hacia la puerta principal. Cuando la abrió, vio a un hombre extraño al que reconoció de inmediato: Era Joshua, el abogado representante de Lucien.

"Buenos días, señora Albrecht", saludó.

"Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?", preguntó al mirarlo cautelosa, al estar consciente de sus intenciones.

"Vengo en representación del señor Albrecht, a traerle algunos documentos. Considero que sería mejor discutirlo dentro", anunció.

Ella se volteó a mirar el interior, un poco escéptica. De todos modos, terminó cediendo: "Claro, adelante", lo invitó dando un paso atrás. Le dio suficiente espacio como para que pasara.

Ya sentados en la sala de estar, le ofreció: "¿Quiere tomar algo?".

"Esto no tomará mucho tiempo, así que tendré que rechazarla. Gracias, de todos modos".

Asintiendo, Ariadne le señaló los papeles, consciente del inminente desenlace.

"Estos son.", empezó el abogado, haciendo una pausa mientras sacaba más papeles para que ella los viera. Y cuando la mujer morena leyó el encabezado de la nota, su corazón latía a gran velocidad. "Son los papeles de divorcio que el Sr. Albrecht solicitó que firme".

"En él se establecen que una vez firmados, el quince por ciento de sus propiedades se le transferirán a usted. Y como bonificación, le entregamos una tarjeta que contiene cincuenta millones de dólares".

Pero la exuberante compensación no le interesaba para nada. Lo único que sentía era amargura e ironía mientras escuchaba las palabras de Joshua.  

¿Dinero? ¿Propiedades? ¿Acaso Lucien pensaba que eso era lo único que le interesaba de su matrimonio?

¿Sabía cuántas cosas había dejado de lado para convertirse en su esposa?

"Señora Albrecht, señora Albrecht, ¿me oye?", la voz del hombre la hizo volver en sí.

Parpadeó dos veces antes de preguntar: "¿Él realmente quiere el divorcio?", quiso verificar, mirándolo con profunda tristeza.

"Así es, señora", le respondió el abogado, agachando un poco la cabeza. Acto seguido, le pasó los documentos y un bolígrafo: "El Señor Albrecht solicita que los firme de inmediato".

Cuando leyó el título: «Acuerdo de Divorcio», le dolió aún más el corazón.

Esas frías palabras flotando en el encabezado parecían estar burlándose de lo ingenua que fue durante tantos años.

Eso era todo lo que le quedó luego de cinco años de matrimonio, y de devoción a un hombre que no correspondía sus sentimientos.

¿Por qué era tan austero? Ni siquiera se molestó en volver a verla o ir a hablar de las cosas.

Obligándose a contener las lágrimas, se levantó de forma repentina y se fue de la casa.

«¿Divorcio? ¡Qué broma!», se burló. Ariadne se negaba a firmarlo.

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