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Portada de la novela Mi Amor, Mi Verdugo

Mi Amor, Mi Verdugo

Patrick entregó su vida a Scarlett, la Reina del Tequila, quien supuestamente renunció a todo por él. La traición estalla cuando ella elige tener un hijo con Leon Hewitt, su peor enemigo. Tras ser acusado falsamente de envenenamiento y sufrir maltratos ante la mirada gélida de su amada, Patrick huye de ese infierno. Oculto como docente en una aldea remota, intenta reconstruir su alma tras entender que quien lo salvó fue también su cruel verdugo.
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Capítulo 3

Me desperté en una habitación pequeña y solitaria. La cabeza me dolía terriblemente y el sabor metálico de la sangre todavía estaba en mi boca. Nadie vino a verme. Estaba completamente solo.

En la soledad de esa habitación, los recuerdos me invadieron.

Recordé el principio, cuando Scarlett Salazar, la heredera intocable, me perseguía por los campos de agave. Yo era solo un jimador, un trabajador humilde, y ella era la reina.

"Patrick, enséñame a jimar", me decía, con una sonrisa traviesa, mientras intentaba torpemente manejar la coa de jima.

"Señorita Salazar, se va a lastimar", le advertía yo, manteniendo la distancia.

"Llámame Scarlett. Y no me importa lastimarme si estoy contigo".

Recordé el día en que una serpiente de cascabel casi me muerde en el campo. Scarlett, sin pensarlo dos veces, se lanzó delante de mí, interponiéndose entre el peligro y yo. Pudo haber muerto. Ese día entendí la profundidad de su amor.

Recordé cómo me cuidaba. Si yo tenía un simple resfriado, ella movilizaba a los mejores médicos de Guadalajara. Me preparaba caldos, me arropaba y no se separaba de mi lado hasta que estaba completamente recuperado.

"Eres mi tesoro, Patrick. Tengo que cuidarte", me susurraba.

Me mimaba sin límites. Me compraba ropa cara que yo nunca aceptaba, planeaba viajes a lugares con los que yo solo podía soñar. Todo lo que quería, me lo daba. Su devoción era absoluta, casi sofocante.

"Patrick, cuando nos casemos, viviremos en una casa junto al mar. Lejos de todo esto", me prometió una noche, mientras mirábamos las estrellas desde el campo.

Ahora, acostado en esta cama fría, la ironía me quemaba por dentro.

¿Dónde estaba esa Scarlett? ¿Dónde estaba la mujer que arriesgaba su vida por mí? ¿La que me cuidaba con devoción?

Había desaparecido. Reemplazada por una extraña de ojos fríos que me había empujado, me había abandonado y me había acusado de crímenes que no cometí. El amor y el cuidado se habían convertido en indiferencia y daño. Todo había cambiado.

La puerta se abrió y ella entró. Llevaba un vestido elegante y su cabello estaba perfectamente peinado. Parecía que venía de una fiesta, no de visitar a un hombre al que supuestamente amaba y que yacía herido por su culpa.

"¿Cómo estás?", preguntó, su voz sin emoción.

No respondí. El dolor en mi cabeza era nada comparado con el dolor en mi alma.

"Patrick, ¿por qué sigues causando problemas?", dijo, su tono volviéndose acusador. "Leon está muy asustado. Mi padre está furioso. Si sigues así, nunca podremos irnos".

La miré, incrédulo.

"¿Yo estoy causando problemas? ¿Tú me empujaste, me dejaste sangrando en el suelo y yo soy el que causa problemas?".

"Lo hice para protegerte, ya te lo dije. Si no lo detenía, mis padres te habrían hecho algo peor. Todo lo que hago es para que podamos estar juntos. ¿No lo entiendes?".

Sus justificaciones eran como veneno. Ya no le creía. La confianza se había roto en mil pedazos, y no había forma de repararla.

"No, Scarlett. No lo entiendo", dije, mi voz apenas un susurro. "Ya no creo en tus palabras. Ya no creo en ti".

Vi un destello de pánico en sus ojos, pero desapareció tan rápido como llegó.

"Patrick, no digas eso. Te amo. Solo tienes que ser paciente".

"He sido paciente", respondí, sintiendo cómo la última pizca de esperanza se desvanecía. "He esperado mientras te acostabas con otro hombre. He esperado mientras tenías una hija con él. He esperado mientras me acusaban y me castigaban. ¿Cuánto más quieres que espere?".

"Solo un poco más", suplicó.

Negué con la cabeza lentamente.

"Se acabó, Scarlett. He perdido toda esperanza. Ya no puedo más".

Me di la vuelta en la cama, dándole la espalda. No quería verla más. Quería que se fuera y me dejara solo en mi miseria. Escuché sus pasos alejándose y luego el sonido de la puerta cerrándose.

El silencio que quedó era la prueba final de que nuestro amor, ese amor por el que ella había sacrificado tanto, estaba muerto.

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