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Portada de la novela Los trillizos de la CEO

Los trillizos de la CEO

Mariana Suárez, la valiente líder de una startup de marketing, construyó su imperio con audacia. Sin embargo, un encuentro anónimo en un bar transformó su destino para siempre al convertirse en madre de trillizos. Mientras compagina su éxito profesional con la crianza en solitario, Mariana decide abrirse de nuevo al amor. Lo que ella no sospecha es que el hombre que ahora cautiva su corazón es, en realidad, el padre biológico de sus tres pequeños hijos.
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Capítulo 2

Mariana dejó la oficina a las 8 de la noche, agotada pero satisfecha. En el ascensor, se miró en el espejo. Su rostro reflejaba la tensión del día, pero no la dejaría vencer. Había llegado hasta aquí por su capacidad, y nada ni nadie la haría dudar de su lugar.

El ruido del ascensor se detuvo y las puertas se abrieron al piso de abajo. En cuanto cruzó el umbral del edificio, vio a su equipo de seguridad esperándola. Como siempre, su presencia parecía desentonar entre la multitud de empleados que se apresuraban a salir, todos con el mismo paso apurado, rumbo a sus vidas privadas. Mariana, sin embargo, no tenía esa opción.

-Mariana, ¿todo bien? -preguntó Andrés, uno de los miembros de su equipo, al verla.

-Sí, todo bien. Solo otro día más -respondió, con una sonrisa que no alcanzaba a tocar sus ojos.

Mientras cruzaban el aparcamiento, se sentó en su coche, dejando que el motor encendiera por unos segundos, buscando un momento para respirar. A pesar de ser una mujer exitosa, aún le costaba adaptarse a las expectativas que el mundo tenía sobre ella. Ser una joven CEO en un mercado dominado por hombres era, sin duda, un desafío constante.

Al volante, Mariana resopló y giró el volante con firmeza. Su mente seguía trabajando, como siempre lo hacía. Los comentarios de la junta resonaban en su cabeza, sobre todo las insinuaciones de Javier y otros ejecutivos. "Lo que haces es admirable, pero... ¿realmente crees que vas a poder sostener esto mucho tiempo, Mariana?" No era la primera vez que escuchaba algo así, pero la duda seguía mordiéndola, como un eco lejano que nunca la dejaba en paz.

En su camino a casa, Mariana se detuvo en un semáforo rojo y su teléfono vibró en su bolso. Era un mensaje de Clara, su asistente.

Clara: "¿Todo bien? Sé que hoy fue intenso, pero lo manejaste como siempre."

Mariana sonrió, aunque la fatiga le pesaba en los hombros.

Mariana: "Sí, todo bien. Pero, ¿crees que estamos perdiendo tiempo con los clientes que no están comprometidos?"

Clara: "Lo sé, pero hay que mantener el equilibrio. No todos están listos para lo que queremos hacer, y eso está bien."

Mariana dejó escapar un suspiro mientras el semáforo cambiaba a verde. ¿Pero hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo tendría que esperar para ver cambios significativos?

Cuando llegó a su departamento, se dejó caer en el sofá, sintiendo que el cansancio la invadía. Su mente seguía ocupada, pero el silencio de su hogar le permitió, por un segundo, relajarse. Sin embargo, en cuanto apagó el teléfono, el sonido de la puerta de la entrada resonó. Un vistazo al reloj. Ya es tarde. Probablemente sería otro día más sin tiempo para ella misma.

En ese momento, sonó su teléfono nuevamente. Era una llamada de su madre.

-Hola, mamá -contestó, tratando de esconder la irritación en su voz. Mariana amaba a su madre, pero siempre la presionaba para tener una "vida normal", como ella la llamaba.

-¿Cómo va todo, hija? -preguntó su madre con voz suave.

-Bien, mamá. Estoy bien -respondió, aunque ni ella misma se creyó la respuesta. ¿Bien? No lo sentía.

-¿Sigues en esa empresa, luchando todo el día? -Su madre siempre tenía una manera de poner todo en perspectiva. Parecía que el trabajo de Mariana nunca era suficiente para ella.

-Sí, mamá. Ya te he dicho que no me voy a rendir. Estoy trabajando para algo grande. Para todos nosotros.

Hubo una pausa al otro lado de la línea. Mariana podía escuchar a su madre suspirar.

-Te lo dije, hija. No me gusta que te desgastes tanto. No todo es el trabajo. Tienes que pensar también en ti misma. Tu vida personal...

Mariana la interrumpió con un tono firme.

-¡Ya lo sé, mamá! -dijo, más fuerte de lo que había querido. Inmediatamente, se arrepintió de su tono, pero no podía evitarlo. La presión que sentía cada día le pasaba factura, y sus palabras le salían sin pensar.

Hubo un silencio incómodo, pero su madre, con su paciencia habitual, respondió.

-Solo quiero lo mejor para ti, Mariana. No quiero que te pierdas en todo esto. La vida pasa rápido.

Mariana apretó los dientes, guardando el teléfono en silencio mientras su madre colgaba.

¿A qué le teme mamá? Pensó. ¿Es porque soy mujer en este mundo de hombres, o simplemente porque quiere verme feliz? Pero lo cierto era que, aunque amaba a su madre, las expectativas de ella no coincidían con las de Mariana. Ella quería probarle al mundo, y a sí misma, que podía ser más que una simple ejecutiva. Quería ser una mujer que liderara, sin importar los obstáculos.

Mariana se recostó en el sofá, mirando al techo, respirando hondo. Su mente volvía a girar sobre la reunión de esa tarde, los comentarios de los ejecutivos, las miradas sutiles de desconfianza. Cada día, se enfrentaba a la misma realidad: ser joven, mujer y audaz en un mundo empresarial donde la competencia no le daría tregua.

No le importaba. Nada de esto me va a detener, pensó. Pero, a medida que sus ojos se cerraban y su mente trataba de desconectarse, no pudo evitar sentir una pequeña punzada de incertidumbre. Si alguien como ella, tan capaz y decidida, sentía esa presión, ¿cómo lo estarían viviendo otras mujeres en la misma situación?

El teléfono vibró nuevamente. Mariana lo miró y vio el nombre de Javier en la pantalla.

-Mariana, ¿tienes un minuto? -dijo su voz, grave y confiada, al otro lado de la línea.

-Claro, Javier. ¿Qué pasa?

-Solo quería hablar de la reunión de hoy. Creo que podemos afinar algunos detalles en el plan de expansión, pero necesito saber si realmente estás dispuesta a arriesgarte con todo esto.

Mariana lo sabía. No era solo una cuestión de estrategia, era una cuestión de confianza. Y en ese momento, esa confianza se sentía más frágil que nunca.

-Estoy dispuesta, Javier -respondió, segura de su decisión, aunque en su interior una pequeña duda comenzó a germinar. Estoy lista para todo esto, pensó. Lo estaré siempre.

Después de colgar, Mariana se quedó mirando su teléfono por un momento. Se sentó en el sofá, dejándose envolver por la quietud de la noche. Aunque el mundo parecía estar a sus pies, las dudas seguían persiguiéndola, como una sombra en cada rincón de su mente.

Sabía que el camino por recorrer sería largo. Pero también sabía que no había vuelta atrás.

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