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Portada de la novela Mi ÁNGEL

Mi ÁNGEL

Tras cinco años de búsqueda, Stefano Zabet-Ángel ansía recuperar a Macarena y al hijo que sospecha que ella esperaba. Por otro lado, Hades, el sicario apodado Ángel de la Muerte, regresa para reclamar el amor de la mujer que abandonó tras protegerla años atrás. Mientras, Mateo Zabet-Ángel aprovecha la desesperación de su empleada para retenerla a su lado. Los tres hombres, unidos por lazos de sangre, ignoran que sus destinos convergen en la misma mujer.
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Capítulo 2

Cuando la clase término guardo sus cosas con la mayor calma posible, siempre lo hacía, dándole tiempo a sus compañeros de desaparecer, ya no se molestaba como los primeros días en tratar de hacer amigo, al fin y al cabo, no los necesitaba, ella estaba allí era solo para estudiar, debía esforzarse, no solo para no perder la beca, les quería dar un mejor porvenir a su padres, a Diego, su hermanito.

— Morena, si no te apresuras envejeceré aquí esperando por ti. — su corazón latió rápido al mismo tiempo que ella se ponía rígida y giraba de forma lenta, solo para descubrir que no estaba alucinando, el joven ángel que la salvo estaba allí, la estaba esperando.

— Disculpa, ¿me dijiste tu nombre? Porque no lo recuerdo. — dijo llegando a su lado, con un poco de vergüenza.

— ¡Ay, Macarena Fernández! hieres mi ego. — Nuevamente los ojos de Macarena se abrieron de sobre manera, que la llamara morena, latina, era normal, Macarena, aceptable, pero que supiera su apellido no tenía sentido, no si no compartían clases.

— ¿Cómo sabes mi nombre? — el joven le sonrió y nuevamente paso su brazo sobre los pequeños hombros y comenzó a arrastrarla junto con él.

— Yo sé todo de quien quiero saber, mi nombre es Stefano…— antes que termine de hablar un grito lo interrumpió.

— ¡Neizan! — el joven se giró y arrugo su entrecejo.

— ¿Qué? — respondió de forma altanera al rector y Macarena creía que estaba con un desequilibrado mental.

— A mi oficina, ahora. — el hombre se dio media vuelta y comenzó a caminar.

— Pish, nos veremos otro día morena, creo que estoy suspendido, otra vez.

Macarena quedo parada en la puerta de la cafetería, mientras veía esa gran espalda alejarse con cada paso.

— ¡Neizan! — el joven se dio vuelta a verla con curiosidad. — Gracias por rescatarme. — le dijo la morena con una sonrisa y el joven hizo una reverencia como si frente a él tuviera a una reina.

Tres días pasaron, tres días donde ella lo busco en cada pasillo, biblioteca, cafetería, incluso en el campus, el mismo que trataba de no pisar para no ser molestada, pero todo fue en vano, no lo encontró, quizás después de todo si era un ángel, pensó.

— Sudaca, ¿Quién te dio permiso de entrar en mi territorio? — Damián y su grupo de idiotas detuvieron su caminar, Macarena se maldijo internamente, ella sabía muy bien que no era bien recibida en el campus.

— Yo… yo…— hasta el momento había recibido uno que otro golpe de la novia de Damián, pero al haber sido agredida por un joven solo tres días atrás, ya nada le aseguraba que no sea él quien la golpeara, por lo que su inquietud era razonable.

— ¿Escuche bien? ¿tu territorio? Que yo sepa ¡todo esto es territorio de los NEIZAN! — y allí estaba una vez más su Ángel de la guarda.

— Estefan. — dijo con alivio, dándole una sonrisa a su salvador.

— Disculpa la tardanza. — Stefano coloco su mano envolviendo sus hombros y comenzó a caminar, pero a los dos paso se detuvo y giro a donde estaba el grupo de Damián. — Idiota, recuerda que Neizan manda aquí, no la vuelvas a tocar, ni a molestar. — los ojos de Stefano brillaron de tal forma que incluso Macarena tembló un poco, continuaron su camino, hasta llegar nuevamente a la clase de la joven.

— Pequeña morena, has llegado a salvo, te veré luego. — el joven la miro a los ojos y se agacho, quedando a solo centímetros del rostro de la joven. — Y mi nombre es Stefano, con S y O. — Macarena se iba a disculpar, pero Stefano no le dio tiempo, ya que de forma rápida le dio un pequeño beso en los labios y simplemente se alejó, dejando a Macarena completamente confundida.

Desde ese día las cosas cambiaron, cada día ella lo esperaba a la entrada de la universidad y él llegaba mostrando su mejor sonrisa, Macarena sentía que estaba en un cuento de hadas, donde ella se convertía en la envidia de todas las mujeres, por haber atrapado al más bello príncipe, sin saber que Stefano estaba ganando una apuesta, ese fue el motivo por el que nunca corrigió el error del rector, quien aquel día lo llamo por el apellido de su cuñado Neri Neizan, ya que fue el conocido mafioso quien se encargó de todo en la universidad, para que su joven cuñado Stefano Zabet, no tuviera nada de qué preocuparse.

Pocas veces Stefano se prestaba a esos juegos, más bien nunca lo había hecho, pero quería adaptarse a sus nuevos compañeros, y es que desde que nació el joven Zabet nunca estuvo solo, no era solo por tener una gran familia, sino, porque era uno de los quintillizos Zabet o como todos los llamaban, los niños dorados, ir a la universidad en Rusia, era perseguir sus sueños, pero también alejarse de esas cuatro mitades con las que compartía todo, ahora estaba a la deriva, prestándose a un juego o mejor dicho una apuesta que si sus padres supieran, estaba seguro lo desheredarían, además de que su hermana mayor Zafiro, esposa de Neizan, lo golpearía hasta el cansancio, estaba seguro de ello. No pensaba molestar a la latina más de la cuenta, solo sería un coqueteo inofensivo, pero rápidamente se dio cuenta que Macarena era una joven muy dulce y divertida, el tiempo que pasaba con ella paso de ser minutos a horas, y aun así, sentía que no era suficiente, sus manos siempre buscaban una razón para tocar a la pequeña latina, tomaba su mano, la abrazaba, y así como aquel día dejaba suaves roses de labios sobre la joven, que con el tiempo se incrementó, a besos más largos y mucho más apasionados.

— Quiero que seas mi novia. — dijo Stefano de forma agitada cuando libero los carnosos labios de Macarena, estaban en su cafetería preferida como cada tarde.

— ¿Es una pregunta o una orden? — respondió mientras reía, Stefano siempre se mostró como una persona autoritaria, posesiva y demandante, era como algo propio de él.

— Ambas, aunque sé que mueres de amor por mi morena, no trates de negarlo.

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