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Portada de la novela Más que amantes (eso éramos)

Más que amantes (eso éramos)

Anne nunca imaginó que su conexión con Angel alcanzaría tal magnitud. Inmersos en un romance prohibido, ambos se ven envueltos en un vendaval de emociones que desafía cualquier razonamiento lógico. Esta relación clandestina los obliga a despojarse de sus máscaras, exponiendo intimidades y anhelos sombríos que mantenían ocultos. Ahora, deberán lidiar con las repercusiones de una pasión incontrolable que amenaza con transformar sus vidas para siempre.
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Capítulo 2

La mañana estuvo algo complicada. Nunca falta un inconveniente entre estudiantes; es común en estas fechas, creo que es por la proximidad a terminar el año escolar y se muestran incontrolables, exhaustos.

Un par de veces, se oyen en los pasillos, la algarabía de los chicos gritando por una nueva pelea en el patio central. Los profesores separan a los contrincantes. Los llevan a la dirección. Mientras, atenta, observó por la ventana de la sala, que da al patio.

–Gracias a Dios, es viernes–comenta Daniela, mi compañera de Biblioteca.

–Sí, menos mal, ya terminó la semana.

Los pocos momentos que tengo para pensar, son invadidos por la sonrisa de Ángel. Ya algo sobria, me interpelo a mí misma por ello:

–¿Qué rayos te ocurre con ese hombre Anne? ¡es casado!

No hago caso a mis brotes de conciencia. Nunca había sentido aquello por ningún otro hombre. ¿Por qué debía poner barreras en algo que tal vez, ni siquiera era posible?

Hora de salida. Salgo camino hacia la parada. Allí, Jesús, uno de mis colegas, me ofrece llevarme a casa. Aprovecho su ofrecimiento. No es muy agradable tomar un bus en una hora tope y menos un viernes.

–¿Qué harás esta noche?– me pregunta él.

–Descansar un poco, creo. Anoche estuve en una reunión y me dormí algo tarde– le respondo– Pero... si cambio de plan te aviso.

–Me parece perfecto. Voy a reunirme con un primo para ir a tomar unas cervezas y cantar en un Kareoke

–OK. Estamos en contacto.

Me despido, él me da un beso en la mejilla. Yo me bajo del auto y entro a la urbanización.

Sé que le gusto. Aunque es mucho menor que yo. A los 40 años, toda mujer se vuelve más atractiva porque ya no tiene tanto que perder, ni menos que creer. Es sólo vivir a cuenta y riesgo.

Cuando voy entrando, Carlos va saliendo en su auto.

–Vecina, tengo un libro de Miguel Ruiz “La maestría del Amor”, pasa esta noche por casa para prestárselo, ¡está buenísimo!

–Claro vecino, yo paso por allá.

Camino hasta mi casa, abro la puerta, entro a mi cuarto. Aún estoy con algo de resaca. Me recuesto para descansar un poco. Me quedo dormida. Oigo que me tocan el pie, es Katrina:

–Levántate mami, vamos a cenar.

–¿Cenar?– pregunto sorprendida, mientras busco mi teléfono y veo la hora 7:00pm.

–Luego de cenar, voy con Alejandra y Javier a casa de Diego. ¿Puedo?

–Sí mi amor, ve. Yo voy a estar donde Carlos que me va a prestar un libro. Y posiblemente vaya con Jesús a un Kareoke.

–OK mami, me envías un mensaje. Nosotros veremos algunas pelis.

Luego de la cena, Katri y yo, vamos donde Alicia. Están reunidos Carlos y tres personas más. Cuando me aproximo está él. Siento mi corazón agitarse con sólo oír su voz. Algo apenada, saludo de forma general.

Carlos me ofrece una cerveza. Dicen que es bueno, para la resaca, tomar una cerveza bien fría.

–Vecina, tómese una– dice extendiendo la mano para darme una cerveza.

La tomo y me siento. Evito mirar a Ángel, pero él me desviste con su mirada.

En ese instante, salen Alicia acompañada de Bianca. Ambas me saludan. Ella se sienta al lado de él. Como una estúpida, siento celos. Como si no supiese que él le pertenece.

Bebo la cerveza, tomo el libro de la mesa y me despido

–¿Ya te vas, vecina?– pregunta Carlos.

–Sí, vecino. Tengo una invitación de un colega para ir a un Kareoke– hice tanto énfasis y emoción que pude ver de reojos, la actitud de Ángel ante mis palabras.

No sería yo, la única en sentir celos.

–Bueno vecina, diviértase– comentó Carlos.

Me puse de pie, me despedí con un “buenas noches” y me fui. Caminé apresurada. Necesitaba tranquilizarme. Tomé la llave, abrí la puerta. Entré a mi cuarto. Tomé el libro e intenté comenzar a leer. No lograba concentrarme, me sentía absurdamente celosa y evidentemente había perdido el control de la realidad.

Intenté releer nuevamente el primer párrafo del libro, enfocar mi atención en ello.

“La vida no es que un sueño y si somos artistas, crearemos nuestra vida con amor”, hermosa frase. Hermosa y difícil de entender, más aún cuando siempre el amor había sido un tema de poco interés para mí.

Mucho de los poemas que había escrito durante mi juventud, habían ido del amor a la soledad y viceversa. Pero confieso que más creía en la soledad que en el mismo amor. Tal vez algunas desilusiones del pasado, incluso el haber tenido una hija de un hombre que no me amaba con la misma intensidad que yo a él, me habían dado esa percepción.

Sin embargo,  la atracción que sentía por Ángel no sólo era inusual sino poderosa.

Cerré el libro; era inevitable, todo me llevaba a él. Me levanté, fui hasta la cocina a buscar algo de comer. Me asomé por la ventana y vi el carro de Luis. Allí iba él de copiloto. Al mismo momento que lo vi, él volteo hacia mí casa. Nuestras miradas se entrecruzaron como se entrecruzan el pasado con el presente, sin poder evitarlo.

Regresé a mi cuarto. Un mensaje en el chat.

Jesús: ¿paso por ti?

Preferí no responder. No quería salir. Estaba agotada y en cierta forma, me sentía atrapada entre las redes de Ángel. En sus ojos verdes, en su melómana voz y en su sonrisa.

Llamé a Katrina. Como siempre, nunca respondía; le dejé entonces un audio:

“Estoy en casa, no saldré. Te espero. No se vengan muy tarde de casa de Diego”

No podía conciliar el sueño. Ya había dormido mucho durante la tarde. Di varias vueltas en la cama, mis pensamientos parecían rotar con mis movimientos pero siempre caían en el mismo lugar, ¿su nombre tendría que ver con ello? ¿Era un ángel y por ello me perseguía a todos lados? Sonreí con sarcasmo al recordar que Lucifer también era un ángel y por lo contradictorio e inmoral de mis pensamientos, debía ser algo más infernal que celestial.

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