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Portada de la novela Mi Dolor, Su Fortuna

Mi Dolor, Su Fortuna

Ricardo recorre la CDMX como repartidor para salvar a María, su hija enferma del corazón. Mientras él lucha, descubre que su esposa Sofía vive una doble vida de lujos junto a Alejandro, su antiguo y rico amante. La negligencia de Sofía provoca que la niña colapse, desatando una tragedia familiar imperdonable. Ante la traición y el desprecio materno, Ricardo abandona su pasividad para emprender una férrea venganza y rescatar a su hija del destino fatal.
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Capítulo 2

El motor de mi vieja motocicleta de reparto tosía como un enfermo terminal, pero seguía avanzando.

Cada día era una batalla contra el tráfico de la Ciudad de México, el sol que pegaba duro sobre el asfalto y los plazos de entrega que nunca perdonaban.

Trabajaba doble turno, a veces hasta triple, cualquier cosa para juntar el dinero.

Mi hija, mi pequeña María, estaba en el hospital.

Los doctores decían que su corazón estaba débil, que necesitaba una cirugía que costaba una fortuna, una cantidad que yo no ganaría ni en diez vidas.

Mi esposa, Sofía, lloraba conmigo por las noches.

"No tenemos dinero, Ricardo," me decía, con la cara escondida en la almohada. "No sé qué vamos a hacer."

Yo le creía.

Cada centavo que ganaba se iba en las medicinas de María, en las consultas, en la comida que apenas nos alcanzaba.

Vivíamos en un pequeño departamento en una colonia popular, donde las paredes delgadas dejaban escuchar las peleas de los vecinos y el olor a fritanga se metía por las ventanas.

Ese día, una entrega me llevó a Polanco, a una de esas zonas donde el aire parece más limpio y los perros visten suéteres de diseñador.

El paquete era para el Grand Lux Hotel, un edificio que brillaba tanto que dolía mirarlo.

Dejé la moto en la entrada de servicio y caminé hacia la recepción principal, solo para asegurarme de que el cliente había recibido su pedido.

Y entonces la vi.

Una mujer bajaba de un Mercedes-Benz negro, reluciente.

Llevaba un vestido rojo que se pegaba a su cuerpo y unos tacones que sonaban como música cara sobre el mármol del lobby.

Era Sofía.

Mi Sofía.

La misma que en la mañana se había puesto un pants viejo y se había quejado de no tener ni para un café de la calle.

Me quedé helado, escondido detrás de una columna.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte como el motor de mi moto.

No podía ser ella.

Pero lo era.

Un hombre elegante, con un traje que costaba más que mi motocicleta, la recibió con un beso en la mejilla.

Él le abrió la puerta de una joyería de lujo que estaba dentro del hotel, una de esas tiendas donde los precios no se exhiben porque si tienes que preguntar, no puedes pagarlo.

Me acerqué, con el estómago hecho un nudo.

Pegué la cara al cristal, sintiéndome sucio y fuera de lugar con mi uniforme sudado.

Adentro, Sofía sonreía.

No era la sonrisa cansada y triste que me daba a mí en casa.

Era una sonrisa brillante, llena de vida.

El hombre, a quien reconocí vagamente de una foto vieja como Alejandro, su exnovio, le mostraba un reloj a una niña que estaba con ellos.

La niña, Camila, la hija de él, saltaba de alegría.

Sofía sacó una tarjeta de crédito de su bolso, una tarjeta negra, sin límites.

"Nos lo llevamos," dijo ella, con una voz clara y segura que yo nunca le había escuchado.

El vendedor hizo una reverencia.

Vi el precio en la pequeña etiqueta que quitó antes de meterlo en la caja.

Doscientos cincuenta mil pesos.

Doscientos cincuenta mil.

La mitad de lo que costaba la cirugía de nuestra hija.

Gastados en un capricho para la hija de su exnovio.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Todo era una mentira.

Nuestra pobreza, sus quejas, sus lágrimas.

Una mentira gigantesca y cruel.

Y mientras ella le ponía el lujoso reloj en la muñeca a esa niña, la imagen de mi María invadió mi mente.

Pálida, conectada a tubos en una cama de hospital, luchando por cada respiro.

Y Sofía, su madre, me había dicho mirándome a los ojos: "No tenemos dinero, Ricardo."

La rabia me subió por la garganta, tan amarga que casi vomito.

Era una traición tan profunda, tan dolorosa, que me rompió por dentro.

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