
Mi Corazón Renacido
Capítulo 3
El aire entre nosotros se vuelve denso, pesado, la tarde soleada de repente se siente fría. Ricardo se levanta de la banca y camina hacia mí, su sonrisa falsa ha vuelto a su lugar.
"¿Qué pasa, mi amor? Te noto rara hoy", dice, intentando tomar mi mano.
Aparto mi mano bruscamente.
"No me toques".
Su sonrisa vacila por un segundo, luego intenta una táctica diferente, la del mártir.
"Está bien, entiendo que estés nerviosa, es una decisión importante, pero no tienes que ser así conmigo", dice con un tono de falsa herida. "Solo quiero lo mejor para nosotros".
Me río, una risa amarga y sin alegría.
"¿Para nosotros? ¿O para ti y para Laura Sánchez?".
El nombre sale de mis labios como un veneno y veo cómo el color abandona su rostro. Su mandíbula se tensa. La confirmación que necesitaba.
"No sé de qué estás hablando", dice, pero su voz ha perdido toda la seguridad.
"Oh, claro que lo sabes", me acerco a él, invadiendo su espacio personal. "Sabes exactamente de lo que hablo, recuerdas cada detalle, cada mentira, cada humillación".
Nos miramos fijamente, una batalla silenciosa en medio del parque, ya no hay máscaras, ambos sabemos la verdad.
"Así que tú también...", susurra, y hay un destello de pánico en sus ojos.
"Sí, yo también", confirmo con frialdad. "Y esta vez, las cosas serán muy diferentes".
Me doy la vuelta de nuevo, dispuesta a irme y no volver a verlo jamás.
"¡Espera!", grita. "¡Sofía, no puedes hacerme esto! ¡Necesito ese dinero! ¡Mi restaurante!".
Me detengo, pero no me giro.
"Ese es tu problema, no el mío", digo por encima del hombro. "Consigue tu propio dinero, pídeselo a tu verdadera musa".
Lo dejo allí, plantado y furioso, mientras camino con paso firme hacia la salida del parque, el corazón me late con fuerza, pero no es por miedo, es por la adrenalina de la libertad.
Mientras camino, un recuerdo doloroso de mi vida pasada me golpea con la fuerza de un puñetazo, fue unos meses después de que Ricardo me dejara, yo estaba destrozada pero intentaba salir adelante, había un concurso de diseño para jóvenes talentos, el premio era una pasantía en una de las casas de moda más importantes de la Ciudad de México.
Trabajé día y noche en mi portafolio, era mi única esperanza, el día de la entrega, dejé mi carpeta en la mesa del comedor para ir al baño, cuando volví, la carpeta había desaparecido. La busqué por todas partes, desesperada, pero nunca la encontré.
Perdí la oportunidad.
Ahora lo entiendo todo, Ricardo debió haber entrado a mi antiguo departamento, sabía que tenía una copia de la llave, la robó, saboteó mi futuro para asegurarse de que yo nunca pudiera levantar cabeza, de que nunca pudiera ser una amenaza para él o para su preciosa Laura.
La rabia me quema por dentro, una rabia fría y decidida.
Llego a mi casa y lo primero que hago es sacar la carta de Milán, la leo una y otra vez, mis manos tiemblan. Esta vez, nadie me la va a quitar.
Busco en internet la dirección de la embajada, lleno los formularios, preparo mis documentos, actúo con una rapidez y una determinación que me sorprenden a mí misma.
No voy a perder ni un segundo.
Al día siguiente, mientras salgo de la oficina de correos tras enviar mi aceptación certificada, paso por un puesto de periódicos, en la portada de la sección de sociales veo una foto de Ricardo, sonriendo, rodeado de gente importante en un evento de caridad.
El titular dice: "Ricardo Gómez, la joven promesa de la gastronomía mexicana".
Siento una náusea amarga, el mundo lo ve como un triunfador, un hombre hecho a sí mismo, nadie conoce al monstruo que se esconde detrás de esa fachada.
Pero lo conocerán.
Me lo juro a mí misma.
Esta vez, no habrá sacrificio, no habrá lágrimas en silencio.
Esta vez, habrá justicia.
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