Portada de la novela Me Enamoré de mi Jefe Italiano

Me Enamoré de mi Jefe Italiano

8.6 / 10.0
Sarah Stenfield alcanza su meta profesional como diseñadora en Styles Mengoni, pero su éxito se complica por una intensa atracción hacia su jefe italiano. Lo que inicia como un sueño laboral deriva en un laberinto de sentimientos y conflictos corporativos. La llegada de Sarah desata una feroz rivalidad entre los hermanos Mengoni, quienes se disputan su atención. Atrapada en esta red de poder y deseos, ella deberá lidiar con dilemas familiares y pasiones inesperadas.

Me Enamoré de mi Jefe Italiano Capítulo 1

Entrevista con el Jefe

Ella aparece sin haber sido invitada, está presente en mi vida a pesar de mis esfuerzos por evitarlo. Simplemente quiero que se vaya, todo se vuelve oscuro y mis intentos por encontrar de nuevo los colores son en vano.

La depresión es un trastorno emocional que causa un sentimiento de tristeza constante. He perdido el interés en hacer lo que solía apasionarme, como dibujar. Afecta nuestros sentimientos, pensamientos y comportamiento y puede causarnos una variedad de problemas físicos y emocionales. A veces nos resulta difícil realizar las actividades diarias y sentimos que no vale la pena vivir.

Más que solo una tristeza pasajera, la depresión no es una debilidad y no se puede superar de la noche a la mañana de manera sencilla.

Me enrollo en la cama, intento conciliar el sueño pero no encuentro descanso. Pienso en muchas cosas, si tan solo mamá y papá estuvieran aquí conmigo, todo sería diferente. Los extraño tanto.

Algunas lágrimas recorren mis mejillas y caen sobre la almohada. Poco a poco mis ojos se cierran y caigo en un profundo sueño.

***

Los rayos del sol molestan mi rostro, giro en la cama hasta quedar boca arriba y observar el techo. Veo estrellas danzando en direcciones opuestas, haciendo que viejos recuerdos invadan mi mente.

Han pasado dos años desde que vivo en este lugar, el tiempo ha pasado rápido. Observo las paredes lilas, decoradas con bocetos de vestidos que diseñé en el pasado. Esas creaciones que solían inspirarme y ahora solo adornan las paredes de mi apartamento.

Con pereza me levanto y froto mis ojos, aún sintiendo las lágrimas secas en mi rostro. Ignorando los recuerdos de la noche anterior, camino hacia el baño para ducharme y cepillarme los dientes.

Lo hago rápidamente, ya que estoy llegando tarde. Compruebo la hora en mi móvil para estar segura de llegar a tiempo a la entrevista de trabajo. Me dirijo al armario, donde veo los vestidos que cosí. Elijo uno de tirantes hasta los muslos de color melón y unas zapatillas blancas.

Mi cabello cae sobre mi espalda en ondas de color claro, que resaltan las puntas. Me observo en el espejo y, satisfecha con mi aspecto, tomo mi bolso.

Desayuno en la pequeña cocina, con una tostada untada con Nutella y una taza de café. No puedo salir sin tomar al menos un sorbo de café, así que me lo bebo de un trago y salgo apresurada del apartamento. Muerdo la tostada mientras corro por las escaleras del edificio.

El miedo a lastimarme un pie desaparece, ya que todos los días hago lo mismo. Soy experta en bajar corriendo las escaleras.

Una vez fuera del edificio, camino rápido para coger un taxi. Le digo al conductor a dónde me dirijo.

El trayecto es corto, pero logro apreciar la belleza de la ciudad en la que vivo. Italia siempre ha sido conocida como el país de la moda, especialmente las ciudades de Roma y Milán. El arte, la cultura, la gastronomía y la historia forman parte de la vida diaria en Italia, pero la moda es algo que destaca en todas las calles italianas. Este fue uno de los motivos por los que me mudé aquí, con el sueño de convertirme en una reconocida diseñadora de moda.

El clima en Roma es generalmente mediterráneo, suave y templado. Por lo tanto, cualquier época del año es ideal para visitar la ciudad, pero la primavera y el otoño son especialmente recomendables debido a la menor afluencia de turistas. Las calles están llenas de gente madrugadora yendo a sus labores diarias.

Cinco minutos después, estoy en la empresa, admirando ese majestuoso edificio de vidrio azul. Es enorme, con diez pisos y la oficina del señor Mengoni en el penúltimo piso.

