
Más Allá del Zapateado: Mi Venganza
Capítulo 2
La noche de la gala benéfica de Sevilla era un hervidero de lujo y susurros, pero para mí, Lucía, era el escenario de mi ejecución pública.
El subastador, con una sonrisa cómplice, presentó el "lote misterioso": un vídeo.
En la pantalla gigante, mi silueta se movía en una danza flamenca íntima y febril, una que nunca había bailado para un público.
El ángulo, el montaje, todo estaba diseñado para insinuar algo sucio, algo clandestino.
"¡Cien mil euros!", gritó un amigo de Mateo, mi amigo de la infancia.
Mateo, a su lado, no hizo nada para detenerlo, solo le sonrió a Sofía, la chica sentada a su lado, como si le ofreciera mi humillación en una bandeja de plata.
Sofía, la hija de la mujer que supuestamente salvó a Mateo y a Javier de niños, la chica a la que le debían todo.
Mi corazón se apretó, busqué con la mirada a Javier, el otro pilar de mi infancia, esperando un rescate.
Él me vio, su rostro era una máscara de preocupación, pero no se movió.
No podía respirar, me levanté y salí del salón, huyendo de las miradas y las risas ahogadas.
Necesitaba aire.
Me escondí en un pequeño almacén al final del pasillo, el olor a cera para suelos y vino rancio me golpeó.
Fue entonces cuando los oí.
La voz de Mateo, arrogante y cruel.
"¿Viste su cara? Parecía un perro apaleado, con suerte aprenderá la lección y dejará de soñar con Madrid."
La risa fría de Javier le respondió.
"No seas tan duro, Mateo, solo estamos ayudando a Sofía a conseguir lo que se merece, ese puesto en el Ballet Nacional es suyo por derecho."
"¿Y drogarla y grabarla fue tu idea, no, Javi? Siempre tan sutil."
"Era necesario, Lucía es demasiado terca, cree que su talento le da derecho a todo, pero hay deudas que se pagan con la vida."
El mundo se desmoronó bajo mis pies.
Así que no fue un accidente, no fue una mala noche.
Fue planeado.
La fiesta de celebración de hace dos meses, la bebida que sabía rara, el despertar confusa y dolorida en una habitación de hotel desconocida.
Todo había sido obra de ellos.
De los dos chicos que juré proteger con mi silencio, los mismos por los que mi madre había muerto.
El dolor era tan agudo que me doblé, mordiéndome la mano para no gritar.
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