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Portada de la novela Mi Esposo y Su Nueva Novia

Mi Esposo y Su Nueva Novia

Una noche de celebración se convirtió en el fin de mi matrimonio tras ver a Carlos con Sofía, su antigua pareja, en la pantalla de un festival. Ante la burla pública de una canción que me señalaba como la tercera en discordia, decidí enfrentar la traición. Subí al escenario y, ante una multitud atónita, pedí el divorcio para romper con años de mentiras. Con la frente en alto, dejé atrás mi vida con él para rescatar mi orgullo y comenzar de nuevo.
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Capítulo 2

El aire del festival de música regional mexicana estaba cargado del olor a elotes asados y cerveza, una mezcla que siempre me había gustado. Pero esa noche, mientras estaba sola entre la multitud, solo sentía un vacío en el estómago.

Carlos, mi esposo, me había dicho que tenía una junta urgente de última hora, una de esas que no podía cancelar.

"Lo siento, mi amor, de verdad quería ir contigo", me escribió en un mensaje de texto hacía unas horas. "Diviértete por los dos".

Así que aquí estaba, intentando divertirme por los dos, pero la música vibrante y los gritos de la gente solo hacían que mi soledad se sintiera más grande. La gente a mi alrededor cantaba, bailaba en parejas, se abrazaban. Yo solo sostenía mi vaso de cerveza a medio tomar, sintiéndome como una extraña.

De repente, las luces del escenario se atenuaron y las enormes pantallas a los lados se encendieron, mostrando a la multitud. Era uno de esos momentos en los que la cámara busca parejas para la "kiss cam". La gente vitoreaba cada vez que una pareja aparecía y se besaba.

Sonreí un poco, era un momento cursi pero divertido.

Entonces, la cámara se detuvo.

Mi sonrisa se congeló en mi cara.

En la pantalla, con una claridad que me heló la sangre, estaba Carlos.

No estaba en ninguna junta, no llevaba traje ni corbata. Llevaba una camisa vaquera, la misma que yo le había regalado, y rodeaba con el brazo a una mujer.

No era cualquier mujer.

Era Sofía, su exnovia de la universidad. La misma de la que juraba no saber nada desde hacía años.

Ella se acurrucó contra él, riendo, y le susurró algo al oído. Él le sonrió de una manera que yo no había visto en mucho tiempo, una sonrisa genuina y despreocupada.

Sentí que el aire me faltaba. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que lo oía en mis oídos, tapando la música del festival.

El presentador en el escenario gritó: "¡Parece que tenemos a una pareja muy enamorada aquí! Y me dicen que la señorita quiere dedicar una canción".

Las cámaras seguían enfocando a Carlos y a Sofía. Ella tomó un micrófono que alguien le pasó y miró directamente a la cámara, como si supiera que yo estaba viendo.

"Esta canción es para ti, mi amor", dijo con una voz dulce y empalagosa, mirando a Carlos. "Por nuestro nuevo comienzo".

La banda empezó a tocar una canción de despecho muy famosa, una de esas que hablan de cómo una mujer recupera al hombre que le pertenece de las manos de otra. La letra era como una bofetada directa a mi cara. Cada palabra hablaba de una "intrusa", de un "amor verdadero que nunca murió".

Sofía cantaba mirando a Carlos, y él la miraba a ella como si fuera la única persona en el mundo. El público aplaudía, sin saber que estaban celebrando mi humillación pública.

Las lágrimas me quemaban los ojos, pero me negué a dejarlas salir. La traición era tan profunda, tan descarada, que el dolor se convirtió en una rabia fría y dura.

Cuando la canción terminó, el presentador, emocionado, buscó a alguien más para una dedicatoria. Impulsada por una fuerza que no sabía que tenía, levanté la mano. Un miembro del staff me vio y corrió hacia mí con un micrófono.

Mi mano temblaba, pero mi voz salió firme.

"Yo también quiero dedicar una canción".

El presentador sonrió. "¿Y para quién es, bonita?".

Miré directamente a la pantalla gigante, donde la cámara ahora me enfocaba a mí. Busqué la mirada de Carlos, que ahora me veía con una expresión de pánico total. Sofía a su lado parecía confundida, luego su rostro se llenó de un desagrado arrogante.

"Es para mi esposo", dije, mi voz resonando en todo el recinto. "Carlos".

Hice una pausa, saboreando el silencio repentino de la gente a mi alrededor.

"Quiero dedicarle 'Adiós, Amor'", anuncié, nombrando una famosa canción sobre una ruptura definitiva. "Y para que lo sepas públicamente, porque parece que te gustan las cosas públicas... quiero el divorcio".

Solté el micrófono en las manos del sorprendido empleado y me di la vuelta, abriéndome paso entre la multitud atónita. No miré hacia atrás.

Mi celular empezó a vibrar sin parar en mi bolsa. Sabía que era él. No contesté.

Mientras caminaba hacia la salida, con el sonido de mi corazón roto resonando en mis oídos, recordé una conversación de hacía un par de semanas. Carlos había sugerido que nos "diéramos un tiempo". Dijo que era por el estrés del trabajo, por la presión de la enfermedad de mi hermano Pedro.

En ese momento, me sentí confundida y herida.

Ahora, todo tenía un sentido horrible y claro. No era por el estrés. No era por mí.

Era por ella. Siempre había sido por ella.

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