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Portada de la novela Mi Boda: Una Trampa Cruel

Mi Boda: Una Trampa Cruel

Xóchitl, una joven curandera de veinte años, vive atormentada por los recuerdos de su vida pasada. Tras reencarnar, no olvida que Tlacaelel, su antiguo marido, la sacrificó cruelmente junto a su hijo. En aquel horror, solo el chamán Cuauhtémoc se apiadó de ella. Decidida a cambiar su suerte y obtener justicia, Xóchitl desafía las tradiciones de su aldea y elige al temido chamán como esposo. Ella lo usará como escudo y aliado letal para ejecutar su fría venganza.
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Capítulo 2

Mi abuela me miraba con sus ojos cansados, llenos de una preocupación que ya conocía de memoria.

"Xochitl, ya no eres una niña, estás en tus veintes, todas las muchachas de tu edad ya se casaron y hasta tienen hijos corriendo por sus casas."

Su voz era suave, pero cada palabra era una piedra que se sumaba al muro de presión que me rodeaba.

En el pueblo, una curandera soltera de mi edad era una rareza, una anomalía que preocupaba a los mayores.

"La gente empieza a hablar, mi niña, dicen que algo anda mal contigo, que ninguna familia te querrá."

Bajé la mirada hacia mis manos, manchadas con los restos de las hierbas que había molido esa mañana.

Mi abuela suspiró, un sonido largo y pesado.

"Haremos un sorteo, es la tradición, pondremos los nombres de los jóvenes solteros del pueblo en una vasija, y sacarás uno, los dioses decidirán tu destino."

Un frío recorrió mi espalda, un frío que no venía del aire de la montaña, sino de un recuerdo enterrado en lo más profundo de mi alma.

En mi vida pasada, había escuchado esas mismas palabras.

Y había sonreído, llena de una tonta esperanza.

En esa otra vida, mi corazón le pertenecía por completo a Tlacaelel, el guerrero más carismático y apuesto del pueblo, su sonrisa hacía que me temblaran las rodillas y su voz era como música para mis oídos.

Estaba tan obsesionada con él que hice algo terrible.

La noche antes del sorteo, busqué en secreto al ayudante de mi abuela, un joven ambicioso y necesitado, le di todas mis joyas, todo lo que tenía de valor, a cambio de una sola cosa.

"Asegúrate de que el primer papel que saque sea el de Tlacaelel."

El joven asintió, sus ojos brillando con codicia, y al día siguiente, cuando mi mano temblorosa se hundió en la vasija, el primer nombre que leí en voz alta fue el de él.

Tlacaelel.

Mi boda con él fue el día más feliz de mi vida, o eso creí, me sentía la mujer más afortunada del mundo.

Después de casarnos, me trató como a una reina, cada mañana me traía las flores más raras de la montaña, por las noches me contaba historias de sus batallas bajo las estrellas, y construyó para mí una choza de temazcal, la más grande y hermosa del pueblo, solo para que pudiera preparar mis medicinas y atender a mis pacientes con comodidad.

Sus atenciones me convencieron de que su amor era tan real y profundo como el mío.

Me entregué a él por completo, creyendo ciegamente en nuestro futuro juntos.

Pero todo era una mentira.

Una trampa cruel y elaborada.

El recuerdo de mi muerte volvió a mí con la claridad de una pesadilla recién vivida.

Estaba en la choza, gritando de dolor, dando a luz a nuestro primer hijo.

Tlacaelel estaba a mi lado, sosteniendo mi mano, susurrándome palabras de aliento.

"Puja, mi amor, ya casi está aquí."

Con un último esfuerzo, sentí que el bebé salía de mí, escuché su primer llanto, un sonido agudo y lleno de vida.

Estaba agotada, pero una sonrisa se dibujó en mi rostro.

"Lo logramos, mi amor, es un niño."

Pero cuando levanté la vista hacia Tlacaelel, la sonrisa se borró de su cara, su expresión era de un frío aterrador.

"Sí, lo logramos."

Y entonces, sin previo aviso, sacó un cuchillo de obsidiana de su cinturón.

