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Portada de la novela Mi Esposo Paralitico

Mi Esposo Paralitico

Con el fin de salvar a su abuela, Zoé Rivers firma un contrato matrimonial con Eduard Lane, un millonario que vive recluido tras perder la vista y la movilidad. Eduard es un hombre hostil y amargado que evita todo contacto emocional, pero el acuerdo les impone concebir un heredero en un plazo de dos años. Ante este desafío, Zoé se propone sanar el corazón de su esposo y superar sus miedos, mientras lucha contra el tiempo y los oscuros traumas que lo acechan.
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Capítulo 3

Saliendo del cuarto de baño, Zoé estaba visiblemente intranquila. Caminaba en círculos por la habitación, lanzando miradas frecuentes hacia la puerta del baño, como si temiera que algo pudiera pasarle a su marido.

"¿Y si se resbala? ¿Y si se golpea la cabeza? ¿Y si... se muere?"

La última palabra la estremeció.

No quería pensarlo, pero no podía evitarlo. Todos hablaban de la "maldición" de Eduard Lane, y aunque ella no creía en esas cosas, la idea de que él muriera justo después de casarse con ella le parecía injusta... y aterradora.

"Recién me casé... no quiero perder a mi marido tan pronto."

Su celular vibró, interrumpiendo sus pensamientos.

Era un mensaje de video de su mejor amiga, Laura Clean. El título decía: "Material de aprendizaje."

Zoé parpadeó. "¿Material de aprendizaje? ¿En este momento? ¿No falta mucho para el examen de fin de año?"

Curiosa, presionó el botón de reproducción... y fue entonces que la tragedia ocurrió.

El sonido que emergió del teléfono no fue el de un tutorial educativo. Fue una escena indecente, explícita, con voces demasiado intensas para ser ignoradas. Una mujer jadeaba de forma exagerada y un hombre gruñía con fuerza.

-¡AH! Más fuerte... más...

Zoé se quedó paralizada, el rostro completamente rojo.

-¡Ahh! ¡¿Qué es esto?! -soltó un grito ahogado, intentando cerrar la aplicación.

Pero justo en ese momento, su teléfono de imitación, viejo y caprichoso, decidió funcionar con la rapidez de una tortuga moribunda. Los botones no respondían. La pantalla se congeló.

Y fue entonces cuando escuchó el clic de la puerta.

La puerta del baño se abrió lentamente y Eduard emergió, aún con gotas de agua deslizándose por su piel, cubierto solo por una bata de baño. Se detuvo de golpe al oír los sonidos indecentes.

Sus ojos, se oscurecieron.

-¿Qué estás haciendo? -preguntó con voz gélida.

Zoé entró en pánico. Los ojos se le agrandaron de la sorpresa, y en su desesperación, casi lanza el teléfono al suelo. En vez de eso, hizo lo primero que se le ocurrió: lo metió debajo de la cobija y se sentó encima de ella, apretando los labios con fuerza.

Pero el video aún sonaba, aunque más bajo.

"¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡No te detengas...!"

Zoé deseó desaparecer.

-Tú... -comenzó Eduard, frunciendo el ceño.

-¡Yo...! -interrumpió ella rápidamente- Estoy viendo un video de masaje.

Eduard arqueó lentamente una ceja. Su ceño estaba profundamente fruncido. Se acercó un poco, y su expresión era indescriptible.

-¿Un video de masaje?

-¡Sí! -respondió ella, tan torpemente como podía. Se inclinó sobre la cobija, presionándola como si pudiera ahogar los gemidos con su peso corporal. Su frente estaba perlada de sudor.

Eduard se cruzó de brazos, completamente escéptico.

-Entonces explícame... -dijo con lentitud y tono irónico- ¿Por qué ese masaje suena como si alguien estuviera siendo exorcizado?

-¡Es una técnica nueva! -dijo ella, sin pensar- ¡Es para relajar los músculos... de forma profunda! ¡Muy profunda!

