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Portada de la novela Me Abandona y Elige La Despreciada

Me Abandona y Elige La Despreciada

Isabella, prometida de Miguel, presencia una traición imperdonable ante el agonizante Don Fernando. Miguel anula su compromiso para estar con La Luna, una impostora, y ataca a Isabella. Sin embargo, el patriarca descubre el engaño y deshereda a su hijo antes de fallecer, entregando su anillo de mando a la joven. Ahora, como la Reina Halcón, ella toma el control total de la organización y condena a los traidores al exilio en el desierto.
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Capítulo 2

El aire en la habitación era pesado, olía a medicinas caras y a muerte inminente. Don Fernando, El Patriarca, yacía en su enorme cama, con la piel pálida y pegada a los huesos. Durante semanas, los mejores doctores habían desfilado por la hacienda, pero todos se iban con la misma mirada de derrota. El imperio que había construido con sangre y plomo estaba a punto de quedar sin cabeza. Sus hombres de confianza, apostados en silencio en las esquinas, esperaban la orden final, la que nombraría al nuevo rey.

Y el rey designado era Miguel, su primogénito, el Príncipe Heredero.

En ese momento, la puerta se abrió con un golpe seco. Miguel entró, no con la solemnidad que la ocasión requería, sino con una urgencia febril en los ojos. Ignoró a los hombres armados, a los doctores y a su prometida, Isabella, que estaba sentada junto a la cama, cuidando del anciano.

Miguel caminó directamente hacia la cama de su padre. Y entonces, hizo algo que nadie esperaba. Se arrodilló.

El sonido de sus rodillas golpeando el mármol frío resonó en el silencio.

"Padre."

La voz de Miguel era un torbellino de emoción, una mezcla extraña de desafío y súplica.

Don Fernando abrió los ojos con esfuerzo, una chispa de vida titilando en sus pupilas cansadas.

"Padre, he venido a pedirte algo. Lo único que importa en mi vida."

Isabella se puso de pie, su rostro una máscara de preocupación. "¿Miguel, qué haces? Tu padre necesita descansar."

Miguel la ignoró por completo, sus ojos fijos en el rostro de Don Fernando.

"Quiero romper mi compromiso con Isabella. No la amo. ¡Amo a otra mujer! ¡La amo con toda mi alma y voy a casarme con ella!"

La declaración cayó como una bomba en la habitación. Los hombres de confianza se miraron entre sí, incómodos. Isabella se quedó paralizada, su rostro perdiendo todo color.

Don Fernando, que momentos antes parecía un cadáver, se incorporó de golpe en la cama. Una fuerza increíble pareció recorrer su cuerpo marchito. Sus ojos, antes nublados, ahora ardían con una furia que todos en esa habitación conocían y temían. Era la furia que había derribado a sus enemigos y construido un imperio.

"¿Qué… qué estupidez acabas de decir?" siseó Don Fernando, su voz rasposa pero llena de una nueva y aterradora vitalidad.

El doctor intentó acercarse. "Don Fernando, por favor, su presión…"

"¡Fuera!" rugió el viejo capo, y el doctor retrocedió como si lo hubieran golpeado.

Miguel, envalentonado por su propia pasión, levantó la cabeza.

"¡No es una estupidez! Es amor verdadero. Se llama La Luna. La conocí en un club, un lugar humilde, pero ella… ella es mágica, padre. Es una curandera, una viajera del tiempo. Ella ve el futuro. ¡Nuestro futuro!"

Don Fernando lo miró como si estuviera viendo a un fantasma, o peor, a un completo idiota.

"¿Una curandera? ¿Una viajera del tiempo? ¿En un club de mala muerte?" La risa de Don Fernando fue seca, horrible. "Has perdido el juicio."

"¡No he perdido nada! ¡Lo he encontrado todo!" gritó Miguel, poniéndose de pie. "Ella es mi destino. No esta… esta alianza política." Señaló a Isabella con desprecio. "No necesito al General Ramírez ni a sus hombres. La Luna tiene una fórmula, padre. Una fórmula secreta para una nueva droga que nos hará cien veces más ricos y poderosos. ¡No necesitaremos a nadie!"

Isabella, que había permanecido en silencio, finalmente habló, su voz tranquila pero firme. "Miguel, por favor. Piensa en lo que estás diciendo. Piensa en tu familia, en nuestro honor."

Miguel se giró hacia ella, su rostro contorsionado por la rabia. Caminó hasta ella y la agarró bruscamente del brazo.

"¿Honor? ¿Tu honor? ¡No me importas tú ni tu padre!"

La abofeteó.

El sonido de la bofetada fue agudo y brutal. Isabella tropezó hacia atrás, llevándose una mano a la mejilla, donde una marca roja comenzaba a florecer. Pero no lloró. No gritó. Simplemente lo miró, y en sus ojos no había miedo, sino un frío y profundo desprecio que pareció helar el aire.

"Algún día te arrepentirás de esto, Miguel," dijo ella, con una calma que era más aterradora que cualquier grito. "No por mí. Por ti."

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