Lo vi brillar a la luz de las velas.

Y lo sentí clavarse en mi vientre, una y otra vez.

El dolor fue indescriptible, un fuego que me consumió por dentro, grité, pero no de parto, sino de puro horror y traición.

Mis ojos, llenos de lágrimas y confusión, buscaron a mi bebé.

Tlacaelel lo levantó del suelo, lo sostuvo frente a mí, y con una calma monstruosa, aplastó su pequeño cráneo contra el pilar de madera de la choza.

El llanto se detuvo.

Para siempre.

Mi mundo se derrumbó.

Me torturó durante horas, disfrutando de cada uno de mis gritos, de cada una de mis súplicas.

"¿Por qué?", logré susurrar con mi último aliento.

Él se inclinó sobre mí, su aliento apestando a odio.

"Porque nunca te amé, Xochitl, mi corazón siempre fue de Citlali, y tú te interpusiste, tú y tu maldita suerte en el sorteo, ella murió por una fiebre que tus hierbas no pudieron curar, y ahora tú pagarás por ello."

Así que todo era por Citlali, su amante secreta, mi rival, la mujer que siempre me había mirado con envidia y desprecio.

Mi muerte fue lenta y agónica.

Cuando finalmente mi corazón dejó de latir, mi alma se separó de mi cuerpo destrozado.

Floté en la oscuridad, viendo cómo Tlacaelel arrastraba mi cadáver fuera de la choza, sin ninguna ceremonia, sin ningún respeto.

Lo arrojó a un barranco profundo, un lugar donde solo los animales salvajes irían a buscar comida.

Dejó mi cuerpo para que fuera devorado, deshonrado.

Días después, vi cómo organizaba un funeral magnífico para Citlali, enterrándola con los más altos honores de una curandera, un honor que me correspondía a mí.

Tlacaelel permaneció soltero por el resto de sus días, construyendo una reputación de hombre devoto y desconsolado, un viudo fiel que había perdido a su amada esposa y a su rival en la misma semana trágica.

Nadie supo nunca la verdad.

Mi alma vagó, atrapada entre los mundos, consumida por el odio y el dolor, hasta que una noche, vi una figura solitaria descender al barranco.

Era Cuauhtémoc.

El chamán del pueblo, el hombre al que todos temían por su rostro desfigurado y su aura de poder oscuro.

Lo vi reunir con cuidado los restos de mi cuerpo, los huesos que los animales habían dejado esparcidos.

Con sus propias manos, cavó una tumba en la tierra sagrada, cerca de un antiguo árbol de ceiba.

Recogió flores silvestres y las colocó sobre el montículo de tierra.

Y luego, se sentó allí toda la noche, velando por mí, ahuyentando a los espíritus malignos con sus cantos bajos y profundos.

En la desolación de mi muerte, él fue el único que lloró por mí, el único que me dio un entierro digno.

El único que buscó justicia, aunque nadie más supiera de la injusticia.

Y en ese momento, mi alma destrozada encontró un ancla, una razón para volver.

Abrí los ojos.

Estaba de vuelta en mi choza, en mi cuerpo joven y sano.

Mi abuela seguía mirándome, esperando una respuesta.

El recuerdo de la bondad de Cuauhtémoc era un bálsamo en mi alma herida, y la imagen de la crueldad de Tlacaelel era un fuego que avivaba mi determinación.

Esta vez, no habría sorteo.

Esta vez, yo elegiría mi destino.

Levanté la cabeza y miré a mi abuela a los ojos, mi voz sonó firme, sin rastro de duda.

"Abuela, no habrá sorteo."

Mi abuela parpadeó, confundida.

"¿Qué dices, niña? Es la tradición."

"He elegido a mi esposo", declaré, mi voz resonando en el silencio de la habitación. "Quiero que arregles mi matrimonio con Cuauhtémoc, el chamán."

La mandíbula de mi abuela cayó, sus ojos se abrieron con puro horror.

El hombre más temido del pueblo.

Mi salvador.

Mi futuro esposo.

Y el instrumento de mi venganza.

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