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Portada de la novela Mi Dulce Venganza

Mi Dulce Venganza

Tras cinco años de relación, Sofía está a punto de casarse con Ricardo, pero una semana antes del enlace descubre la peor de las traiciones. Unos mensajes en el celular de su prometido exponen un complot con su amante, Carla: pretenden usarla solo por su dinero. Al comprender que su amor fue un fraude calculado, Sofía decide no cancelar la boda. En su lugar, planea una ejecución fría para desenmascararlos y humillarlos públicamente ante todos.
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Capítulo 3

Los días que siguieron fueron una obra de teatro. Me convertí en la mejor actriz del mundo, interpretando el papel de la novia feliz y emocionada a la perfección. Nadie notó el hielo que se había instalado en mi corazón, ni la tormenta que se gestaba detrás de mis sonrisas. Ricardo, ajeno a todo, seguía con su farsa de prometido devoto, llenándome de halagos y promesas vacías que ahora resonaban en mis oídos como insultos. Cada "te amo" era una daga, pero aprendí a devolverlos con una dulzura que lo mantenía confiado y ciego.

"¿Estás bien, Sofi? Te noto un poco distraída", me preguntó una tarde mientras revisábamos la lista de invitados.

"Solo son los nervios de la boda, mi amor", le respondí, acariciándole la mejilla con una mano que ardía en deseos de abofetearlo. "Quiero que todo sea perfecto".

"Y lo será", dijo él, besándome la frente. "Nuestro comienzo perfecto".

La ironía era tan espesa que casi podía saborearla. Mientras él hablaba de nuestro comienzo, yo planeaba meticulosamente su final. La rabia inicial había dado paso a una estrategia fría y calculada. Necesitaba más que solo mensajes de texto, necesitaba pruebas irrefutables, algo que no dejara lugar a dudas ni a excusas.

Compré un pequeño dispositivo de grabación, del tamaño de un botón, y una noche, mientras él dormía, lo cosí discretamente en el forro interior de su maletín de trabajo. Era un riesgo, pero uno que estaba dispuesta a correr. Le dije que quería regalarle un detalle personal, un pequeño bordado con nuestras iniciales, y él, conmovido por mi "romanticismo", ni siquiera lo cuestionó. A partir de ese día, cada reunión, cada llamada "de trabajo", cada encuentro secreto quedaba registrado.

Una tarde, fingí tener una migraña terrible y le pedí que fuera a una reunión importante sin mí. Era una cena con potenciales inversores, o eso me había dicho. Sabía, por un mensaje que había leído, que en realidad se encontraría con Carla en un hotel de lujo en las afueras de la ciudad. El plan de ellos era celebrar por adelantado su "éxito". Mi plan era diferente.

Contraté a un investigador privado, un hombre discreto y eficiente recomendado por un contacto de mi padre. Le di la dirección del hotel, la hora y una foto de Ricardo. Solo le pedí una cosa: fotos claras, sin importar lo que encontrara.

Esa noche, mientras esperaba sola en nuestro apartamento, el investigador me envió las imágenes a mi teléfono. La primera era de ellos llegando al hotel, riendo, tomados de la mano. La segunda era en el bar del lobby, besándose con una pasión descarada. La tercera, la que me rompió por completo y a la vez solidificó mi resolución, era de ellos entrando juntos en un ascensor, los brazos de Carla rodeando el cuello de Ricardo, sus miradas llenas de una complicidad que me revolvió las entrañas. Verlo me produjo una náusea profunda, un asco físico que superó cualquier resto de dolor. Era la confirmación visual de la traición, la prueba definitiva de que el hombre con el que iba a casarme era un completo extraño, un mentiroso y un ladrón. Ya no había vuelta atrás. La Sofía enamorada había muerto esa noche, y en su lugar había nacido una mujer que solo anhelaba justicia.

Mi decisión estaba tomada. La boda sería el escenario de mi venganza. Había invertido una fortuna en esa celebración, y no iba a desperdiciarla llorando en un rincón. Iba a usarla para exponerlos frente a todos nuestros amigos, nuestra familia y, lo más importante, frente al mundo empresarial que tanto valoraban. La humillación no sería privada, sería un espectáculo. ¡Que se arme la fiesta!, pensé con una sonrisa amarga.

Pero la venganza no podía ser solo emocional. Tenía que ser total. Al día siguiente, llamé a mi abogado. Le expliqué que necesitaba hacer algunos movimientos financieros "preventivos" antes del matrimonio. Usando un poder notarial que mi padre me había otorgado años atrás, comencé a reestructurar los activos de nuestra familia que estaban destinados a la fusión. Creé una nueva sociedad, a mi nombre únicamente, y transferí discretamente los fondos y las propiedades más valiosas. En papel, la empresa de mi familia parecía lista para la fusión, pero en realidad, la estaba vaciando por dentro, dejando solo una cáscara hueca para Ricardo y su padre. Era un movimiento arriesgado y complejo, pero la furia me daba una claridad mental que nunca antes había tenido. Ricardo no solo se quedaría sin novia, se quedaría sin el imperio con el que soñaba construir su vida con Carla.

En medio de todo este torbellino, mi madre, Elena, apareció en mi apartamento. Su visita no fue por preocupación maternal, sino por logística. Siempre había visto mi matrimonio con Ricardo como la culminación de un gran negocio, una alianza estratégica que aseguraría nuestro estatus social y económico por generaciones. Nuestra relación siempre fue tensa, más parecida a la de una jefa con su empleada que a la de una madre con su hija.

"Sofía, querida, espero que no estés dudando de nada", dijo, mientras inspeccionaba la sala con una mirada crítica. "La familia de Ricardo es muy importante, y esta boda nos posiciona en la cima. No es momento para nervios de novia".

"Estoy perfectamente, mamá", respondí con una calma que la descolocó. "Solo asegurándome de que todo salga según el plan".

"Bien. Porque un escándalo a estas alturas sería desastroso. Tu padre ha invertido mucho en esto, y yo también", dijo, su voz con un tono de advertencia. "Ricardo es un buen partido, no lo arruines".

La miré a los ojos, viendo en ella el reflejo de la misma ambición fría y utilitaria que había visto en los mensajes de Ricardo. Para ella, yo también era una herramienta, una pieza en su juego de ajedrez social. En ese momento, entendí que estaba completamente sola en esto, pero eso, en lugar de debilitarme, me fortaleció. No le debía lealtad a nadie más que a mí misma.

"No te preocupes, mamá", le dije, forzando una sonrisa. "No arruinaré nada. De hecho, me aseguraré de que todos reciban exactamente lo que se merecen". Ella asintió, satisfecha, sin captar el doble sentido de mis palabras. Se fue tan rápido como llegó, dejándome sola con mis planes, mi rabia y la certeza de que la caída de Ricardo sería espectacular.

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