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Portada de la novela Madre falsa para los hijos del CEO

Madre falsa para los hijos del CEO

El influyente Marcello Greco no se atreve a revelar a sus mellizos que su madre los abandonó. Para salvaguardar la inocencia de Aubrey y Noah, el empresario contrata a una mujer que asuma ese rol maternal y les brinde el afecto que les falta. Aunque el trato inicial es solo una farsa profesional, la situación da un giro inesperado cuando ella desarrolla sentimientos genuinos por los pequeños y por el propio Marcello, poniendo en riesgo el plan original.
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Capítulo 1

-¡No, no, no! ¡Maldición! -Chillo, en una mezcla de frustración y rabia sorda.

El helado de triple chocolate con trozos de galleta, mi único consuelo después de una jornada laboral infernal, se estrella contra la acera con un flop húmedo. Un charco marrón se extiende sobre el cemento, y mi corazón se encoge por la pérdida. Todo por mi estúpida e inútil manía de correr como alma que lleva el diablo para alcanzar un autobús que, de todas formas, iba con retraso.

¿Puedo tener peor suerte? ¿Estoy siendo castigada por algún dios de la torpeza?

Sigo corriendo, respirando con dificultad y con el sabor amargo de la derrota en la boca. Maldigo por lo bajo cuando mi pie se dobla de forma antinatural justo al llegar a la escalera del autobús. Me apoyo un momento en la barandilla, sintiendo el pinchazo de dolor, y le pago al conductor con el cambio exacto que me dejó mi mísero turno de heladera.

Voy a sentarme en el primer asiento desocupado cerca de la ventana, hundiéndome en el cojín con un suspiro de alivio. Saco de mi mochila –sí, esa que parece haber sido comprada para una niña de siete años– mis audífonos de diadema desgastados y pongo "Arabella", mi canción favorita.

La adoro por dos razones sencillas: amo a los Arctic Monkeys y, bueno, mi nombre es Arabella Williams.

Muevo mi cabeza de arriba abajo al ritmo de la poderosísima batería, dejando que la música amortigüe mi mal humor mientras repaso la pesadilla de mi día.

Un señor me pidió un helado de chocolate con almendras y yo, estúpidamente, confundí las almendras con las nueces, ¡otra vez! Llevo veinticuatro años en este planeta y sigo sin distinguir una fruta seca de otra. Y allí estaba yo, una mujer de veinticuatro años, trabajando en una heladería con el intelecto de una persona de ocho años para las bagatelas de la vida.

¿Qué carajos hago allí? Honestamente, ni yo lo sé.

Tal vez nunca supe qué hacer con mi vida. Jamás pude decidirme por una carrera; las opciones eran tantas, pero mis recursos, tan pocos. No podía darme el lujo de estudiar "cualquier cosa", puesto que mi estatus social no es el mejor, que digamos.

Mi madre, Rita, es cajera en un supermercado y se mata a trabajar. En cuanto a mi padre... ni idea de lo que pasa con él. Nos abandonó cuando yo tenía apenas tres meses de edad. Es un fantasma en mi historia.

Siento que alguien me toca el hombro y detengo abruptamente la canción. Abro los ojos y miro a mi lado izquierdo: es una señora de edad, de pelo canoso y mirada de juicio perpetuo. Me quito los audífonos.

-Jovencita -dice, con una voz áspera y sin emoción-, en ese asiento vomitó un caballero ebrio hace unos veinte minutos.

El aire se me atasca en los pulmones. Cierro los ojos, sintiendo un escalofrío de repulsión que me recorre la espalda.

-Muchas gracias -respondo, forzando una sonrisa que debe parecer más bien una mueca de agonía. Me pongo de pie de golpe.

¿Por qué la vieja maldita no me avisó antes de que me hundiera a gusto en la inmundicia?

Sacudo la cabeza, regañándome internamente. No, no tiene la culpa. La señora no tiene la culpa de que mi viernes esté siendo el fracaso más absoluto de la historia de los viernes.

Me afirmo del asiento delantero para no caerme y dejo el celular en el bolsillo para seguir escuchando mi música. Ahora me toca ir de pie por casi media hora, balanceándome como un péndulo estúpido, con el temor persistente de oler a cerveza rancia.

Al fin, llego a mi tan preciado paradero. Bajo del transporte sintiendo la punzada de unas carcajadas que estallan a mis espaldas. Espero a que el autobús arranque y comience a alejarse para, discretamente, sacarles el dedo de en medio a los cristales oscuros.

Debo tener un hermoso y putrefacto vómito pegado en el trasero.

Tiro mi cabeza hacia atrás, mirando al cielo con una expresión de "me quiero morir", y comienzo a caminar hacia mi casa, que, por fortuna, se encuentra a solo dos minutos.

Al llegar, mi primera acción es tirar mi mini mochila sobre el sofá antes de correr al baño y quitarme esa ropa contaminada. Me doy una ducha hirviendo que dura diez minutos, intentando borrar no solo el posible vómito, sino también la sensación pegajosa del día.

Envuelva en una toalla, dejo mi ropa sucia en la lavadora con la promesa de ponerla a lavar de inmediato. Al menos, la única ventaja de ser una fracasada es que no tengo que ir al trabajo mañana.

Subo a mi habitación, me pongo mi pijama corto, ideal para los treinta grados de este sofocante verano en California. El ritual de sanación comienza: bajo al primer piso y camino directo hacia mi mejor amigo desde que tengo memoria: el refrigerador. Saco mi botella de Coca-Cola y mis galletas con cobertura de chocolate que guardo allí para que no se derritan, y me tiro en el sofá grande.

Alcanzo mi celular, lo estiro de la mesa de centro y me pongo a ver videos de TikTok.

¿Qué tan fracasada debo ser como para estar un viernes por la tarde, acostada en el sofá, comiendo comida basura y viendo videos en TikTok?

Me encantaría que mi vida fuera distinta, tener algo que me apasione. Pero es triste admitir que realmente no soy buena para nada. Solo para servir helado. Y ni eso.

Dejo la bebida y el paquete de galletas en el suelo y suspiro con pesadez.

A veces, cuando me pongo a pensar en mi vida, me asalta la pregunta que me da más nervios que el vómito en el trasero: ¿Estaré sola para siempre?

No me considero alguien deslumbrante. De hecho, solían hacerme bullying en el colegio por mis dientes de "conejo", aunque eso nunca me afectó el rendimiento escolar. No me acomplejan mis dientes, ni los rollitos de mi estómago, ni las estrías de mis piernas. Me gusta el volumen de mi trasero y soy fan de mi cabello largo y rubio. Soy honesta conmigo: en comparación con otras chicas, soy un 4 de 7, tal vez un 4.5 con buena luz.

Siendo completamente sincera, no sé si lo que aleja a los hombres es mi físico o mi forma de ser. Suelen decirme que soy muy poco seria, un tanto idiota, y que les cuesta verme como algo más que un amigo.

Parece que no soy el tipo de chica que interesa. ¿Acaso tener mente de niña es demasiado matapasiones? No me malinterpreten: sé comportarme, puedo hablar de algo serio. Pero a los hombres no les gusta que una mujer sepa vivir y divertirse sin la necesidad de tener a uno de ellos al lado. No les he rogado, ni les he prestado la atención necesaria para hacerlos sentir el centro del mundo.

-Eso no se pide -murmuro al techo-, eso nace de la persona correcta.

Pero creo que yo jamás encontraré a la persona correcta... Y ni siquiera me refiero a un alma gemela, sino a alguien que no me pida convertirme en otra persona.

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