—Buenos días —saludo cortésmente a la secretaria de recepción, quien me mira por encima de sus gafas. Probablemente se esté preguntando quién soy, así que me presento de nuevo.

—Vine para la entrevista de trabajo —informo, sintiendo nerviosismo repentino. No es algo positivo, pienso.

La secretaria se levanta y me indica que la siga. Abre una puerta y me dice que pase. Entro con cautela y varios pares de ojos se posan en mí.

Unas chicas jóvenes están sentadas, esperando su turno. Mi atención se enfoca en una mujer con un porte serio, llevando un vestido ceñido al cuerpo con un adorno de volantes en la cintura que realza su figura. Es alta, de piel bronceada y cabello ondulado castaño claro. Sus ojos almendra están perfectamente delineados y una sonrisa adorna sus labios rojos.

—Buenos días, preciosa —me saluda, acercándose hacia mí.

—Buenos días —respondo con una sonrisa nerviosa.

—Toma asiento, las llamaremos a cada una en unos minutos. Voy a buscar al señor Mengoni.

Dicho esto, sale a paso rápido y cierra la puerta tras de sí. Las chicas comienzan a murmurar sobre el jefe, describiéndolo como un hombre guapo y adinerado. A temprana edad se hizo cargo de la empresa de su padre, siendo ahora responsable de todo. Tiene un hermano menor que aún estudia en la universidad. Eso es lo que logro escuchar antes de que la mujer regrese acompañada de un joven elegante, cuyos rasgos destacan sin duda alguna. La simetría de su rostro lo hace atractivo, con una barba cuidada, ojos azules celestes y cabello negro azabache peinado con un corte undercut.

—Buenos días— dice con voz profunda y grave, un extraño pero sensual acento extranjero hace que las chicas suspiren al verlo y no me quedo atrás. La verdad es que es muy guapo.

—Chicas, el señor Luca Mengoni, su jefe. Él hará las entrevistas, les deseo suerte— dice la mujer que según escuché se llama Camile.

Se marcha en cuanto lo dice, dejándonos solo con el jefe, quien detalla a cada una de las chicas hasta posar su mirada en mi presencia y apartarla sin más.

Rayos, eso sí que fue incómodo, no estoy acostumbrada a que me miren, prefiero pasar desapercibida.

La mañana pasó lenta, soy una de las últimas en ser llamada. Me dirijo con pasos cautelosos hacia la oficina del jefe, mi nerviosismo incrementa y mis manos están sudorosas. Al entrar, mis ojos recorren todo el lugar: paredes pintadas de gris y blanco es lo que veo. Una enorme ventana está ubicada a la izquierda, altos edificios pueden verse desde allí.

El señor Mengoni se da cuenta de mi presencia, deja los papeles a un lado y señala la silla frente a él.

—Toma asiento— ordena con tono amable. Hago lo que me pide, calmando mis nervios. Su presencia intimida un poco.

—Señorita Sarah Steinfeld, tiene veintiún años, estudió diseños de moda y no lo culminó. Aún así dice tener el potencial que se necesita— informa esto rápidamente leyendo mi currículum en la carpeta, para luego colocarlo en el escritorio y posar su mirada azul en mí.

—¿Por qué crees que deberías quedarte con el puesto?— pregunta con su mirada puesta en mí.

—Bueno, realmente porque diseñar es lo que me apasiona, y cuando hacemos lo que queremos las posibilidades de obtener empleo son más positivas. Y la verdad necesito este empleo, sé que eso es lo que menos importa, pero me comprometo a dar todo de mí, todo mi potencial en esta empresa.

Mientras digo todo esto, me sorprende no haber tartamudeado. El señor Mengoni me mira con interés, creo que no esperaba esa respuesta, ¿Será que dije disparates? O ¿No estuvo tan mal?

Sólo escucho el tic tac de las manecillas del reloj, que es interrumpido por la voz ronca del señor Mengoni.

—Tienes mucha pasión por lo que veo, eso es bueno. Se necesita empleados que se dediquen a su trabajo, que lo vean como algo importante. Gracias por todo, señorita Steinfeld— expresa mientras se levanta de su silla para luego tender su mano hacia mí.

¿Es todo? Pienso confundida. Sin más, me levanto de la silla y estrecho mi mano con el señor Mengoni, sintiendo cosquilleos en mi palma. ¡Cálmate Sarah! me ordena mi voz interna.

Ya estando en el piso donde están las demás chicas, tomo asiento. La incertidumbre de saber quién se queda con la vacante me llena de nervios.

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