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Portada de la novela Me Robaron el Corazón y la Vida

Me Robaron el Corazón y la Vida

En la novela romántica y de ciencia ficción Me Robaron el Corazón y la Vida, la protagonista pierde el trasplante que necesitaba debido a la traición de su esposo, Alejandro, quien prefiere salvar a Alicia García. Con solo una semana de vida, ella opta por la criopreservación y decide donar su cuerpo al proyecto de Alicia. Ante el alivio de su hijo, sus padres y su esposo, quienes creen erróneamente que ella ha perdonado a su hermana y dejado atrás el rencor, ella acepta en silencio devolverle su lugar a Alicia.
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Capítulo 1

El corazón compatible que llevaba dos años esperando terminó en manos de Alicia García porque mi esposo, Alejandro Guerra, decidió dárselo.

El médico me dijo que apenas me quedaba una semana de vida. Así que tomé una decisión: someterme a criopreservación.

Dejé establecido que, cuando muriera, mi cuerpo fuera donado al proyecto de investigación de Alicia.

El día que firmé la autorización de donación, mi hijo, Enrique Guerra, se lanzó a mis brazos y dijo:

—Por fin tú y Alicia hicieron las paces, mamá.

Mis padres me felicitaron por haber entendido al fin que entre hermanas había que quererse y apoyarse.

Alejandro, aliviado, dijo que por fin había dejado atrás el rencor y había entrado en razón.

Yo apenas sonreí.

Sí, esta vez sí había aprendido la lección.

Iba a devolverle a Alicia mi lugar como hija de la familia García y darles a todos exactamente lo que querían.

—Te queda muy poco tiempo. Despídete bien de tu familia.

El tono del médico era suave, incluso compasivo, pero sus palabras me cayeron en el pecho como una roca.

Aunque en el fondo ya había adivinado el resultado, cuando me dictaron aquella sentencia de muerte, las lágrimas se me escaparon igual.

Tenía apenas veintiocho años. Para seguir viviendo, había luchado con todas mis fuerzas.

Pero jamás imaginé que, después de tanto esperar, Alejandro me arrebataría el corazón compatible que por fin habían encontrado para mí. Se lo dio a Alicia, la falsa heredera de los García, que apenas padecía un problema cardíaco incipiente.

Llegué aturdida a la habitación de Alicia, y lo primero que vi fue a mis padres, a Alejandro y a Enrique rodeándola, pendientes de ella, preguntándole a cada rato cómo se sentía.

En cuanto me vio entrar, Alejandro dejó de inmediato el vaso con el que estaba dándole de beber y caminó hacia mí.

—¿Qué te dijo el médico?

Lo miré en silencio.

Él apartó la vista al instante, culpable, y empezó a justificarse con torpeza:

—En ese momento no había otra opción. Si Alicia no recibía el trasplante, no habría sobrevivido.

Mi madre intervino enseguida:

—Alejandro tiene razón. Esto era cuestión de vida o muerte. No me digas que vas a enojarte con nosotros por algo así, ¿verdad?

Las palabras que estaba a punto de decir se me quedaron en los labios. Al final, solo respondí con calma:

—No estoy enojada. El médico dijo que en una semana habrá buenas noticias.

Hice una breve pausa antes de añadir:

—Buenas noticias para todos.

Alejandro se acomodó las gafas de montura dorada. Detrás de ellas, se le iluminaron los ojos de inmediato.

—¿Tan pronto encontraron otro corazón compatible? Ya sabía yo que ese día habíamos tomado la decisión correcta.

Mi padre también soltó el aire, aliviado:

—Nuestra Alicia sí que tiene suerte. Si no le hubieran dado ese corazón a ella, seguro que habría empeorado muchísimo.

Mi madre asintió varias veces y, con una ternura infinita, le apartó a Alicia un mechón de cabello detrás de la oreja.

—La buena fortuna de nuestra Alicia apenas empieza. No como cierta persona, que perfectamente podía seguir esperando otro corazón compatible, armó un escándalo y nos dejó en ridículo a todos.

