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Portada de la novela Llegaste a mí

Llegaste a mí

Después de un beso que lo cambió todo, Ana escapa de Emir, pero un accidente borra su pasado. Él decide usar esta amnesia para inventar un romance que nunca existió, logrando que ella se enamore perdidamente de sus mentiras. Sin embargo, este engaño es frágil y el peligro acecha. Cuando los recuerdos regresen y la verdad sea revelada, ¿podrá el afecto real sobrevivir a la manipulación? Una historia intensa de secretos, pasión y un destino lleno de pruebas.
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Capítulo 2

Regresé a la ciudad sin previo aviso, decidido a resolver las diferencias con Aria. Sin embargo, mis intentos de comunicarme con ella fueron en vano, decidí tomar el teléfono y llamar a la señora Azunsolo, mi futura suegra.

Tenía la esperanza de obtener información sobre el paradero de Aria.

Marqué el número y esperé ansiosamente mientras el teléfono sonaba. Finalmente, la señora Azunsolo respondió y, con un tono educado pero preocupado, le pregunté:

— Señora Azunsolo, ¿sabe dónde puedo encontrar a Aria?.

La señora Azunsolo, con amabilidad, me informó que Aria se encontraba en su apartamento arreglando todo para la venta. Agradecí su ayuda y nos despedimos amistosamente.

Con la información en mano, agradecí a la señora Azunsolo una vez más y colgué el teléfono. Sabiendo que el tiempo era limitado, me apresuré a planificar mi siguiente movimiento para encontrarme con Aria.

La puerta del apartamento estaba frente a mí, pero me di cuenta de que no tenía la llave en la mano. Tardé un momento en encontrarla en mi bolsillo y, con la mirada baja, finalmente la coloqué en la cerradura y giré. Entré con sigilo, tratando de no hacer mucho ruido.

Sin embargo, en ese preciso instante, levanté la mirada y me encontré con una escena impactante. Ahí estaba ella, con su piel perfecta y radiante, abrazando a otro chico. Un torbellino de emociones me invadió de inmediato. Mi corazón parecía latir con fuerza mientras intentaba asimilar todo lo que estaba presenciando.

Mi pecho subía y bajaba, anhelante de aire, mientras sentía un dolor punzante en el costado izquierdo. Cada latido de mi corazón era como una cuchillada, recordando una herida profunda. Me quedé en silencio, observando la escena frente a mí, con una mezcla de asombro y dolor.

Ellos, absortos en su propio mundo, no se dieron cuenta de mis ojos acechantes hasta que mis aplausos rompieron el silencio. En ese momento, ella se giró sorprendida, y nuestras miradas se encontraron, llena de incredulidad.

El ambiente se llenó de un incómodo silencio mientras ella me observaba atónita, reflejando el desconcierto y la sorpresa en su rostro.

— ¡Felicidades, chico! Parece que te has ganado una verdadera joya — solté con una sonrisa sarcástica, intentando ocultar mi decepción.

Di media vuelta, decidido a salir de allí antes de que mi temperamento violento se desbordara y causara un desastre.

Sin embargo, antes de que pudiera alejarme, Aria se puso de pie frente a mí y colocó sus manos en mi pecho, buscando detenerme.

— ¡Espera! — exclamó, su voz llena de urgencia y desesperación.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y mi enojo se intensificó al sentir el contacto de sus manos en mi pecho. Rápidamente, rugí, apartando sus manos de mí con brusquedad.

— ¡No me toques con esas manos! — gruñí, dejando claro mi disgusto mientras me alejaba sin mirar atrás.

Mis pasos resonaban con pesadez en el suelo, reflejando la ira que me consumía, haciendo que mi cuerpo entero se llenará de furia. Sentía cómo la sangre hervía dentro de mí, mientras el fuego en mi interior se encendía, consumiendo cualquier rastro de consideración y amor que había sentido hacia ella.

Salí del edificio y comencé a caminar, sintiendo cómo mi corazón, que una vez había sido tan grande y lleno de amor, se hundía en la tristeza y la decepción. Cada paso que daba era como un eco de la desilusión que me embargaba.

Esta era nuestra historia, llena de altibajos y giros inesperados. El amor que una vez floreció en mi pecho se había marchitado y convertido en una llama furiosa y ardiente. Ya no quedaba espacio para la consideración ni el afecto en mi corazón herido.

Mis pensamientos se agitaban, llenos de preguntas sin respuesta. "¿Por qué me traicionó de esta manera? ¿Por qué? Yo lo di todo por ella", gritaban en mi cabeza.

Mi cerebro buscaba desesperadamente una explicación a lo sucedido, tratando de encontrar en dónde fui incorrecto. ¿En qué falló y qué pasó desapercibido para que ella me engañara así, directamente en mi cara?

La sensación de traición y decepción me embargaba, mezclada con un profundo dolor y una pérdida difícil de asimilar. Me cuestionaba si había sido suficiente, si había dado todo lo que tenía que dar, pero las respuestas parecían escaparse de mis manos.

Revivía en mi mente cada momento pasado juntos, analizando cada interacción, cada palabra, cada gesto en busca de una señal que me llevara a entender cómo llegamos a este punto. Pero las respuestas seguían siendo esquivas, como si el puzzle de nuestra relación estuviera incompleto.

Las emociones tumultuosas chocaban dentro de mí, creando un torbellino de sentimientos difíciles de controlar. Me sentía vulnerable, perdido en medio de un mar de interrogantes y desilusión. La traición carcomía mi confianza, dejándome sin dirección ni consuelo.

Mis mejillas se humedecieron con lágrimas cristalinas, incapaces de contener la angustia que me embargaba en ese momento. Me sentía patético y vulnerable, luchando por mantener la compostura.

Caminé sin rumbo, dejando que la tristeza me arrastrara sin dirección. Fue entonces cuando mis ojos se posaron en una banca vacía en el parque, una isla de tranquilidad en medio del caos emocional que me envolvía. Me dirigí hacia ella, anhelando un refugio donde encontrar un respiro en ese torbellino de sentimientos.

Con manos temblorosas, cubrí mi rostro intentando borrar las marcas dejadas por las lágrimas que habían surcado mis mejillas. Respiré profundamente, anhelando encontrar un poco de calma en medio de la tormenta emocional que se arremolinaba en mi interior.

Esas lágrimas, que habían brotado y caído sin control, eran una prueba de mi dolor y de mi humanidad. Por más que me avergonzara de mi vulnerabilidad, entendía que era parte intrínseca de mi ser, un recordatorio de mi capacidad de sentir y experimentar emociones intensas.

— Descuida, ella se arrepentirá y alguien mejor llegará a tu vida — una voz habló, rompiendo el silencio que me envolvía.

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