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Portada de la novela Mi Dulce Traición

Mi Dulce Traición

Tras un feroz combate, el Comandante Alejandro queda ciego temporalmente. En su vulnerabilidad, descubre mensajes de voz donde su prometida, Sofía, confiesa un plan para atribuirle un embarazo falso junto a su amante, Ricardo. Al recuperar la vista en secreto, Alejandro mantiene su apariencia de invalidez para vigilar la traición. Antes de su misión en la frontera, decide desenmascararlos públicamente, asegurando que la ruina y la justicia caigan sobre ellos.
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Capítulo 3

Al día siguiente, el hospital militar estaba lleno de gente. El olor a antiséptico y el murmullo constante de las conversaciones llenaban el aire. Fui para una revisión de rutina de mis ojos, una formalidad antes de mi partida a la frontera. Mi asistente me guiaba a través de los pasillos concurridos.

Mientras esperábamos fuera del consultorio del oftalmólogo, escuché una voz familiar que me heló la sangre.

"¡Miren a quién tenemos aquí! Si es el gran Comandante Alejandro."

Era una voz joven, cargada de arrogancia y burla. Aunque no podía verlo, supe de inmediato quién era. Ricardo.

Giré mi cabeza en la dirección de la voz, mi rostro una máscara de neutralidad.

"Sofía, mi amor, ven a saludar a tu prometido" , continuó Ricardo, su tono era una provocación directa.

Escuché los pasos apresurados de Sofía.

"Ricardo, cállate" , siseó en voz baja, pero yo lo escuché perfectamente.

Luego, su voz cambió a una dulzura forzada.

"Alejandro, qué sorpresa encontrarte aquí. Vine a ver a una colega."

"Hola, Sofía" , respondí, mi voz plana.

Un grupo de soldados jóvenes que acompañaban a Ricardo soltaron risitas.

"Oye, Comandante, ¿no se siente raro que tu mujer pase tanto tiempo en el hospital? Digo, con tanto soldado joven y vigoroso por aquí" , dijo uno de ellos, y las risas aumentaron.

Sentí una oleada de humillación y rabia. Estaban disfrutando esto, mofándose de mí en mi cara, seguros de que mi ceguera me hacía sordo y estúpido.

Mi asistente, un joven soldado leal, dio un paso al frente.

"¡Muestren respeto por el Comandante!"

Ricardo se rió.

"Tranquilo, solo estamos bromeando. ¿Verdad, Sofía?"

No esperé su respuesta. Lo que vi, o más bien, lo que sentí, fue peor que cualquier palabra. Sofía, creyendo que yo no podía verla, se acercó a Ricardo y, con un gesto íntimo y tierno, le arregló el cuello de su uniforme. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero para mí fue una confesión pública. El mismo gesto que solía tener conmigo ahora se lo dedicaba a su amante, frente a mí.

"Tengo que ir a mi cita" , dije bruscamente, dando una señal a mi asistente para que me guiara.

Mientras mi asistente me llevaba a un área de revisión diferente, pasamos por una pequeña sala de espera. La puerta estaba entreabierta. Mi asistente se detuvo para hablar con una enfermera, y yo quedé parado justo al lado de la puerta.

Desde adentro, escuché susurros. La voz de Sofía y la de Ricardo.

"…ten cuidado, nos pueden ver" , decía ella.

"Relájate, el ciego no ve nada. Además, me encanta el peligro" , respondió él, seguido de una risa ahogada y el sonido inconfundible de un beso. Un beso largo y húmedo.

Mi estómago se revolvió. Era la confirmación auditiva, cruda y vulgar, de su traición. Estaban ahí, a unos metros de mí, en un lugar público, sin el más mínimo pudor.

Justo en ese momento, una voz potente resonó en el pasillo.

"¡Comandante Alejandro!"

Era mi mentor, el Oficial de Alto Rango, que venía a buscarme.

El sonido dentro de la habitación se cortó de golpe. Escuché un movimiento brusco, como si alguien se hubiera levantado de un salto. El pánico era palpable.

La puerta se abrió de par en par y Sofía salió, con el rostro pálido y los ojos desorbitados por el miedo. Miró a mi mentor y luego a mí, tratando de componer una expresión de normalidad.

"Alejandro… yo… estaba… estaba buscando el baño" , balbuceó.

Ricardo no apareció. Se había escondido como una rata.

Fingí no haber escuchado nada. Mantuve mi rostro impasible.

"No te preocupes. Ya nos íbamos" , dije, girándome para seguir a mi mentor.

Dejé a Sofía allí, parada en medio del pasillo, con su mentira colgando en el aire. Sabía que estaba aterrorizada, no por haberme herido, sino por haber sido casi descubierta.

Una vez que estuve solo en el auto, la compostura que había mantenido con tanto esfuerzo se hizo pedazos.

Golpeé el volante con el puño, una y otra vez, un gruñido de dolor y rabia escapando de mi garganta. Las ventanas del coche ahogaban mis gritos.

Las imágenes, los sonidos, las sensaciones de los últimos días se arremolinaban en mi mente. Sus besos falsos, las risas de esos soldados, el sonido de su infidelidad al otro lado de una puerta.

Recordé el día de la explosión. El caos, el fuego, el dolor agudo antes de que todo se volviera negro. Recordé haber empujado a un soldado novato fuera del camino, recibiendo yo el impacto de lleno. Un acto de sacrificio, un acto de honor.

¿Y para qué? ¿Para que la mujer por la que habría dado mi vida se burlara de mí de esta manera?

El claxon de un coche detrás de mí me sacó de mi trance. El tráfico avanzaba. Puse el coche en marcha, mis manos todavía temblando de rabia.

La ciudad se movía a mi alrededor, indiferente a mi mundo roto. Pero en medio de ese dolor, una resolución fría como el acero se asentó en mi corazón.

No me hundiría. No les daría esa satisfacción.

Iba a ir a esa frontera. Y cuando volviera, si es que volvía, sería un hombre diferente. Un hombre que ya no estaría ciego, ni en los ojos, ni en el corazón.

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