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Portada de la novela Me Quemo por Ti

Me Quemo por Ti

Un grave accidente deja a Ana en estado crítico, pero sus últimas palabras antes de la inconsciencia mencionan a Sebastián, su marido, y al enigmático Gabriel. Este desliz detona una crisis matrimonial marcada por los engaños de Sebastián y el resurgir de un vínculo peligroso con su pasado. A través de una narrativa no lineal, Ana se ve atrapada en un triángulo de traición y venganza donde deberá elegir entre la redención o su propia destrucción.
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Capítulo 1

La noche envolvía la carretera solitaria como un manto oscuro e implacable. La lluvia caía sin cesar, golpeando el asfalto con fuerza, creando charcos que reflejaban las luces de los faros lejanos, como espejos rotos. El silencio fue rasgado por el rugir de un motor, el frenazo desgarrador de las llantas, y luego... el estruendo terrible del metal chocando contra el metal. El mundo se partió en un segundo.

El coche quedó volcado a un lado del camino, el parabrisas destrozado, el motor expelía humo y el silencio volvió a imponerse, solo interrumpido por el golpeteo de la lluvia. Y en medio de todo eso, una figura se arrastraba débilmente. Ana. Su cuerpo estaba roto, herido, pero su alma parecía aún luchar por aferrarse a la vida.

Cada respiración era un esfuerzo titánico. Cada latido de su corazón dolía. El dolor la quemaba, pero lo que más le dolía era la confusión. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Por qué todo se sentía tan... lejano? Sus ojos, borrosos y desbordados de lágrimas, se clavaron en el techo del coche volcado. De su boca salió un susurro, débil, casi inaudible, mientras intentaba recordar algo importante.

-Sebastián... Gabriel...

¿Por qué esos nombres? Su mente gritaba, pero el cuerpo no respondía. ¿Qué significaban? Las palabras se escurrieron de sus labios como si se estuvieran desvaneciendo antes de ser completamente pronunciadas. No lo entendía, pero su corazón los reconocía, como si estuvieran marcados en su piel, en su alma.

-¿Por qué no...?- Sus pensamientos se entrelazaban como hilos rotos. Su pecho se hundió bajo el peso del miedo. ¿Qué pasó aquí?

El trueno resonó en la distancia, retumbando en su interior, como si el cielo mismo estuviera llorando por ella. Su cabeza giraba, y el mundo parecía perderse en un mar de sombras. La lluvia golpeaba cada vez más fuerte, como si la tierra tratara de enterrarla.

-No puedo morir aquí... no ahora... no sin... ¿Qué pasó con ellos? -se preguntaba a sí misma, con una desesperación que la envolvía. Sebastián... Gabriel... Los nombres se repetían en su mente como un mantra, pero cada vez se desdibujaban más.

De repente, un brillo tenue le robó la atención. En su mano, temblorosa, algo metálico, reflejaba las pocas luces que aún alcanzaban a filtrarse a través de la tormenta. Un colgante. Las iniciales "G.S." grabadas en él. Algo dentro de ella se quebró. Ese colgante. ¿Por qué estaba en sus manos?

Las sirenas comenzaron a sonar en la distancia, pero para Ana, todo parecía un eco lejano, como si las voces del mundo llegaran a ella desde un sueño lejano. Su cuerpo se sentía cada vez más pesado. El dolor la arrastraba hacia la inconsciencia, pero algo, una chispa de lucidez, la mantenía a flote. No podía rendirse.

A lo lejos, las luces rojas y azules de las ambulancias iluminaron la tormenta, pero Ana ya no podía moverse. Su mente, que antes luchaba por entender lo sucedido, ahora solo quería aferrarse a un solo pensamiento, una sola certeza: que alguien estuviera cerca. Alguien que pudiera salvarla. ¿Pero quién?

Cuando los paramédicos llegaron, la tomaron con suavidad, casi con reverencia, como si ella fuera frágil y preciosa, un cristal a punto de romperse. La voz de uno de ellos la atravesó, pero no pudo entender lo que decía.

-"Ana, respira hondo. Tranquila. Todo va a estar bien. Estamos aquí."-

Pero, ¿cómo podía creerle? El dolor se le clavaba en cada centímetro de su cuerpo. Su respiración era errática, y sentía como si su pecho estuviera a punto de explotar. Todo parecía un sueño, pero el colgante seguía en su mano, apretado con fuerza. ¿Por qué no podía recordar?

Los paramédicos, con manos firmes y eficientes, comenzaron a atenderla. Uno de ellos le colocó una máscara de oxígeno sobre la cara, y un estremecimiento recorrió su cuerpo. La humedad de la lluvia la empapaba, pero el frío que sentía venía desde adentro.

-"Ana, aguanta... no te vas a quedar sola" - le dijo la voz de un hombre. Ella quiso decir algo, pero las palabras no salían. Las lágrimas caían por su rostro, las arrastraba la lluvia, confundiendo su dolor con la tormenta que nunca cesaba.

¿Cómo llegó a este punto? El mundo comenzaba a desvanecerse ante sus ojos, pero en su mente, una imagen persistía, como una sombra que no la dejaba ir: el rostro de Sebastián en la penumbra, y los ojos de Gabriel, cargados de algo que no comprendía. ¿Por qué estaban ellos en sus recuerdos? ¿Qué papel jugaban en todo esto?

El dolor la sumió en la inconsciencia. La oscuridad la abrazó como un manto pesado. La última imagen fue el colgante brillando en su mano, como una promesa rota, como una llave que nunca podría abrir.

Y en el silencio, el misterio quedaba sembrado.

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