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Portada de la novela Más Allá de la Traición: Su Ascenso

Más Allá de la Traición: Su Ascenso

Alondra recupera su libertad tras tres años en prisión por un homicidio que no cometió. Al salir, descubre que su esposo Alejandro convive con Katerina, la supuesta víctima. Él admite que todo fue un plan para doblegarla, dejándola en la calle y sin nada. Ante tal crueldad, la mente de Alondra se fractura, dando paso al surgimiento de Aja. Esta nueva personalidad, letal y despiadada, toma el control absoluto para iniciar una sangrienta venganza contra quienes la traicionaron.
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Capítulo 3

Una semana después, Alejandro hizo un espectáculo de cumplir su promesa. Aja observó desde la ventana de arriba cómo cargaba las maletas de diseñador de Katerina en la cajuela de su auto. Katerina lloraba, una exhibición teatral de desamor.

Pero mientras se alejaban, Aja notó una pequeña caja de terciopelo para joyas dejada intencionalmente en la barandilla del porche. Una marca. Una señal de que esto no era un final, sino un intermedio.

Alejandro regresó esa noche, con aspecto cansado pero triunfante.

—Se ha ido —anunció—. Para siempre.

Intentó ocultar la caja de joyas, pero Aja vio el torpe movimiento mientras la deslizaba en su bolsillo. Luego le presentó regalos que supuestamente había estado acumulando durante tres años: un collar de diamantes, un reloj de diseñador, un raro libro de primera edición que ella siempre había querido. Disculpas materiales por un crimen espiritual.

Quería celebrar.

—Mi empresa está lanzando una nueva línea de productos —dijo—. Hay una fiesta esta noche. Te quiero en mi brazo. Mostrarle a todos que hemos vuelto. Más fuertes que nunca.

Aja sintió un nudo frío en el estómago, pero aceptó. Era parte del juego. Dejarle pensar que estaba ganando.

La fiesta fue un evento deslumbrante, lleno de la élite de la ciudad. Por un tiempo, funcionó. Alejandro era encantador, atento, el esposo perfecto haciendo un gran regreso con su esposa agraviada. La gente sonreía, susurraba y le daba la bienvenida de nuevo al redil.

Entonces su teléfono vibró. Miró la pantalla y su rostro se tensó.

—Es una emergencia en el laboratorio —dijo, su voz tensa de molestia—. Tengo que ir. Volveré en una hora, como máximo. No te muevas.

Le besó la mejilla y desapareció entre la multitud.

Aja se quedó sola. En el momento en que la presencia protectora de Alejandro se desvaneció, la atmósfera cambió. Los susurros cambiaron. Las sonrisas se convirtieron en muecas de desprecio.

—Esa es ella —dijo una mujer, sin molestarse en bajar la voz—. La que mató a su amante.

—Escuché que fue absuelta por un tecnicismo —agregó otra—. Pero todos saben que lo hizo.

Aja intentó ignorarlas, dirigiéndose hacia la barra. Pero la siguieron, una manada de hienas que sentían la debilidad.

—Asesina —siseó alguien.

—No soy una asesina —dijo Aja, su voz firme, pero un temblor del viejo miedo de Alondra la recorrió.

La multitud se envalentonó, presionándola. —Te saliste con la tuya, pero lo sabemos. Eres un monstruo.

Una mano la empujó por detrás. Tropezó, agarrándose a la barra. El recuerdo de una pelea en el patio de la prisión pasó por su mente: el olor a sudor y miedo, el golpe sordo de un puño contra la carne. Instintivamente se agachó, su cuerpo tensándose para un golpe.

—Mírenla —se burló un hombre—. Encogiéndose como el animal que es.

Alguien arrojó una bebida. El líquido frío empapó el frente de su vestido, goteando en el suelo. La humillación fue algo físico, caliente y sofocante.

Justo cuando un hombre se abalanzó sobre ella, Alejandro reapareció.

Se movió a través de la multitud como una fuerza de la naturaleza, su rostro una máscara de furia. —¡Aléjense de mi esposa! —rugió.

Envolvió un brazo protector alrededor de Aja, atrayéndola a su lado. Miró a los atónitos espectadores, su voz goteando amenaza.

—La próxima persona que le diga una palabra tendrá que vérselas conmigo. Y les prometo que no quieren eso.

La multitud se calló, intimidada por su poder y riqueza. Alejandro Cárdenas no era un hombre con el que te metías.

Aja se apoyó en él, un destello de la vieja dependencia de Alondra aflorando. Por un solo, traicionero momento, se sintió segura.

Entonces una nueva voz cortó el silencio.

—Alex, prometiste que volverías enseguida.

Katerina.

Estaba de pie al borde de la multitud, vestida con un impresionante vestido rojo, su mano descansando delicadamente sobre su vientre ligeramente abultado.

—Estaba esperando en el auto —dijo, su voz temblando con un dolor fabricado—. Dijiste que solo ibas a buscar a tu esposa y luego nos iríamos.

Alejandro se congeló. Todo su cuerpo se puso rígido.

Aja miró de su rostro atónito al triunfante de Katerina. La emergencia en el laboratorio. El rápido regreso. Todo era otra mentira. No había enviado a Katerina lejos. Simplemente la había escondido en el auto, planeando dejar a Alondra en casa y volver con su amante.

Katerina caminó hacia ellos, sus ojos fijos en los de Alejandro. —¿Vienes, o te quedas con... ella?

Aja podía sentir la guerra que se libraba dentro de él. El tirón de su deber hacia la mujer en su brazo, y el tirón de su deseo por la mujer de rojo.

Sintió la vieja debilidad de Alondra invadiéndola, el mareo, las náuseas. Se tambaleó.

Katerina vio su oportunidad. Dejó escapar un suave sollozo, se dio la vuelta y huyó.

Sin dudarlo un segundo, Alejandro soltó a Aja y corrió tras ella.

—¡Kat, espera!

Aja se quedó sola de nuevo, de pie en un charco de champán derramado, los ojos de toda la fiesta sobre ella. La lástima. El desprecio. El juicio.

Todo era un juego. Un juego enfermo y retorcido donde ella era el peón. Ese destello de esperanza, de seguridad en sus brazos, era solo otra ilusión.

Salió de la fiesta, con la cabeza en alto, y tomó un taxi de regreso a la casa vacía y silenciosa.

Él no volvió a casa esa noche.

Aja permaneció despierta, mirando el techo, la última esperanza frágil de Alondra convirtiéndose en polvo.

A la mañana siguiente, escuchó abrirse la puerta principal. No era Alejandro.

Era Katerina. Entró pavoneándose, con un bolso de diseñador, y le dedicó a Aja una sonrisa perezosa y triunfante.

—Se sintió mal por dejarte anoche —dijo Katerina, su voz goteando falsa simpatía—. Pero me necesitaba.

Se palmeó el vientre. —El bebé y yo lo necesitábamos.

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