Aunque ya estaba decepcionada de ellos desde hacía mucho tiempo, en ese instante sentí que el pecho se me apretaba igual.

Apreté con fuerza la tela de mi vestido para contener las lágrimas que ya me ardían en los ojos.

Alejandro me miró con aparente ternura, pero lo que dijo fue tan frío que me heló la sangre:

—Ese día de verdad te pasaste. Creo que deberías pedirle perdón a Alicia.

Lo miré sin poder creerlo.

Alicia me había arrebatado el corazón, ¿y todavía querían que fuera yo quien le pidiera disculpas?

Mi madre lo secundó de inmediato:

—Claro que sí. Además, si no hubiera sido porque ese día te lanzaste sobre Alicia, a ella jamás le habría dado ese dolor en el pecho. Deberías agradecer que ahora siga aquí, viva. Porque si algo le hubiera pasado, en esta vida yo dejaría de considerarte mi hija.

Recordé entonces aquella escena.

Alicia se había plantado frente a mí, orgullosa, mostrándome las marcas de su cuello mientras presumía de lo mucho que Alejandro la consentía y de que ni siquiera sabía contenerse cuando estaba con ella…

Yo no pude soportarlo y le di una bofetada. Justo entonces, ellos entraron y lo vieron todo.

Alejandro, furioso, corrió hacia mí y me empujó con violencia.

Caí al suelo; todo me daba vueltas. Y, en medio de ese mareo, mi madre se lanzó sobre mí para golpearme.

Mi padre se quedó a poca distancia, observando con frialdad, como si también creyera que yo merecía una lección.

Después vino mi ataque al corazón.

Alicia también se llevó una mano al pecho y dijo que le dolía.

Pero todos pensaron que yo estaba fingiendo y que ella sí era la verdadera víctima.

Al recordarlo, curvé los labios en una sonrisa amarga y dije con indiferencia:

—Perdón. Fue culpa mía.

Nadie esperaba que me disculpara con tanta docilidad.

En la mirada de Alejandro apareció un dejo de sospecha.

Alicia también frunció el ceño, como si pensara: «Mira nada más qué bien finges».

Mis padres, por su parte, me miraron con una vigilancia casi instintiva, como si temieran que fuera a estallar otra vez.

Solo Enrique se alegró de verdad. Corrió hacia mí, se lanzó a mis brazos y dijo feliz:

—Mamá, qué bueno. Al fin aceptaste que te equivocaste. Ya no vuelvas a molestar a Alicia, ¿sí? Si sigues haciéndolo, yo también voy a dejar de quererte, igual que los abuelos.

Bajé la mirada hacia él. La frialdad de mis padres, sus malentendidos y su favoritismo… todo eso todavía podía soportarlo.

Pero él no. Él era mi hijo, el niño que llevé nueve meses en el vientre, y aun así prefería a Alicia. Eso era lo único que no podía soportar.

Pero ya no me quedaban fuerzas para seguir peleando por eso.

Le acaricié la cara con suavidad y sonreí.

—Te haré caso.

Mi madre por fin asintió, satisfecha.

—Bien. Parece que al fin aprendiste a comportarte.

Alejandro también terminó de relajarse.

—Por fin maduraste.

Al verlo adoptar esa expresión de falsa ternura, sentí un asco insoportable que me subió desde el estómago.

Fue entonces cuando Alicia soltó de pronto un quejido:

—Me duele…

Alejandro corrió hacia ella sin dudarlo ni un segundo.

Enrique, que hacía apenas un momento estaba abrazándome, también se apartó de mí y fue hacia Alicia.

—¿Dónde te duele? Te soplo y se te quita.

Mis padres tenían los ojos enrojecidos de la angustia.

Y yo, de pie a un lado, parecía una completa extraña. Ya no pude soportar más aquel ambiente. Dije que estaba cansada y me di la vuelta para salir de la habitación.

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