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Portada de la novela Mi dulce Ceo

Mi dulce Ceo

Nathaniel O´Donel es un magnate cuya vida gira en torno a sus negocios. Pese a su gran atractivo, su mundo es monótono hasta que sus amigos lo inscriben a traición en un portal de citas para Sugar Daddies. Es ahí donde conoce a Maeve, una joven impulsada por la necesidad económica. Este vínculo inesperado sacude la fría realidad del ejecutivo, dando inicio a un apasionado romance que transformará para siempre su desinterés por los sentimientos.
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Capítulo 3

MAEVE DANIELL

¡Pero en que estaba pensando! Estoy loca, de remate.

Cuando aquella noche termino, tome un taxi hacía mi casa. Todavía me estaban llegando mensajes y mensajes de hombres haciéndome propuestas bastante interesantes. Algunos eran personas muy mayores, otras eran personas muy diferentes a mí, con gustos “peculiares”.

Al llegar a mi casa y entrar en ella, empecé a contestar algunos mensajes… Pero el que más me llamaba la atención era el del tal Nathaniel, solo que como iba a llegar a decirle que no tenía 25 años sino 19.

Ese es el problema de mentir, pero no creí que me iban a llegar tantos mensajes, y tampoco era como si nos fuéramos a casar o ser novios, simplemente era un trabajo de dar y recibir. Aunque todavía no estaba decidida sobre qué hacer, pero a lo que si estaba decidida era que necesitaba dinero, pero no unos pocos dólares que me podrían pagar siendo mesera.

Con Nathaniel habíamos empezado una conversación, primero desde la app para después pasarnos nuestros números de teléfono. Estaba tan asustada, pero a la vez tan a la expectativa de lo que fuese a pasar.

Nathaniel: Maeve me gustaría que tuviésemos un encuentro... ¿Cuándo puedes?

Yo: Mañana a las 2 de la tarde.

Nathaniel: Perfecto te mandaré la dirección

Yo: Está bien.

Aquello, sin casi evitarlo, me hizo sentir entre asustada y a la expectativa de lo que fuese a pasar, pero de lo que estaba más que claro era que lo iba a hacer. Tenía que hacerlo.

Al llegar a casa, después de pagar el taxi, entro a mi casa, me quito los tacones y los tiro por cualquier parte para después encaminarme hacia las escaleras. El departamento de soltera de mi madre era un mini pent-house de dos pisos. Al llegar a mi habitación sin más me dejo caer a la cama, pero cuando me iba a sumir en un profundo sueño me tuve que levantar a desmaquillarme.

***

Cuando llego a aquel restaurante, mi cuerpo tiembla. De hecho, casi que no puedo caminar de los nervios.

Aquel chico me había citado al restaurante más caro de todo los Ángeles, me vestí con un vestido de color blanco con puntos negros que me llegaba hasta las rodillas, mi cabello suelto y un chaleco de piel sintética y unos tacones de aguja bajitos blancos y una cartera café de Louis Vuitton.

—Hola, buenas tardes… soy Maeve, me están esperando junto al señor Nathaniel.

—Si, señorita, sígame por favor.

Asiento con la cabeza para empezar a seguirla, para mi sorpresa el restaurante estaba vacío, ¿será que aquel hombre había reservado todo este restaurante por hoy?

Aquella chica me guía hasta una de las mesas de la zona VIP. Para mi sorpresa estaba sola.

—Siéntese por favor, el señor Nathaniel ya viene, tuvo un imprevisto, pero ya viene.

—Está bien.

Uno de los meseros lleva mi silla hacia atrás y con esto me siento a esperar.

Unos minutos después escucho la puerta abrirse, al estar de espaldas a esta me doy vuelta y veo a un chico vestido con un traje Armani a su medida, pero no cualquier chico ¡Nathaniel O´Donel! El hombre más rico de todo el sector empresarial, rico en todo sentido.

Aquel chico, era alto, ojos azules, cabello castaño claro, nariz perfilada, labios pequeños, pero rellenitos, tiene una sexi barba la cual lo hacía ver más que guapo, piel blanca y cremosa, para mi sorpresa logro ver un poco de su tatuaje, no mucho, pero puedo verlo, lo cual hace que me dé curiosidad quitarle aquel traje carísimo. Como que en la familia O´Donel tenian alguna clase de gen de la belleza y el ser supersexis.

—Hola Maeve, ¿Cómo estás? Siento llegar tarde, tuve un inconveniente.

—Está bien, señor O´Donel. —me levanto muerta de los nervios, arrastrando la silla, causando un gran ruido.

—Por favor siéntate.

Asiento con la cabeza para hacerlo, volviendo a acercar la silla hacia mí.

Nathaniel se sienta frente a mí.

Me mira fijamente y se muerde su labio inferior.

Oh por Dios, que hombre tan sexy… ¡Es todo un moja bragas!

—¿Tienes hambre?

—Sí.

Lo siguiente que veo sorprendentemente es a Nathaniel chasqueando los dedos y a miles de meseros entrando con platos de comida para después posarlos en la gran mesa giratoria frente a nosotros.

—No sé lo que te gusta, y no me gusta esperar… así que pedí todo el menú, espero que te guste.

—S-si… mu-muchas gracias—tartamudeo nerviosa como si fuera una tonta, ¡que creerá aquel adonis! Aunque, a decir verdad, este hombre dejaba sin palabras a cualquiera, sin importar el sexo.

—No hay problema… —uno de los meseros pone un plato frente a nosotros.

—¿Qué quieren comer? —no habla uno de los meseros con guantes en las manos y unas tenazas de plata en la mano.

—Yo quiero… Lasaña y un vino Domaine de La Romanée-Conti. ¿Maeve, tomas vino?

Asiento, esperen… ¿Pidió un Domaine de La Romanée-Conti? La botella de aquel vino Valia casi 10.000 dólares. Nunca, jamás en la vida la había probado, claro si esto vale lo mismo que un semestre en mi universidad.

—¿Qué quieres comer Maeve?

—Quiero costillas BBQ, papas fritas, por favor.

El mesero asiente y procede a servirnos, solo que a mí… meda una clase de guante de manos de plástico para no ensuciármelas.

—Gracias.

Sin poder evitarlo, mi vista se posa en aquel hombre… Pero fue más mi mala suerte cuando nuestras miradas chocan. Él y yo nunca habíamos compartido una mirada tan directa en lo que llevábamos en aquel restaurante. Sin querer, me sonrojo inmediatamente, pero no puedo apartar la mirada. Mi mundo, o el mundo como tal, se para y siento como mi corazón late desenfrenado, aquel chico se relame los labios y me mira fijamente, me mira deseoso, y yo muero de deseo por quitarme las bragas, las cuales ya tienen que estar más que empapadas.

—Si me sigues mirando así, voy a dejar a un lado toda esta comida y te follaré, te haré mía como jamás te lo habrán hecho, y te dejaré adolorida, solo para que te acuerdes de mí. Ya me imagino lo mojadita que debes de estar. Solamente me pudo imaginar el sabor de tus labios y lo deliciosa que te verías arrodillada chupándome la polla.

Mi corazón late como loco en mi pecho, y no puedo evitar tragar grueso.

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