
Luna: Rescate de un Padre
Capítulo 2
Ricardo Mendoza miró la pantalla de su computadora, la carta de renuncia ya estaba escrita. Cada palabra era un ladrillo que construía un muro entre su vida anterior y la que estaba a punto de comenzar. "Renuncio". Una palabra tan simple, pero que contenía el peso de años de frustración. Con un clic, envió el correo a su jefe y a Recursos Humanos. Se recargó en su silla de oficina, una silla cara que Sofía había insistido en comprar, y sintió un vacío extraño, una mezcla de terror y liberación. La chamba de ingeniero de software de alto nivel, el sueldo de seis cifras, todo se había ido en un instante.
Se levantó, recogió su saco y salió de la oficina sin despedirse de nadie. No era necesario. Su plan no requería testigos.
Cuando llegó a casa, Sofía estaba en la sala, viendo una telenovela con el volumen a todo lo que daba. Ni siquiera notó su llegada. La casa, una residencia amplia en una buena colonia que pagaban a plazos, estaba impecable como siempre. Sofía era buena en eso, en mantener las apariencias.
"Llegué", dijo Ricardo, con una voz plana.
Sofía se sobresaltó, bajó el volumen de la tele.
"¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Te corrieron?"
Había un tono de acusación en su voz, como si la sola idea de que él perdiera su fuente de ingresos fuera una ofensa personal.
"No, no me corrieron", respondió Ricardo mientras se aflojaba la corbata. "Renuncié".
Se sentó en el sofá opuesto a ella, observando su reacción. Sofía parpadeó, confundida. Luego, una sonrisa burlona apareció en su rostro.
"Ay, qué chistoso. Tuviste un mal día, ¿verdad? Anda, voy a calentarte la cena".
Se levantó, pero Ricardo no se movió.
"Hablo en serio, Sofía. Renuncié. Ya no tengo trabajo".
La sonrisa de Sofía se desvaneció. Se quedó parada a mitad de la sala, con el control remoto en la mano, como si se hubiera congelado.
"¿Qué? ¿Estás loco? Ricardo, ¿de qué estás hablando? Tenemos la hipoteca, el coche, los gastos de Luna, ¡todo!".
"Exacto", dijo Ricardo, mirándola fijamente. "Tenemos muchos gastos".
Justo en ese momento, el celular de Sofía sonó. Ella miró la pantalla y su expresión se suavizó. Era su hermano, Miguel.
"Espérame tantito", le dijo a Ricardo, y contestó el teléfono con una voz melosa. "Migue, ¿qué pasó, hermanito? ¿Ya te depositaron? ... ¿Cómo que no te alcanza? ... No, no te preocupes, yo lo resuelvo. Te marco en un rato".
Colgó y miró a Ricardo con el ceño fruncido, como si la conversación que acababan de tener fuera una molestia sin importancia.
"Bueno, ¿y ahora qué hacemos? Miguel necesita otros cincuenta mil pesos para completar lo de su negocio de importación de fundas para celular".
Ricardo sintió una oleada de ira fría recorrerle el cuerpo. Era la misma historia de siempre. Miguel necesitaba dinero. Su "negocio" necesitaba dinero. Y Sofía, su fiel hermana-madre, estaba lista para vaciar las arcas familiares para cumplirle cada capricho.
"No hay dinero, Sofía", dijo Ricardo, su voz era un susurro peligroso. "Ya no hay".
"¿Cómo que no hay? ¡Claro que hay! Tú ganas muy bien".
"Ganaba", la corrigió él. "Y el dinero que ganaba, te encargaste de desaparecerlo. Déjame adivinar, ¿ya le transferiste el resto de mi bono?".
Sofía desvió la mirada.
"Era una emergencia. Su proveedor le estaba exigiendo el pago".
"¿Y la emergencia de mi mamá, Sofía? ¿Recuerdas que te dije que necesitaba dinero para su operación de cataratas? ¿Recuerdas que cuando fui a la cuenta para transferirle, estaba en ceros? ¿Recuerdas eso?".
La cara de Sofía se puso pálida.
"Tu mamá podía esperar. Lo de Miguel era urgente".
Ricardo se rio, una risa sin alegría que resonó en la sala silenciosa. Recordó el día de su boda. La familia de Sofía había exigido una dote generosa, cien mil pesos, según ellos para "asegurar el futuro de la novia". Ricardo, enamorado y tratando de complacer, había accedido. Dos días después de la boda, se enteró por un descuido de su suegra que todo ese dinero había ido a parar a la cuenta de Miguel para que se comprara un coche deportivo. Sofía lo había sabido y lo había permitido. "Es mi hermanito, Rico, hay que apoyarlo", le había dicho con una sonrisa inocente.
Ese fue el principio. Después vinieron los "préstamos" para la universidad que Miguel nunca terminó. El dinero para el "negocio de tacos" que quebró en dos meses. El capital para la "startup de tecnología" que resultó ser una estafa. Cientos de miles de pesos, desaparecidos en el agujero negro que era su cuñado. Y Sofía siempre ahí, defendiéndolo, justificándolo, entregándole el dinero que Ricardo ganaba con jornadas de doce horas frente a una pantalla.
El punto de quiebre había sido lo de su madre. Ver la cuenta vacía, tener que pedirle un préstamo a un amigo para ayudar a su propia madre mientras su esposa financiaba el último capricho de su hermano, eso había roto algo dentro de él.
Se levantó del sofá.
"Pues se acabó, Sofía. Ya no hay más dinero que darle a Miguel. Ya no hay más sueldo de ingeniero de software. A partir de hoy, yo también voy a ser un parásito. Voy a quedarme en casa, a jugar videojuegos y a esperar que la comida aparezca en la mesa. Voy a 'echarle ganas' como tu hermanito. A ver qué te parece".
Le dio la espalda y subió a su estudio. Cerró la puerta con llave, ignorando los gritos de Sofía desde abajo. Se sentó frente a su computadora personal, abrió una hoja de cálculo y empezó a mover sus ahorros personales, los que Sofía no conocía, a una cuenta segura. Luego transfirió una suma considerable a una cuenta para su madre. Por primera vez en años, sintió que tenía el control.
"Se acabó el juego, Sofía", susurró para sí mismo. "Ahora vamos a jugar el mío".
Sofía golpeaba la puerta.
"¡Ricardo, abre! ¡No puedes hacerme esto! ¡Tenemos responsabilidades!".
Ricardo se puso los audífonos y subió el volumen de la música. La era del Ricardo proveedor y comprensivo había terminado. Había nacido el Ricardo "parásito", y estaba ansioso por empezar su nueva vida.
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