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Portada de la novela Mi amor muerto

Mi amor muerto

Al despertar de un coma, descubro la traición de mi esposa Sofía. Ella sacrificó a nuestro hijo Leo en un incendio para rescatar a Adrián, su protegido, a quien ahora entrega mi patrimonio. Ante su crueldad y la propuesta de un divorcio falso para encubrir a su amante, mi amor se transforma en odio. Ya no busco reconciliación; ahora mi único propósito es ejecutar una venganza implacable que destruya el imperio de la mujer que nos vendió.
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Capítulo 3

Sofía no perdió el tiempo.

Al día siguiente, su abogado me trajo los papeles del divorcio al hospital. Ella ni siquiera se molestó en venir.

"Mi clienta tiene prisa", dijo el abogado, un hombre con un traje caro y una sonrisa falsa. "Hay una crisis de relaciones públicas que gestionar".

Firmé los papeles sin leerlos. Sabía lo que decían. Era mi libertad y la de mi hijo.

Sofía me llamó esa tarde. Su voz sonaba impaciente.

"¿Has firmado ya? Adrián está muy estresado con todo esto. Necesita que solucionemos el escándalo cuanto antes".

"Ya he firmado", respondí con frialdad.

"Perfecto. Mañana presentaremos la solicitud. Una vez que estemos divorciados, Adrián y su hija, Carla, se mudarán a casa. Necesitan un entorno estable".

Sentí una punzada de ira. "¿A nuestra casa?".

"Bueno, técnicamente será mi casa pronto. Y la de Adrián. Tú y Leo podéis quedaros, por supuesto. Pero tendréis que adaptaros".

Colgué el teléfono. La mujer con la que me había casado ya no existía. O quizás nunca existió. Quizás siempre fui solo un pilar conveniente, un marido trofeo de origen humilde que ella podía exhibir y controlar.

Esa noche, Leo me llamó desde casa de los padres de Sofía. Su voz sonaba pequeña y triste.

"Papá, ¿cuándo vienes a casa? Mamá dice que estás enfermo".

"Pronto, campeón. Muy pronto".

"Te echo de menos. Mamá está siempre con el tío Adrián. No me hace caso".

Cada palabra era una daga.

"Leo, escúchame. Pronto nos iremos de aquí. Tú y yo. A un lugar nuevo".

"¿A la playa?", preguntó con un atisbo de emoción.

"Sí, a la playa. Pero es nuestro secreto, ¿vale?".

"Vale, papá. Nuestro secreto".

Cuando salí del hospital, una semana después, volví a un hogar que ya no era el mío.

Adrián y su hija Carla, una niña de seis años con la misma mirada manipuladora que su padre, ya se habían instalado.

Sofía me recibió con una sonrisa forzada.

"Mateo, qué bien que ya estés en casa. Justo a tiempo para ayudarnos con la mudanza".

No dijo "tu casa". Dijo "casa".

Adrián estaba en el salón, dirigiendo a los mozos de mudanza como si fuera el rey del castillo. Me miró con una sonrisa burlona.

"Vaya, vaya. Mira quién ha vuelto de entre los muertos. ¿Listo para el nuevo orden familiar?".

Lo ignoré y fui a buscar a Leo. Lo encontré en su habitación, acurrucado en un rincón.

"Papá, han puesto todas mis cosas en cajas", dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

"¿Por qué?".

En ese momento, Sofía entró en la habitación.

"Ah, Mateo. Sobre eso... Carla necesita una habitación más grande. Leo se mudará a la habitación de invitados. Es más pequeña, pero seguro que no le importa. Debe ser comprensivo".

Miré a mi hijo, luego a ella. La frialdad en mi interior se solidificó.

"No", dije simplemente.

Sofía parpadeó, sorprendida. "No es una pregunta, Mateo. Es una decisión".

"Y mi respuesta es no. Leo se queda en su habitación".

Adrián apareció en la puerta, con Carla de la mano.

"¿Hay algún problema, cariño?", le preguntó a Sofía, ignorándome por completo.

"Mateo está siendo un poco difícil".

Adrián me miró, su sonrisa se ensanchó. "Vamos, arquitecto. No seas así. Es solo una habitación. Además, como futuro padrastro de Leo, creo que mi hija debería tener prioridad. Por su bienestar emocional".

La palabra "padrastro" fue como un golpe.

Me agaché a la altura de Leo. "No te preocupes, campeón. Nadie te va a quitar tu habitación. Empaca tus cosas más importantes. Nos vamos de aquí".

Sofía se quedó boquiabierta. "¿Irte? ¿A dónde?".

"Lejos de ti. Lejos de él. El divorcio es real, Sofía. Y la custodia de Leo es mía".

Me levanté y la miré a los ojos. Vi pánico en ellos por primera vez. No por perderme a mí, sino por perder el control.

"No puedes hacer eso", siseó. "El acuerdo..."

"El acuerdo dice que nos divorciamos. Y eso es exactamente lo que vamos a hacer".

Tomé la mano de Leo y salimos de la habitación, dejando atrás a una Sofía furiosa y a un Adrián cuya sonrisa burlona finalmente había desaparecido.

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