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Portada de la novela Mi Corazón de Piedra: Ni Una Mirada Atrás

Mi Corazón de Piedra: Ni Una Mirada Atrás

Sofía vive un calvario cuando Carmen causa la muerte de su hija y Alejandro, su esposo, la traiciona cruelmente. Él celebra el embarazo de su amante e intenta mutilar a Sofía para salvar a su hijo ilegítimo, dejándola morir en un incendio. Tras sobrevivir, ella resurge impulsada por una sed de venganza. Años después, convertida en una mujer plena y libre, desprecia las súplicas de un Alejandro arrepentido, arrojando su doloroso pasado al olvido total.
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Capítulo 2

El funeral de mi hija fue un espectáculo grotesco.

En la capilla, el aire olía a lirios y a la hipocresía de la familia de mi marido.

Alejandro, mi esposo desde hace seis años, no estaba a mi lado. Estaba al otro lado de la sala, sosteniendo a Carmen, la viuda de su hermano, que lloraba delicadamente sobre su hombro.

Estaba embarazada.

Todos lo sabían.

El sacerdote terminó su sermón, y Alejandro se adelantó. No para hablar de nuestra hija, sino para anunciar algo más.

"La vida es un ciclo", dijo, con su voz de torero, resonando en el silencio. "Aunque hemos perdido a una pequeña luz, pronto recibiremos una nueva bendición. El hijo de Carmen traerá nueva suerte a esta familia".

Sentí que el mundo se detenía.

El hijo de Carmen.

Mi hija, muerta por un plato de setas venenosas que Carmen le había dado, ahora era solo un presagio de buena suerte para el bastardo que crecía en su vientre.

El murmullo de los invitados era de aprobación. La matriarca de la familia, la madre de Alejandro, le dirigió a Carmen una sonrisa llena de orgullo. A mí, ni una mirada.

Me quité el anillo de bodas. La alianza de oro, que una vez prometió amor eterno, ahora se sentía como un grillete. Lo dejé caer sobre el banco de madera pulida.

El sonido fue pequeño, pero para mí, fue un trueno.

Nadie se dio cuenta. O a nadie le importó.

Me levanté y caminé hacia la salida. Uno de los amigos de Alejandro, un hombre con cara de comadreja que siempre disfrutaba humillándome en las fiestas, me detuvo.

"¿A dónde vas, Sofía? Alejandro todavía no ha terminado".

"Yo sí he terminado", respondí, y salí de la capilla sin mirar atrás.

El sol de Madrid me golpeó la cara. El aire era pesado, pero por primera vez en años, sentí que podía respirar.

Sabía que se reirían de mí. Escuché una carcajada ahogada antes de que la puerta se cerrara. Seguramente ya estaban haciendo apuestas sobre cuánto tardaría en volver, arrastrándome y pidiendo perdón.

No sabían que el avión privado de Leo ya me esperaba en Barajas.

Leo. Mi amigo de la infancia. Mi único aliado.

El coche que me esperaba me llevó de vuelta a la mansión. Entré por la puerta de servicio, como siempre.

En la cocina, encontré a Alejandro.

"Prepara un gazpacho para Carmen", ordenó, sin siquiera mirarme. "Los antojos del embarazo la están matando".

Mi hija acababa de ser enterrada, y él me pedía que cocinara para su amante.

Mi corazón ya no sentía nada. Era una piedra fría en mi pecho. Fui al refrigerador, saqué los tomates, los pimientos, el pepino. El cuchillo se sentía pesado en mi mano.

Mientras cortaba las verduras, Alejandro se apoyó en el marco de la puerta.

"Cuando nazca el bebé", dijo, como si hablara del tiempo, "lo criarás como si fuera tuyo. Carmen no está hecha para ser madre. Tú sí. Es tu deber".

Dejé el cuchillo. Me sequé las manos en el delantal.

"No", dije.

Él se rió. Una risa corta y cruel.

"¿No? ¿Qué vas a hacer? ¿Irte? ¿A dónde irías sin mí, sin mi dinero?"

Saqué los papeles del divorcio del bolsillo de mi delantal. Los había preparado un abogado que Leo me recomendó. Los puse sobre la encimera.

"Quiero el divorcio, Alejandro".

Él los miró con desdén. "Otro de tus dramas para llamar la atención. Madura, Sofía".

En ese momento, Carmen entró en la cocina, con una mano en su vientre.

"Alejandro, cariño, me siento un poco mareada".

Cogió el vaso de gazpacho que acababa de preparar y bebió un sorbo. Inmediatamente, tosió y se llevó una mano a la garganta.

"¡Ay! ¿Qué le has puesto a esto? ¡Me quema!"

Alejandro se giró hacia mí, sus ojos llenos de furia.

"¿Qué le has hecho?"

"Nada. Es solo gazpacho".

"¡Mientes!", gritó.

Agarró el cuenco grande de gazpacho y me sujetó por el pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás.

"¡Si es tan inofensivo, bébetelo tú!"

Me forzó a beber. El líquido frío y espeso se derramó por mi cara, por mi cuello, entrando en mis pulmones. Luché, pero él era demasiado fuerte. El sabor del pimiento crudo, al que soy mortalmente alérgica, inundó mi boca.

Mi garganta empezó a cerrarse. No podía respirar. Mi vista se volvió borrosa. Lo último que vi antes de desmayarme fue la sonrisa triunfante de Carmen.

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