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Portada de la novela Mi bebé, mi compinche

Mi bebé, mi compinche

Traicionada por su prometido y su propia hermana, Yvonne busca consuelo en un desconocido, quedando embarazada. Tras ser expulsada de su hogar, huye del país para prosperar por su cuenta. Seis años después, retorna convertida en una médica de prestigio junto a su hijo Aiden, un prodigio de la informática. Mientras el pequeño intenta encontrarle una pareja, el soltero más codiciado del país reclama ser el padre, decidido a recuperar a su familia.
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Capítulo 3

Seis años después, en el aeropuerto internacional de Egoford.

Una mujer alta y esbelta salía de la zona de llegadas de la mano de un niño guapo y elegante. Las personas que esperaban a sus seres queridos y clientes se quedaron atónitos al ver al dúo, maravillados de ver lo hermosos que eran.

La mujer llevaba gafas de sol. Su nariz era recta, su mentón perfecto, y tenía unos finos labios rojos. Llevaba tacones y un vestido corto de flores que acentuaba su hermosa figura y sus largas piernas. Su andar era tan elegante como el de una modelo de pasarela, pero señorial como el de una reina. El niño que estaba a su lado parecía tener entre cinco y seis años. Sus grandes ojos brillaban como si tuviera todo el conocimiento del mundo, y se movía como un pequeño y audaz caballerito.

"¿Quién es esa mujer? ¿Acaso es una celebridad?".

"No lo sé. Pero se ve muy hermosa… ¡Y el niño es tan lindo!".

"¡Dios mío! ¡Nunca he visto a nadie tan apuesto!".

"¡Yvonne, aquí!". Una voz clara llegó en cuanto Yvonne se quitó las gafas de sol y escudriñó entre la multitud.

Un hombre atractivo vestido de traje se acercó a ellos con rapidez. Era Waylon Patterson. Este se agachó y abrazó al pequeño. "¡Hola, Aiden! Has crecido mucho. Qué bien que por fin estés aquí".

"Hola, Waylon", pronunció el hijo de Yvonne, Aiden Tate, con voz infantil.

Waylon preguntó: "Pequeño, me has echado mucho de menos, ¿verdad?".

"La verdad es que no", contestó el nene con cierta frialdad.

"Niño travieso...".

Yvonne se agachó a la altura de su hijo y le dijo con seriedad: "No deberían pelearse aquí. Espérenme aquí, necesito ir al baño".

Los dos varones entrecerraron los ojos antes de asentirle al mismo tiempo.

En cuanto Yvonne salió del baño, vio por casualidad a un hombre con una cazadora gris chocándose con una chica. Luego se disculpó y se dio la vuelta para marcharse. La chica no montó ningún escándalo. En lugar de eso, le sonrió al hombre y entró en el baño para arreglarse el maquillaje.

No obstante, Yvonne tenía ojos de águila. Aunque el incidente ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, vio cómo el hombre cortaba el bolso de la chica con una cuchilla y se llevaba su celular. Seguidamente, se lo metió en el bolsillo mientras se disculpaba con ella.

¿Cómo se atrevía a robar en un aeropuerto a pleno día? En fin, hoy no era su día de suerte, porque ella nunca podría pasar por alto tal cosa. Si lo hacía, la culpa la devoraría durante mucho tiempo.

La joven tiró el trozo de papel higiénico arrugado en la papelera cercana, siguió al hombre y chocó con él adrede. El ladrón estuvo a punto de gritarle; sin embargo, se detuvo cuando ella levantó la vista y le dedicó una mirada inocente.

"Señorita, ¿se encuentra bien?".

"Estoy bien, señor. Siento haber chocado con usted. Debería ver mejor por dónde voy". "¡Oh, no se preocupe!", la consoló el ladrón mientras insistía en que no tenía por qué disculparse. Entretanto coqueteaba con ella, la joven deslizó sus finos dedos en el bolsillo de él y sacó el celular robado. A continuación, se marchó.

"Ladrón idiota, ahora recibirás una cucharada de tu propia medicina", murmuró ella con la mano apretando el celular.

Yvonne se dio la vuelta para devolver el celular a su legítima propietaria. Sin que ella lo supiera, alguien había estado observando la escena no muy lejos de allí.

Conrad Patterson fue testigo de todo el proceso, desde el toqueteo hasta el flirteo y el robo. Tuvo que admitir que sus movimientos fueron tan suaves que el hombre no se dio cuenta de que le habían robado el celular.

Lo que más sorprendió a Conrad fue el aspecto de la carterista. Era muy guapa y elegante.

Tal vez lo mejor sería no juzgar a un libro por su portada. A la gente se le daba bien fingir, y siempre iban por ahí llevando una máscara mientras ocultaban sus malvadas almas debajo.

Los ojos de Conrad parpadearon con disgusto entretanto veía alejarse a Yvonne y, de repente, su atención se desvió hacia su ayudante, Evan Castro.

"Señor Patterson, declaramos al Doctor Y en busca y captura en la red oscura y ofrecimos una recompensa para quien encontrara a esta persona o proporcionara buenas pistas. También hemos encargado a la organización de hackers Fox que lleve a cabo la búsqueda. El pago es de diez millones de dólares, pero aún no hay ningún avance".

Al oír esto, Conrad frunció el cejo y expuso con disgusto: "Hace ya mucho tiempo que has estado investigando al Doctor Y. No solo no lo has encontrado, sino que tampoco sabes su nombre real… ¿Cuánto tiempo más durará esto?".

"Señor, de verdad desearía que las cosas fuesen diferentes, pero los antecedentes de esta persona son muy misteriosos. Creo que alguien los está ocultando, y que cubre bien sus huellas. Los indicios apuntan a que el Doctor Y podría ser de Pluatho, pero aún no tenemos información sobre el sexo o el nombre".

Conrad se frotó las sienes, sintiéndose algo cansado y estresado.

La enfermedad de su abuelo era una fuente de preocupación para él. Ninguno de los mejores especialistas médicos con los que contactó por todo el mundo pudo tratarlo. El Doctor Y era su última esperanza. Conrad tenía muchos contactos, poder e influencia; sin embargo, por más que él y sus hombres investigaban, no encontraban al médico. Era como un fantasma.

"Redoblen los esfuerzos en la investigación, y que no te importe cuánto cueste. Es una cuestión de vida o muerte. Ese doctor debe ser encontrado".

"Sí, señor".

Acto seguido, Conrad salió y subió a su Porsche negro, que desapareció por la calle en un santiamén.

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