Por un momento, el silencio llenó la habitación.

Eduard se quedó mudo.

"¿De verdad cree que además de ciego, soy idiota?"

El silencio se apoderó de la habitación. Solo se escuchaban, aunque apagadas, las sugerentes voces que aún escapaban de la cobija donde Zoé había escondido el teléfono. Ella, envuelta apenas en su bata de noche, mantenía una posición ridículamente incómoda mientras presionaba con todas sus fuerzas el bulto traicionero bajo la manta.

La tenue luz amarilla de la lámpara de cerámica iluminaba su piel pálida y fina, resaltando su incomodidad y, al mismo tiempo, provocando algo indefinido en el pecho de Eduard.

Su respiración se volvió más pesada. Aunque sus ojos apagados no podían ver, sus otros sentidos estaban completamente despiertos.

Zoé, empapada en sudor, se preguntaba cómo algo tan tonto como sujetar una cobija podía ser tan agotador. Para su fortuna, el tormentoso video terminó segundos después.

Respiró aliviada, secó su frente con el dorso de la mano y rescató el teléfono, ahora cálido por el encierro. Eduard se sentó a su lado en la cama, una leve sonrisa curvando sus labios.

-¿Terminó el masaje? -preguntó con ironía.

-Mhm... sí, ya terminó -respondió ella, esbozando una sonrisa forzada.

Sin saber cómo reaccionar, y queriendo desaparecer del planeta, Zoé eliminó el video con rapidez. Acto seguido, le escribió furiosa a su amiga:

Zoé: ¡Me vas a meter en un lío enorme!

Laura: ¡Qué desagradecida! ¡Así pagas mi generosidad!

Zoé: ¿¡Generosidad!? ¿¡Me explicas en qué universo crees que ese video me iba a servir!?

Laura: Tú dijiste que no sabías cómo afrontar la noche de bodas... Y yo, tu noble amiga, te mandé una guía ilustrativa.

Zoé: ¡En el video gritaban como si estuvieran exorcizando demonios! ¡Y él salió justo cuando la mujer empezó a hacer ruidos que no se pueden explicar!

Laura: Jajajaja. ¿Pero no dijiste que tu marido es ciego? ¿Cuál es el problema entonces?

Zoé: ¡No es sordo, Laura! ¡¡Y mi teléfono se congeló!! ¡No podía parar el video! ¡Fue una pesadilla!

Laura: Zoé, en serio... me haces reír tanto que estoy llorando. Eres un caso perdido, amiga.

Zoé: ¡Vete al infierno!

Laura: Está bien, está bien. No los molesto más. ¡Disfruta tu noche! Y si aplicas lo que viste, ¡hazlo con entusiasmo! ¡Tu guapo y ciego esposo se lo merece!

Zoé rodó los ojos con desesperación. Eduard, aunque en silencio, había escuchado cada notificación y leído cada línea reflejada en la pantalla. Ella ni siquiera se había molestado en ocultar el móvil, pensando que él no vería nada.

"¿Guapo y ciego esposo...? Qué forma tan desagradable de referirse a alguien."

Frunció el ceño.

Entonces, Zoé suspiró, dejó el teléfono a un lado y lo miró con decisión.

-Vamos a empezar -dijo, con voz queda.

Eduard alzó la cabeza. Ella tenía los puños apretados a cada lado del cuerpo, los labios fruncidos y la determinación brillando en sus ojos.

No habían pasado ni veinticuatro horas desde que se conocieron. Ella sabía que él no le tenía afecto, que incluso probablemente la veía como un estorbo.

Pero, aun así...

Eduard extendió una mano y la rodeó por la cintura, atrayéndola con suavidad.

-¿Segura? ¿Sin arrepentimientos?

Zoé asintió, sonrojada.

-Eres mi esposo. No tengo razones para arrepentirme.

Eduard la miró fijamente, algo cálido brotó desde lo más profundo de ellos. Una chispa. Un pequeño reflejo de ternura que nadie jamás había provocado.

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