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Portada de la novela Matrimonio Muerto: Venganza en Nochevieja

Matrimonio Muerto: Venganza en Nochevieja

Un viaje hacia la casa de su suegra en plena Nochevieja se torna oscuro cuando el protagonista decide vigilar sus cámaras de seguridad. El descubrimiento es devastador: Sofía le es infiel en su propio lecho. La traición se vuelve total al recibir una cínica llamada de Elena, quien solo busca su dinero y revela la complicidad familiar. Con el corazón roto y el matrimonio acabado, él abandona el dolor para ejecutar una fría y letal venganza contra todos.
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Capítulo 2

El tren se movía con una lentitud exasperante, cada sacudida una molestia en el largo viaje hacia el pueblo de mi suegra. Era la víspera de Año Nuevo y, como cada año, cumplía con la tradición de reunirme con la familia de mi esposa, Sofía. El paisaje a través de la ventana era monótono, un borrón de campos secos bajo el sol de invierno. Saqué mi teléfono, no por aburrimiento, sino por una repentina e inexplicable inquietud. Tenía instaladas cámaras de seguridad en casa, una medida que tomé más por precaución profesional que por desconfianza real. Abrí la aplicación.

La imagen tardó un momento en cargar. La sala de estar estaba vacía. Cambié a la cámara del dormitorio principal. Y entonces, todo se detuvo. Mi respiración, el ruido del tren, el mundo entero.

Sofía no estaba sola.

Un hombre que no era yo la besaba en nuestra cama. La cama que habíamos elegido juntos. La cama donde yo dormía cada noche. No aparté la vista, no podía. Observé cada movimiento, cada sonrisa, cada gesto de intimidad que ya no me pertenecía. Sentí un frío glacial extendiéndose desde mi pecho hacia el resto de mi cuerpo. No había dolor, no todavía. Solo una claridad terrible y absoluta. Era la víspera de Año Nuevo y mi matrimonio había muerto.

Guardé el teléfono en mi bolsillo con un movimiento lento y deliberado. Mis manos no temblaban. Mi rostro permaneció impasible. El exitoso abogado, Ricardo "Ricky" Morales, siempre mantenía la compostura.

"¿Se encuentra bien, señor?"

Una voz suave me sacó de mi trance. A mi lado, una mujer me miraba con genuina preocupación. No me había dado cuenta de su presencia hasta ese momento. Era atractiva, con ojos oscuros que parecían entender más de lo que veían.

Asentí rígidamente.

"Sí, gracias. Solo… malas noticias del trabajo."

Mintió mi boca, mientras mi mente repetía la imagen una y otra vez.

Ella no pareció convencida.

"Lo siento mucho. A veces las malas noticias llegan en el peor momento."

Hubo algo en su tono, una empatía que no era simple cortesía. La miré por primera vez, realmente la miré. Vi una tristeza familiar en sus ojos.

"Mi nombre es Isabella," dijo, extendiendo una mano.

"Ricky," respondí, estrechándola. Su mano era cálida.

No sé por qué lo hice. Quizás fue la conmoción, o la extraña intimidad que se crea entre extraños en un viaje largo. Pero las palabras salieron de mí antes de que pudiera detenerlas.

"Mi esposa," dije en un susurro apenas audible. "Acabo de verla con otro hombre. En nuestra casa."

Isabella no se sorprendió. Su expresión se endureció con una comprensión amarga.

"Mi esposo," respondió ella, con la misma voz baja. "Vació nuestras cuentas bancarias y se fugó con su secretaria hace dos días. Yo también voy a casa de mi madre."

Nos quedamos en silencio por un largo momento. Dos extraños en un tren, unidos por la misma traición. Era una especie de consuelo oscuro y retorcido. Ya no estaba solo en mi infierno personal, tenía compañía.

Miré por la ventana de nuevo. El paisaje ya no me parecía monótono. Ahora parecía un lienzo en blanco, esperando a que pintara mi siguiente movimiento. La rabia aún no había llegado. En su lugar, una calma helada se apoderó de mí. Mi mente de abogado, entrenada para encontrar la debilidad del oponente y explotarla, comenzó a trabajar a toda velocidad. No iba a gritar, no iba a llorar. Iba a planificar.

Mi teléfono vibró. Era mi suegra, Elena. El universo tenía un sentido del humor macabro.

Contesté la llamada.

"¡Ricky, mi hijo! ¿Ya vienes en camino? ¡Qué bueno!" Su voz era falsamente alegre, empalagosa.

"Sí, Elena. En el tren."

"Oye, mi amor, te llamaba para una cosita. Fíjate que para la cena de esta noche nos faltó comprar unas cosas, el vino importado que te gusta y unos quesos finos. ¿No serías tan amable de transferirme unos… digamos, diez mil pesitos? Para que todo esté perfecto para cuando llegues."

Diez mil pesos. Por vino y quesos. Y lo pedía con una naturalidad que me revolvió el estómago. Ahora entendía. Ella lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Elena nunca había visto en mí a un yerno, sino a una cartera andante. Ella y su hija habían estado estafándome, desplumándome durante años, y yo, en mi ciega ingenuidad, nunca lo vi.

Una sonrisa fría se dibujó en mis labios.

"Claro que sí, Elena. No te preocupes por nada."

"¡Ay, gracias, mi vida! ¡Sabía que podía contar contigo! Eres el mejor yerno del mundo. Sofía tiene tanta suerte de tenerte."

La ironía era tan densa que casi podía saborearla.

"Por cierto, Elena," añadí, mi voz casual, casi juguetona. "Dile a Sofía que le llevo una sorpresa muy especial para la fiesta del pueblo de mañana. Algo que nadie se espera."

Hubo una pausa al otro lado de la línea. Pude imaginar su rostro, la sonrisa codiciosa vacilando, reemplazada por una sombra de incertidumbre.

"¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa, Ricky?"

"Si te lo digo, ya no sería una sorpresa, ¿verdad? Nos vemos en unas horas."

Colgué antes de que pudiera responder.

Me volví hacia Isabella. Ella me había estado observando, una chispa de interés en sus ojos oscuros.

"Parece que tienes un plan," dijo.

"Tienen una fiesta en el pueblo mañana por la noche," le expliqué. "Toda la gente estará allí. Mi esposa y mi suegra aman la atención, aman ser el centro del universo en ese pequeño lugar."

Mis labios se curvaron en una sonrisa que no llegó a mis ojos.

"Ellas creen que la sorpresa es un regalo caro. Un coche nuevo, tal vez. O un viaje a Europa."

Hice una pausa, saboreando el momento.

"Pero la sorpresa que les tengo preparada es mucho más cruel. Y mucho más satisfactoria."

Isabella me miró, y por primera vez desde que la conocí, vi una sonrisa formarse en sus labios. Una sonrisa que reflejaba la mía.

"Me gusta cómo suena eso," dijo. "Una justicia poética."

Asentí.

"Exactamente. Una justicia poética. Al estilo mexicano."

El tren finalmente comenzó a acelerar, llevándome hacia mi destino. Hacia mi venganza. La fiesta de Año Nuevo de este año sería inolvidable.

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