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Portada de la novela Mi Amor Hecho Basura

Mi Amor Hecho Basura

Después de una década de sacrificio, mi lealtad hacia Mateo fue recompensada con la traición más cruel. Al descubrir su engaño con Sofía, presencié cómo él despreciaba nuestro pasado sin dudarlo. En medio de una fría lluvia, tras ser humillada para proteger a su amante, logré despertar de mi ceguera. Decidida a recuperar mi valor, abandono el papel de esposa sumisa. Aunque él asegura que fracasaré sin su apoyo, me alejo para empezar de nuevo y no volver jamás.
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Capítulo 3

Esa noche, una fiebre alta se apoderó de mi cuerpo, era como si toda la humillación y el dolor de los últimos diez años hubieran decidido salir de golpe, manifestándose en un calor que me quemaba desde adentro. Mi cuerpo, que había aguantado tanto en silencio, por fin se rindió. Temblaba bajo tres cobijas, empapada en sudor, con la cabeza a punto de estallar.

A la mañana siguiente, la lluvia caía a cántaros sobre la ciudad, un reflejo perfecto del desastre en mi interior. Me arrastré fuera de la cama, sentía cada músculo adolorido, cada hueso pesado. Me asomé por la ventana de mi pequeño departamento y mi vista se fijó en los botes de basura que estaban en la acera, listos para ser recogidos.

Y allí, en la cima de una bolsa negra y rota, vi un pedazo de madera familiar.

Era mi caja.

O lo que quedaba de ella.

Sin pensarlo, sin ponerme un abrigo, salí corriendo de mi edificio, me paré bajo la lluvia torrencial, que empapó mi pijama en segundos, el agua fría corría por mi cara, mezclándose con lágrimas que ni siquiera sabía que estaba derramando.

Metí las manos en la basura, sin importarme la suciedad, el asco, solo quería recuperar mis recuerdos, aunque estuvieran rotos y manchados. Saqué la foto de la graduación, ahora doblada y húmeda, la entrada del concierto, casi ilegible, la servilleta, convertida en una masa de papel.

Estaba de rodillas en la acera, tratando de juntar los pedazos, cuando un coche de lujo se detuvo bruscamente a mi lado, la ventanilla del copiloto bajó, y la cara perfectamente maquillada de Sofía me miró con una mezcla de diversión y desprecio.

"Vaya, vaya, mírate nada más", dijo, su voz goteando veneno. "Rebuscando en la basura, justo donde perteneces".

La puerta del conductor se abrió y Mateo bajó, sosteniendo un paraguas sobre la cabeza de Sofía, protegiéndola de la lluvia que a mí me estaba congelando hasta los huesos, él me miró, no con lástima, sino con un profundo fastidio.

"Ximena, ¿qué demonios estás haciendo? Levántate, estás haciendo un espectáculo".

No le respondí, seguí juntando mis pedazos rotos, mis manos temblaban tanto por el frío como por la rabia.

"¿Todavía con eso?", dijo él, pateando un trozo de la caja con la punta de su zapato caro. "Ya te dije que es basura. Supéralo".

Sofía soltó una risita.

"Déjala, mi amor, es lo único que tiene, pobrecita".

Esa fue la gota que derramó el vaso, me levanté lentamente, mis rodillas temblaban, pero mi espalda estaba recta, los miré a los dos, a él con su indiferencia cruel, a ella con su malicia triunfante.

Sostuve los restos empapados de mis recuerdos en mi mano y, con toda la calma que pude reunir, los dejé caer de nuevo en el bote de basura.

"Tienes razón", dije, mi voz sonó extrañamente firme, clara a pesar del ruido de la lluvia. "Es basura".

Me di la vuelta y caminé hacia mi edificio, sentía sus miradas clavadas en mi espalda.

"¡Ximena!", gritó Mateo, su voz ya no sonaba fastidiada, sino confundida, casi incrédula. "¿A dónde crees que vas? ¡Vuelve aquí!".

No me detuve, no miré atrás.

"¡Te estoy hablando!", insistió. "¡Deja de hacer berrinches! ¡Sabes que no puedes vivir sin mí!".

Abrí la puerta de mi edificio y, antes de entrar, me giré para mirarlo por última vez.

"Adiós, Mateo", dije, y esta vez, la palabra no sonó a despedida, sonó a liberación.

Pude ver la confusión en su rostro, la arrogancia luchando contra una extraña punzada de incertidumbre.

Sofía le tomó del brazo.

"Déjala, amor. Ya se le pasará", escuché que decía mientras la puerta se cerraba. "No durará ni una semana sin ti".

Mateo se quedó ahí parado, bajo la lluvia, viéndome desaparecer, probablemente convencido de que tenía razón, convencido de que yo, la tonta y dependiente Ximena, volvería arrastrándome a sus pies.

Pero mientras subía las escaleras, empapada y temblando, sabía que algo había cambiado para siempre, el amor que sentía por él, esa devoción ciega que me había consumido durante una década, se había ahogado esa mañana, bajo la lluvia, en un bote de basura.

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