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Portada de la novela Mi Destino en Mis Manos: Escapando al Asesino

Mi Destino en Mis Manos: Escapando al Asesino

Tras alcanzar la cima gastronómica en Ciudad de México, Luciana es asesinada por Iván, su esposo, quien no soporta su éxito. Sin embargo, la muerte no es el final: ella despierta diez años en el pasado, antes de que su pesadilla iniciara. Con el trauma de su final y la reaparición de su verdugo, Luciana se enfrenta al desafío de reescribir su historia. Posee una segunda oportunidad vital para burlar la envidia de Iván y evitar que su destino se repita.
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Capítulo 2

El olor a trufa blanca y azafrán llenaba el aire, una mezcla que yo misma había perfeccionado. El murmullo de los comensales satisfechos era la música de fondo de mi éxito. Esa noche, nuestro pequeño restaurante, "Corazón de México", había ganado el premio más importante de la gastronomía en la Ciudad de México.

Sostenía el trofeo dorado, su peso se sentía real, sólido. Era la culminación de años de trabajo, de sacrificarlo todo por este sueño.

Mi esposo, Iván Castillo, estaba a mi lado, sonriendo para las cámaras. Pero yo conocía esa sonrisa, era una máscara tensa que apenas ocultaba la tormenta que se agitaba en su interior. Su sueño de ser futbolista profesional se había estrellado contra la dura pared de su falta de talento, y cada uno de mis logros era una espina en su orgullo herido.

Más tarde, en casa, el trofeo brillaba sobre la repisa. El silencio era pesado.

"Lo logramos, amor", dije, tratando de romper la tensión.

Iván no me miró, sus ojos estaban fijos en un viejo recorte de periódico amarillento en la pared, una foto suya con el uniforme de un equipo de tercera división.

"¿Lo logramos?", repitió con una voz vacía. "Tú lo lograste, Luciana. Tú eres la estrella ahora".

Se levantó y caminó hacia mí. Su sombra me cubrió por completo.

"Yo podría haber sido grande", susurró, su aliento olía a tequila barato. "Si no fuera por ti, si no me hubieras empujado a seguir ese estúpido sueño de fútbol solo para después humillarme con tu éxito".

"Iván, yo solo te apoyé..."

"¡Cállate!", gritó, y su mano se estrelló contra mi mejilla. El golpe me tiró al suelo.

El dolor fue agudo, pero el miedo fue peor. Vi la locura en sus ojos, la misma que había visto cuando rompía platos o golpeaba las paredes. Pero esta vez, estaba dirigida a mí.

"Tú me quitaste todo", siseó, acercándose. "Me quitaste mi oportunidad con Sasha, me quitaste una vida tranquila en la fábrica. Me lo quitaste todo".

Sasha Ramírez, su amor de la infancia, el símbolo de la vida sencilla que él creía merecer.

No tuve tiempo de gritar. Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello. Luché, arañé, pero su furia era más fuerte que mi voluntad de vivir. Mientras el aire se escapaba de mis pulmones, lo último que vi fue el reflejo distorsionado de mi rostro en el trofeo dorado.

Y entonces, todo se volvió negro.

...

Un rayo de sol me golpeó la cara. El olor a café recién hecho y a pan dulce llenaba el aire. Era el olor de la casa de mis padres.

Me senté de golpe en mi cama, el corazón latiendo desbocado. Mis manos volaron a mi cuello. No había marcas. No había dolor. Estaba viva.

Miré a mi alrededor. Era mi antiguo dormitorio, con los pósteres de bandas de rock que ya no escuchaba y los libros de texto apilados en el escritorio. Sobre la mesita de noche había un sobre blanco.

Lo abrí con manos temblorosas. Era mi carta de aceptación de la Facultad de Gastronomía de la UNAM.

La fecha... era de hace diez años.

Había vuelto.

En ese momento, el teléfono de la casa sonó. Mi madre contestó en el pasillo. Su voz era alegre.

"¡Iván, qué milagro! Sí, aquí está. ¡Luciana, es Iván para ti!"

El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Tomé el teléfono. La voz al otro lado era la misma, pero cargada de una extraña urgencia.

"Luciana, escúchame. Tengo que tomar una decisión. El club de fútbol de Querétaro me ofreció una prueba, pero... Sasha quiere que vaya con ella a la entrevista en la planta de Volkswagen. Dice que es un trabajo seguro".

Era el momento. El punto de inflexión. En mi vida anterior, lo convencí de que siguiera su sueño de fútbol.

Pero esta vez, una risa fría se formó en mi garganta.

"¿Y qué esperas que te diga, Iván?", pregunté, mi voz tranquila.

Hubo un silencio. Luego, su tono se volvió duro, casi acusatorio.

"No, olvídalo. Ya tomé mi decisión. Iré con Sasha a la fábrica. Y tú, Luciana, no te metas más en mi vida. No me vuelvas a buscar. No me arruines esto como lo hiciste antes".

Me quedé helada.

Como lo hiciste antes.

Él también había vuelto.

Mi primer instinto fue gritar, acusarlo, pero me contuve. El alivio me inundó, un alivio tan intenso que casi me hizo llorar. Él había elegido a Sasha. Me estaba liberando.

"De acuerdo, Iván", dije, mi voz sonando sorprendentemente calmada. "Como quieras. Buena suerte en la fábrica".

Colgué el teléfono antes de que pudiera responder.

Me quedé mirando la carta de la UNAM. Esta vez, no había nadie que me detuviera. Esta vez, mi vida sería solo mía.

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