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Portada de la novela Más Allá de la Lesión

Más Allá de la Lesión

Tras una grave lesión de rodilla, mi sueño en Los Titanes se desvaneció. Javier, mi gran rival, no solo ocupó mi lugar en el campo, sino que se quedó con Sofía, mi prometida. Ante el desprecio de mi propio padre, quien priorizó el dinero a mi bienestar, decidí marcharme sin nada. Ahora, impulsado por el rencor y el deseo de superación, busco una segunda oportunidad en el modesto Estrella del Sur. Bajo la dura disciplina de Elena Acosta, intentaré resurgir.
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Capítulo 3

Pasaron tres meses.

En la capital, Sofía Herrera a veces miraba su teléfono, preguntándose dónde estaría Mateo.

Su padre, Don Alejandro, le había dicho que Mateo era un capítulo cerrado, un mal negocio.

Javier Morales era ahora la estrella, el presente y el futuro.

Pero a veces, en la soledad de su lujosa habitación, Sofía recordaba la mirada de Mateo, la pasión pura por el fútbol, no por el dinero o la fama.

Recordaba también el anillo de compromiso que él le había devuelto por mensajero el día que se fue.

Una nota escueta lo acompañaba: "Quédate con tus opciones seguras."

Esa frase le quemaba más de lo que admitiría.

El sorteo de la Copa Nacional estaba en marcha, transmitido por televisión.

Don Alejandro Herrera sonreía, flanqueado por directivos y por Javier, quien lucía un traje caro y una confianza desbordante.

El presentador anunció el próximo emparejamiento de Los Titanes de la Capital.

"Y su rival en la primera ronda será… ¡Estrella del Sur! Un modesto club de la costa que ha sorprendido a todos llegando a esta instancia."

Javier soltó una risita condescendiente. "Un trámite," le susurró a Sofía.

Cuando las cámaras enfocaron al banquillo de Estrella del Sur durante un breve reportaje previo, Sofía contuvo el aliento.

Allí estaba él. Mateo.

Más delgado, quizá, con el pelo un poco más largo, la piel bronceada por el sol costero.

Pero sus ojos… sus ojos brillaban con una intensidad que ella no recordaba haber visto antes.

No era el chico promesa de Los Titanes.

Era un hombre. Un líder.

Vestía el humilde uniforme de Estrella del Sur, pero lo llevaba con una dignidad que eclipsaba los trajes de marca de Javier.

El día del partido, el estadio de Los Titanes estaba lleno.

El morbo del regreso de Mateo era el plato principal.

Cuando Estrella del Sur salió a calentar, un murmullo recorrió las gradas.

Mateo caminaba al frente, ahora capitán de ese equipo de desconocidos.

Sofía lo vio desde el palco presidencial.

Sintió una punzada extraña, una mezcla de arrepentimiento y una admiración que la sorprendió.

Era como ver una perla que había estado cubierta de polvo y que ahora, bajo una nueva luz, revelaba su verdadero brillo.

Javier Morales, al verlo, sintió una oleada de irritación.

¿Ese perdedor otra vez? ¿Y por qué Sofía lo miraba así?

Intentó tomar la mano de Sofía, buscando reafirmar su posesión.

Ella la retiró con suavidad, sus ojos fijos en la figura de Mateo en el campo.

Javier apretó la mandíbula. Esta noche, se aseguraría de humillarlo.

Mateo sintió la mirada de Sofía, la presencia arrogante de Javier.

Una vieja amargura intentó subir por su garganta, pero la ahogó.

Recordó los meses de entrenamiento brutal bajo el sol inclemente, las palabras ásperas pero certeras de Elena, la confianza de sus nuevos compañeros.

Ya no era el mismo.

Pablo Ríos, su mediocampista y ahora amigo leal, le dio una palmada en la espalda.

"Tranquilo, capitán. Estamos contigo."

Leo Solís, el delantero veloz y alocado, hacía cabriolas para liberar la tensión.

Luna Solís, su hermana y la defensa aguerrida del equipo, le dedicó una mirada de firme apoyo.

Este era su equipo ahora. Su familia.

Lucharía por ellos, no contra sus fantasmas.

El sorteo había sido caprichoso, o quizás el destino tenía un sentido del humor retorcido.

Enfrentar a Los Titanes en la primera ronda. Enfrentar a Javier.

Una prueba de fuego.

Javier se acercó durante el calentamiento, una sonrisa de superioridad en su rostro.

"Vaya, vaya. Miren quién regresó de entre los muertos. ¿Listo para otra lección, Vargas?"

Mateo lo miró con calma, una media sonrisa dibujándose en sus labios.

"Siempre estoy listo para jugar, Morales. Y tú, ¿listo para correr?"

La respuesta tranquila pareció descolocar a Javier más que cualquier insulto.

Una sombra de duda, un eco del dolor pasado, cruzó la mente de Mateo por un instante.

El recuerdo de la camilla, del quirófano, de las caras de lástima.

Sacudió la cabeza. Esa era otra vida.

Elena le había enseñado a canalizar el dolor, a convertirlo en combustible.

"La Leona" Acosta, con su cinismo y su ojo clínico, había visto algo en él cuando nadie más lo hizo.

Le debía a ella, y a sí mismo, darlo todo.

Los hermanos Solís se acercaron.

"Capitán, no te dejes provocar por ese payaso," dijo Luna, siempre la voz de la razón.

Leo añadió, "¡Vamos a demostrarles quiénes somos! ¡Estrella del Sur va a brillar!"

Mateo sonrió. La energía de sus compañeros era contagiosa.

Buscó con la mirada a Elena.

Ella debería estar en el banquillo, dando las últimas instrucciones, pero no la veía.

"¿Alguien ha visto a Elena?" preguntó a Pablo.

Pablo suspiró. "Probablemente esté escondida en algún rincón, fumando o leyendo alguna filosofía barata. Ya sabes cómo es."

Elena Acosta era un enigma.

Ex-futbolista de élite, su carrera truncada por una lesión y, según los rumores, por traiciones internas en una época donde el fútbol femenino era casi invisible.

Ahora entrenaba al Estrella del Sur con una mezcla de desgano aparente y brillantez táctica.

Alta, delgada, con unos ojos grises que parecían haberlo visto todo y ya no esperaban nada bueno.

Siempre vestía de negro, como si estuviera de luto perpetuo por algo.

Su sarcasmo era legendario, su paciencia, inexistente.

Pero cuando hablaba de fútbol, de estrategia, de la esencia del juego, una pasión antigua brillaba en ella.

"Esa mujer es un dolor de cabeza," refunfuñó Leo. "Pero sabe lo que hace."

Mateo asintió. A pesar de su fachada distante, Elena había sido su ancla.

Le había exigido hasta el límite, reconstruyendo no solo su rodilla, sino su confianza.

"Voy a buscarla," dijo Mateo.

Necesitaba su última dosis de cinismo motivacional antes de saltar al infierno.

Pablo le dio una palmada en el hombro. "Suerte, capitán. Y que la Leona no te muerda muy fuerte."

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